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TEATRO / febrero-marzo 2019 / No. 84
Genoveva
(fragmento)
 
A Edgar y a Leonel, que escuchan mis historias una vez tras otra
A mis padres y hermanos que no dejan de confiar




Horotelo era un hombre de bien, que mantenía a su familia gracias a que tiempo atrás había comprado una máquina para fabricar ladrillos. Después de su jornada laboral, Horotelo llegaba a su casa con un morral lleno de cervezas.


VECINA: Pobre de su esposo. Es bien borracho, ¿verdad?

GALDINA: ¡Qué va a ser! Borracho es más bien el hombre que se va con sus compadres, a las cantinas, a husmear mujeres y gritar majaderías mientras se cae por las escaleras. Pero Horotelo no hace eso, nomás se toma tres caguamas al día mientras se encierra en un cuarto y ve la tele.

VECINA: ¿No se pone de impertinente?

GALDINA: No importuna.

VECINA: ¿A sus tres hijos?

GALDINA: Ni a ellos ni a mí.

VECINA: Seguro se levanta tarde y es como todos los hombres huevones.

GALDINA: No se desvela y es puntual en el trabajo. Horotelo es un hombre de bien. Nomás le gusta el sabor de la cerveza y se relaja con el olor de la cebada.

VECINA: Ya estás bien acostumbrada a su aliento alcohólico, ¡dirás!

GALDINA: Sabe.


Galdina jamás le pidió a su marido que cambiara ese hábito.

Una noche, mientras ella se quedaba dormida, sintió el cuerpo de Horotelo encima. El aliento alcohólico que salía debajo de sus bigotes inundó las cobijas, la nuca de su mujer y sus labios; a los pocos segundos él la penetró, allí eyaculó y ambos se quedaron dormidos. Eso ocurría algunas noches. Sin embargo, esta vez había sido diferente, pues aunque Galdina aún no lo sabía, uno de los espermatozoides de Horotelo viajaba a toda velocidad para alcanzar un óvulo.

Después de Patricio, Mari y Wendy, llegó Genoveva.


VECINA: ¿Cómo se llama?

GALDINA: Genoveva.

VECINA: Debiste haberla dejado que gateara; ayuda a la estimulación de sus piernas, fortalece su equilibrio y se caen menos cuando comienzan a caminar.

GALDINA: Tal vez por eso ya lleva nueve chipotes en la cabeza. Mis tres primeros hijos se la pasaron gateando por toda la casa, pero Genoveva: ella no, se le doblaban sus manitas cuando intentaba cargar su peso.


Genoveva comenzó a dar sus primeros pasos a los dos años, pudo sostener una cuchara por ella misma hasta los tres y decir su primera palabra a los cuatro.


GALDINA: Algo extraño pasa con ella

DOCTOR: La niña puede llevar una vida con normalidad. No se trata de alguna enfermedad degenerativa o un síndrome que la imposibilite a realizar tareas básicas, la única diferencia entre ella y otras personas es que Genoveva tardará más en aprender cómo bañarse sola o cuidarse de no ser atropellada cuando atravesar la calle. No hay en ella ninguna malformación.


No verían necesario llevarla a un odontólogo sino hasta muchos años después:


DENTISTA: ¿Nunca le enseñaron a lavarse los dientes?

GALDINA: Todos los días

DENTISTA: ¿Por qué tiene tantas caries?

GALDINA: Hace apenas unos años que comprendió bien cómo lavarse los dientes por ella misma.

DENTISTA: ¿Qué edad me dijeron que tenía?

GALDINA: Dieciséis.

DENTISTA: Intentaré salvar los dos dientes frontales y el canino, pero los molares… están llenos de caries hasta la raíz.


Fue cuando Genoveva quedó chimuela.

Después de hacerle varios estudios y revisiones, los especialistas en el tema coincidieron en que la enfermedad de Genoveva se debía al momento de su concepción:


DOCTOR: ¿Dice que el padre de Genoveva estaba ebrio en el momento de la eyaculación?

GALDINA: Ajá.


La manera más coloquial que uno de los doctores encontró para explicárselo a Galdina y su esposo fue decirles que Genoveva tenía el “síndrome de la borrachera”.

Años antes, atendiendo el consejo de los doctores, Genoveva entró a la primaria más cercana, en un grupo de niños más pequeños que ella; le compraron su uniforme y los útiles. Galdina advirtió a los maestros sobre su posible torpeza y esperaron de la niña su mejor desempeño. Sin embargo, no pasó ni un ciclo escolar para que tuvieran que sacarla de la escuela.


GALDINA: Genoveva, ¿y tu goma?

GENOVEVA: Un niño, quitó.

GALDINA: Genoveva, ¿y tus lapiceros de colores?

GENOVEVA: Una niña, quitó.

GALDINA: Genoveva, ¿y tus libretas y la tarea?

GENOVEVA: Perdí.

GALDINA: Genoveva, ¿y tu mochila?

GENOVEVA: Yo no sé.


Hasta que un día un grupo de niños por pura maldad le quitaron su uniforme.


