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CUENTO / junio-julio 2022 / No. 99

Los ojos del canario



Laura Sharaí Reyes Vázquez





Por la mañana (1988)

—Ábrelo, hijo, por favor —dijo palpando el aire en busca del jugo.

Me paré rápidamente y tomé la lata (todo el tiempo estuvo a su lado izquierdo). Cuando la abrí, un chasquido trajo consigo el aroma dulce del jugo artificial. Cerré los ojos, deleitado, y estiré la mano para tomar la copa de la mano de mi madre, pero ella la apartó enseguida al percatarse de mis intenciones.

— Yo serviré, siéntate —dijo quitándome la lata.

Mi madre quería sentirse útil y lo era, pero, desde su perspectiva, no lo suficiente. Vivíamos al día, de la ropa que lavábamos a los vecinos; yo la separaba por colores y mi madre la dejaba limpísima en el lavadero. Terminábamos los pedidos muy rápido y, a pesar de que los pagos no llegaban con la misma puntualidad, siempre recibíamos comida a cambio; esta vez, incluso, una lata de jugo.

Con una mano tomó la copa, sujetándola con fuerza por la orilla, y con la otra condujo la lata inclinándola lentamente para cuidar que el líquido cayera en el agujero. La llenó al tope y sólo un par de gotas mojaron el mantel. Victoriosa, mi madre dejó la lata en la mesa y sostuvo la copa en el aire.

—Listo, hijo, aquí está —Alargó la mano para dármela y con su codo tumbó la lata. El líquido se derramó en el suelo.

—Mamá, no importa, yo… —dije corriendo hacia ella.

Un grito ensordecedor salió de su boca. Lanzó la copa contra la pared y se tiró al piso. Las lágrimas brotaron tan rápido de mis ojos como en ella la furia para jalarse el cabello.

—¿Por qué? ¡Por quééé! —gritaba y se lastimaba.

La abracé por la cintura y le rogué que se detuviera mientras me bebía mi llanto. Ella se levantó bruscamente, dejándome tirado en el piso, y caminó hacia su habitación (un recorrido que conocía perfectamente). Un fuerte portazo me indicó que yo no podía entrar. Tuve que esperar en el patio trasero junto a las macetas de girasoles.


(1986)

Una aglomeración afuera de mi casa se peleó para mirar por la ventana. Se empujaron, gritonearon y maldijeron los unos a los otros mientras dos policías colocaban una cinta amarilla alrededor para evitar que se acercaran. Mirándolos desde lejos, en el camino de piedras que daba hasta la puerta, sentí que mis pies estaban pegados al suelo. Algo dentro de mí quería hacerme creer que yo sólo era un espectador y que ésa no era mi casa, sin embargo, mis intestinos se retorcían y en mi pecho cada latido era un grito de mi madre.

Corrí hacia allí. Las personas giraron sus cabezas para mirarme mientras yo, con los ojos rojos y las mejillas cubiertas de lágrimas, levantaba nubes de tierra detrás de mí. Empujé decenas de cuerpos para abrirme paso. Todos parecían estar paralizados, sin importarles que era yo quien debía mirar por la ventana.

—¡Mamáááá! —grité lanzándome por debajo de la cinta amarilla y, por primera vez, me escuché a mí mismo como un niño, con la cara sucia, las rodillas raspadas y las uñas llenas de mugre.

Un policía me detuvo jalándome tan fuerte por el brazo que me hizo caer. Oí el azote de mi espalda contra las piedras, y enseguida sentí un vibrante ardor que me calcinó los huesos.

Tensé la mandíbula y me incorporé lanzando manotazos al policía.

—¡Suélteme! ¡Suélteme! —rugí.

Entonces vi por la ventana lo que todos miraban: un gran charco de sangre en el suelo. Mi madre no estaba dentro.

***

Observé el techo agrietado con sus manchas de humedad y la luz mortecina que desprendía la bombilla en el centro. Bajé la vista un poco más y vi en la pared la inmensa pintura de un niño castaño, de piel blanca y con los ojos más brillantes de lo que eran en realidad. La cabeza me dolía y en ella me revoloteaban las mismas palabras una y otra vez: robo, piso, desprendimiento. Recordaba que había estado en el hospital, pero no la razón.

Un ligero movimiento a mi lado me sobresaltó.

—Mi cielo —dijo mi madre buscándome entre las sábanas con sus manos, y todo volvió a mí de golpe: sufrió un desprendimiento de retina debido a los impactos. El seco crujir del cráneo contra el hormigón. Los ladrones entraron y…, la sangre en el suelo esparcida como colorante vegetal. Su madre ha...

Sentí sus manos huesudas tomando las mías, y, mordiendo mis labios, me armé de valor y la miré: dos pupilas color avellana danzaban en sus córneas, rojizas por el llanto, como cuerpos muertos flotando en el mar.

…Pérdida total de la visión.


10:36 AM (2005)

Me levanté del escritorio y miré a mi alrededor: todas las miradas estaban puestas en mí. Tragué saliva, tomé un gis y escribí en el pizarrón sin dejar de pensar en los perversos ojos que me observaban. Dos pupilas color avellana danzaban en sus córneas, rojizas por el llanto, como cuerpos muertos flotando en el mar. El gis se tambaleó entre mis dedos temblorosos y cayó al suelo, seguido de un estallido de risas.

—¡Profesor! —gritó David poniéndose de pie, provocando un golpe metálico contra el suelo—. Éésta ees laa clasee dee maatemááticas —dijo estúpidamente despacio.

Los niños rieron con más fuerza y yo no podía creer que aquel hombrecito hubiera sido capaz de burlarse de mí. Era el único de mis alumnos que agachaba la cabeza cada vez que las burlas aparecían, haciéndome creer que al menos él me quería. Por eso, como agradecimiento y en un pacto silencioso entre los dos, fingía no notar cómo se le atoraban las gordas caderas en el pupitre, provocando que, al ponerse de pie, la banca se elevara junto con su cuerpo y las patas golpearan el suelo con violencia al zafarse. Pero ahí estaba, hablándome como a un idiota, rompiendo nuestro delgado lazo.

—Es la clase de matemáticas, profesor —repitió al ver mi cara de sorpresa y señaló el pizarrón.

Al volver la vista y mirar aquello escrito, la nuca se me heló:

Avellana

Una sustancia espesa me subió por la garganta. Traté de resistirme al vómito, pero el sabor del flujo me provocó un asco mayor.

Avellana, avellana, avellana.

Sentí que el cuerpo me pesaba, que mis hombros se caían a los lados como si el suelo me absorbiera. Los pares de ojos perversos seguían puestos en mí, no se daban cuenta de que me aplastaban y que no podría resistirlo un momento más. Empujé la silla y corrí hacia la puerta tapándome la boca. A punto de salir, tropecé con el bote de basura y los niños se desternillaron de risa.

—¡Basta! ¡Basta! —grité dentro de mí mientras mi cuerpo se incorporaba y huía.

***

Llegué al camino de piedras que daba a mi casa y un aguijonazo de dolor me atravesó el estómago. Dos policías colocaban una cinta amarilla alrededor. Bajé del coche y me quedé un momento mirándola: sus paredes bien limpias, las ventanas con puertitas de madera y cerraduras negras de metal, grandes macetas a cada lado de la entrada y un camino de piedras, como una alfombra roja, hasta la puerta.

—Hiciste un buen trabajo, mamá, nadie sospecharía —dije en voz baja y me dirigí a mi habitación.

Apreté el interruptor y una luz cayó como reflector sobre la cama. Levanté la colcha y sonreí al ver la impresionante base de concreto que sostenía mi cuerpo por las noches: estaba adornada con molduras de yeso en forma de pájaros, y, más emocionante aún, hueca por dentro.

Me hinqué y recorrí con los dedos las distintas aves hasta llegar a la paloma en el extremo inferior derecho de la base. Rodeé su silueta y, con un jaloncito, la saqué. Un fuerte olor me golpeó la nariz. Metí la mano por la abertura y, al sentir el cristal, los músculos se me tensaron.

Avellana.

Saqué el primer frasco y lo puse en el suelo. Dentro de él flotaban dos cuerpos redondos, iguales a pelotas, en un líquido transparente. Eran masas gelatinosas cubiertas de venas, como ramilletes. Daban ganas de apretarlos. Saqué el segundo frasco, luego el tercero y el cuarto, hasta el decimoctavo, y los acomodé en una fila por el orden numérico indicado en las tapas.

Miré su contenido por un largo rato. Poco a poco me di cuenta de que ya no sentía la misma emoción que cuando estaban frescos, con su fulgor intacto y, sobre todo, con la inmensa belleza de su color visible.

“Ahora son bolas descoloridas, nubladas”, pensé.

Nuevamente introduje los frascos con extrema precaución, puse la moldura en forma de paloma en su lugar y salí de la casa. Necesitaba más.


(1985)

Ordené mis siete cochecitos en una hilera frente al lavadero. Mi madre me había dado permiso de hacer carreteras con la tierra de las macetas, y, mientras yo jugaba, ella preparaba la comida. Desde el patio la estaba viendo cocinar cuando algo aterrizó en la jardinera. Me acerqué para ver de qué se trataba y, entre los vástagos de girasoles, encontré un emplumado cuerpo amarillo. Era un canario. Lo tomé y estaba frío, lo normal para un cadáver, pero había algo tan peculiar en sus ojos que enardeció mi interior: en la sombra, sus ojos eran completamente negros, insondables, sin vida. Sin embargo, si los ponía al sol, los rayos entraban en ellos y encendían algo en su cuerpecito yerto. “La caldera de su corazón”, pensé. Y sólo entonces, rebosantes de vida, se volvían de un hermoso color avellana. Al verlos, sentí un inmenso placer y, sin saber en qué momento, corté una rama, la sostuve con fuerza y con la punta los piqué una y otra vez.

Hice un batidillo mucoso con los ojos del canario, y, mientras lo hacía, no dejé de pensar en una sola cosa: son del mismo color que los de mi madre.