MAESTRA: Encontré a la niña desnuda. Le pregunté qué le había pasado, pero no podía explicarme nada. Sólo se la pasaba llorando y decía “Mamá Galdina”.

GALDINA: La sacaré de la escuela, es lo mejor para ella.

MAESTRA: Pero… ¿volverá el próximo año?

GALDINA: Algún día, cuando aprenda a hablar bien… volverá, yo le enseñaré en casa.


La niña logró aprender a leer y escribir cuando ya tenía los diez años, entonces regresó a la escuela.


MAESTRA: La tenemos que volver a colocar con niños más pequeños que ella.

GALDINA: ¿Qué tan pequeños?

MAESTRA: Los niños de tercero.

GALDINA: Pero ella ya sabe leer y escribir.

MAESTRA: No es suficiente, los niños de quinto ya tienen otras habilidades que Genoveva… no ha desarrollado.


Los útiles ahora eran diferentes, la mochila de Genoveva ya no llevaba crayones, lápices y colores; ahora cargaba un compás con el que se picó tres veces, un juego de geometría que encontró roto en su mochila cuando la maestra lo solicitó, y un diccionario que terminó embarrado de chorizo.


MAESTRA: Quiero que saquen su diccionario. Buscarán las palabras devastación, holocausto, guerra...


Los alumnos abrieron ese libro gigante lleno de letras, mientras Genoveva se preguntaba cómo hacían sus compañeros para encontrar una palabra entre millones de páginas.

Genoveva abrió el diccionario al azar, en la página 32. Comenzó a buscar palabra por palabra, tratando de encontrar el significado de devastación. Pasaron diez minutos hasta que se dio cuenta de que allí no estaba, continuó con la siguiente página: ala, alas, alota… Nada aún. Trató de leer rápido, devastación no estaba; página 34, tampoco; página 35, sus compañeritos ya habían encontrado las siete palabras y anotado su significado. Página 36…


MAESTRA: ¿Genoveva…? ¿Encontraste la primera palabra?

GENOVEVA: …

MAESTRA: ¿Genoveva?

NIÑO: No sabe cómo buscarlas, maestra

MAESTRA: ¿Alguien puede explicarle a Genoveva cómo utilizar un diccionario?

NIÑO: Maestra, ya le enseñamos ayer en la clase de Español.

NIÑA: Y antier en la clase de Habilidades.

NIÑO: Pero ya se le olvidó.

MAESTRA: Bien, ¿alguien puede leer el significado de la primera palabra?

MILDRED: Devastación: “Ruina y destrucción completa de un edificio, un territorio, etcétera, de manera que no queda nada en pie”.

MAESTRA: Muy bien, Mildred. Ahora sí, Genoveva, ¿qué nos quiere decir entonces la primera oración?: “Al terminar la Segunda Guerra Mundial, su país quedó completamente devastado”.

GENOVEVA: Eh… Que… Que.


Genoveva oyó cuando la maestra explicaba a su madre que sería difícil tener en clase a una niña con requerimientos especiales de aprendizaje.


MAESTRA: Puedo detenerme en volver a explicar las cosas a Genoveva, las veces que sea necesario, pero me presento ante dos problemas. Uno: se atrasa la clase para todos los demás niños, y dos: hay cosas que, aunque le explique muy detalladamente y por muy simples que sean, es como si el cerebro de Genoveva aún no pudiera asimilarlas.

GALDINA: Sí, no se preocupe maestra, buscaremos la manera de ponerla al corriente

MAESTRA: Hay escuelas especiales que podrían…

GALDINA: La pondremos al corriente en casa y la integraremos pronto.


Pero eso nunca ocurrió, Genoveva no volvió a esa escuela ni a ninguna otra.


MARI: Las palabras agudas suenan “a-sí”, las graves suenan como “a-zú-car”.

GENOVEVA: ¿Cuándo cae?

MARI: Cuando se pronuncia. Las palabras esgrújulas son como ¡catástrofe!

WENDY: Esdrújula.

MARI: ¿Qué?

WENDY: Se dice es-drú-ju-la.

MARI: Tú cállate.

WENDY: Cállate tú.

MARI: Tú primero.

WENDY: Tú ni sabes.


Nunca aprendió a cocinar porque su madre temía que su torpeza la hiciera tirar ollas calientes sin querer.


HOROTELO: ¿Y Wendy?

GALDINA: Fue al cine.

HOROTELO: ¿Y Mari?

GALDINA: Fue con sus amigas.

HOROTELO: No debes darles tantos permisos.

GALDINA: Hace mucho que no salían.

HOROTELO: Deben enfocarse en la escuela.

GALDINA: Ya terminaron el periodo de exámenes.

HOROTELO: Son unas señoritas, se ven mal saliendo tan arregladas.

GALDINA: Mejor habla con Patricio.

HOROTELO: ¿Qué tiene?

GALDINA: Ya embarazó a una muchacha.

HOROTELO: ¿Cuándo?