12:08 PM (2005)

Conduje sin pensar a dónde me dirigía, el cielo tronaba incesante y el viento era cada vez más violento. Al parar en un semáforo, miré a una pareja caminando de la mano y sentí que el corazón se me agrietaba: sus caras sonrientes, sus bocas besándose. Aparté la mirada y aceleré al ver la luz verde. Di vueltas durante un largo rato hasta que llegué a un parque. En él, decenas de cabecillas felices corrían por todas partes, algunas con sus mascotas y otras persiguiéndose entre sí. Al instante me sentí lleno de paz, una paz que había tardado semanas en volver. Siempre había intervalos infaustos entre búsquedas, que me quemaban por dentro, pero que me permitían seguir avanzando. Me daban la fuerza para soportar la espera día a día. En ese momento, la espera había terminado.

Bajé del auto y me acerqué a las cabecillas dando pasos firmes. Busqué la mía, pero una tan especial no podía estar entre todas ésas, tan peculiares: cafés, verdes, casi negras. No, la mía estaba sentada en una banca, sosteniendo un libro. Sonreí, sabía que era ésa, pero tenía que asegurarme, así que me acerqué más hasta que pude comprobar que, en efecto, era mi cabecilla.

—Hola —le dije tomando asiento a su lado.

—Hola —respondió y sentí que mi corazón se resanaba.

—¿Qué estás leyendo?

La más densa tiniebla —dijo mostrándome el libro.

—¿De Antonio Malpica?

—No, es de Toño… —leyó el nombre en la portada con el ceño fruncido. Después de pensarlo un momento, sonrió—. Sí, Antonio, ¿lo conoce?

—He leído algunos de sus libros, y es muy bueno —asintió—. ¿Cómo te llamas?

—Óscar.

—¿Y cuántos años tienes, Óscar?

—Acabo de cumplir diez.

—¡Vaya! Un joven lector —tragué saliva—. Pues déjame felicitarte, Óscar, porque niños como tú lo merecen. Es más, si me dejas, yo mismo puedo recompensarte como es debido. Dime, ¿no te gustaría tener un libro nuevo?

Sus ojos brillaron de un hermoso color avellana.

—Pero ¿cómo? —preguntó.

—Bueno, tengo un par de libros en mi auto, podría regalarte alguno si quieres.

Dudó un momento. Parecía que estaba a punto de negarse, pero no lo hizo. Ya era mío.

—Es que mi madre debe estar por volver y si no me ve...

—Prometo que será rápido —dije, listo para tomar su cuerpo emplumado entre mis manos. Cerró su libro y se puso de pie.


Por la tarde (1988)

El sol se metería pronto y mi madre seguía sin salir de su habitación. Luego de encerrarse por el accidente con el jugo, no había hecho un solo ruido, así que pensé que ya estaría más tranquila y me dejaría pasar a verla. Entré a la casa cerrando cuidadosamente la puerta del patio y caminé intentado que mis pisadas no sonaran fuertes para que no las advirtiera, si es que estaba dormida. Abrí lentamente la puerta de su habitación y pude ver su silueta en la cama, recostada de espaldas a mí. Las ventanas estaban cubiertas con una tela y la luz pasaba opaca a través de ellas impidiendo que pudiera ver con claridad. Rodeé la cama caminando de puntitas, tiré de la tela y una gran explosión de luz me cegó por un momento. Me froté los ojos para deshacer el efecto, y al voltear a la cama, sentí que miles de alfileres me atravesaban los huesos, los intestinos y el corazón.

Corrí a abrazar a mi madre, y me llené de sangre. Sentí su cuerpo frío y supe que era demasiado tarde. Estaba muerta, como el canario. Le besé la frente una y otra vez mientras mis lágrimas caían mezclándose con la sangre que le recorría desde la mejilla hasta el pecho, brotando del agujero donde debía estar su ojo. El ojo que se había extirpado.

Recosté mi mejilla sobre la suya, berreando y acariciando su cara. Y ahí, tirado junto al buró, su ojo, inservible desde antes de su extracción, brillaba. Si los ponía al sol, los rayos entraban en ellos y encendían algo en su cuerpecito yerto de un hermoso color avellana.


10:53 AM (2005)

El director salió inmediatamente de su oficina al escuchar el alboroto de los niños.

—¿Qué significa este tumulto? —gritó.

—El profesor se fue, señor director —dijo David.

—¿Cómo dices?

—Sí, creo que se sentía mal —señaló el pizarrón con su dedo regordete—. Se supone que hoy repasaríamos las tablas de multiplicar.

El director sacó sus anteojos y, con el ceño fruncido y rascándose las canas, contempló aquello escrito:

Los ojos del canario






Laura Sharaí Reyes Vázquez (León, Guanajuato, 1998). Es estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma de Aguascalientes y escritora. Ha firmado algunos textos bajo el pseudónimo Amelia Irene. Ha publicado en las revistas Página Salmón y Pirocromo, obtuvo el segundo lugar en el Concurso de Talentos Universitarios 2020 de la UAA y ganó el XIII Concurso Nacional de Narrativa Elena Poniatowska con su cuento "Los ojos del canario" en 2021.