GALDINA: Ve tú a saber, se la vive en la calle.


Genoveva miraba a Patricio, Mari y Wendy llegar de la escuela, platicaba con ellos, comían juntos, acompañaba a su mamá al súper, volvía a cenar, miraba a su padre llegar, le daba un abrazo y a dormir.

Después de eso, los días se repetían.

Gracias a todo el tiempo que pasaban juntas, Genoveva y su madre se volvieron las mejores amigas. Frecuentaban a las vecinas y a sus tías agarradas de la mano (más porque Genoveva no sabía atravesar las calles que por otra cosa). Fue un gesto que las volvió inseparables.


MARI: Mamá, ¿por qué sigues agarrando a Genoveva de la mano?

GALDINA: Porque es mi hija.

GENOVEVA: ¿Soy tu hija?

GALDINA: Tú eres mi hija, Genoveva.



Nadie en casa, ni fuera de ella, se preocupó por enseñarle algo nuevo a Genoveva. Pese a su rutinaria vida y limitadas experiencias, Genoveva nunca dejaba de sonreír; era en verdad muy feliz.

El día en que su padre murió, Genoveva no derramó ni una sola lagrima.


PATRICIO: ¿No le diremos nada a Genoveva?

WENDY: Mamá Galdina dijo que era mejor no hacerlo.

MARI: No sabemos cómo puede reaccionar.

WENDY: Mamá Gal, tiene miedo de que pueda volverse loca

PATRICIO: Ni siquiera se ha asomado al féretro.

MARI: Dudo que haya notado algo extraño.

PATRICIO: Dejen que siga repartiendo galletitas y café. Si pregunta algo, bueno, le decimos que a papá le cayó un ladrillo en la cabeza, que lo enviaremos en esa cápsula de madera a otro planeta para que lo compongan… o algo así.


Los años transcurrieron, Patricio se casó, Wendy se divorció, y Mari lidiaba con un esposo borracho del que tuvo gemelos.


GENOVEVA: ¿Soy tía? ¿De dos hermosos?... ¿Qué nombre les vas a poner?

MARI: Kevin y Kenneth.

GENOVEVA: ¿De dónde sacaste esos nombres? Estoy bien feliz, ¡soy tía! Miren soy tía de dos gemelos, ¿puedo sacarles el eructo?

MARI: Es que… están muy pequeños aún.

GENOVEVA: Pues le saco el eructo a Kevin. Dijiste que él es más grande, pesó un gramo más, no es tan pequeño como Kenneth.

MARI: Pero con cuidado.

GENOVEVA: ¿Puedo arrullar a Kenneth?

MARI: Es que…

GENOVEVA: ¡Dijiste que él era más dormilón!


Antes de que el pequeño Kenneth se quedara dormido en los brazos de Genoveva, el bebé se le resbaló y cayó de bruces en el piso, lo que provocó el llanto de los gemelos por dos horas consecutivas y un sermón interminable de la hermana.

A partir de ese momento, Mari no permitió que Genoveva cargara a ninguno de sus hijos.


GENOVEVA: ¿Ya puedo cargarlos?

MARI: Ya, el pediatra dice que ya se les cerró la mollera.

GENOVEVA: ¡Ay! ¡Qué pesados! ¡Pues ya ni me los aguanto! ¿Qué se siente ser mamá?

MARI: Pues… es muy cansado.

GENOVEVA: ¿Y qué se siente ser mamá de dos?

MARI: Pues…


A sus 40 años Genoveva ya era toda una mujer, igual de regordeta que su madre. Unas caderas anchas que se desbordaban de una silla convencional, dos amalgamas en lo más profundo de su dentadura y una verruga debajo de la papada. Lo único que no había variado en su aspecto desde niña era su peinado: una diadema hecha de listón rosa, que terminaba en un moño manufacturado por ella misma; el moño pendía desde su coronilla hasta su oreja derecha. Era como si el tiempo no transcurriera en ella, con su sonrisa inmutable, completamente feliz en compañía de su madre y sus telenovelas.

Hasta que su madre enfermó. La internaron, la dieron de alta, mejoró, empeoró, la volvieron a internar, le transfirieron sangre, la operaron, empeoró y finalmente un día murió.

En esa ocasión, algo en el rostro de Genoveva se transformó. Genoveva lloró como nunca antes lo había hecho mientras decía: “Mi mamá Galdina se murió, mi mamá Galdina”. Genoveva recordó la vez que sus compañeras la dejaron desnuda en el baño, siempre había supuesto que eso había ocurrido hacía un par de semanas; sin embargo, ese día cayó en la cuenta de que ya habían pasado 40 años. Por primera vez en su vida Genoveva sintió lástima por ella misma, y compasión por su soledad. Era como si por primera vez fuera partícipe de este mundo tan gigante, donde había un final como el de las telenovelas. Hasta ese momento Genoveva se dio cuenta de que las personas también se acaban.

Los hermanos de Genoveva no pelearon por quién se quedaría con la máquina que fabricaba ladrillos que su padre había dejado años atrás o la casa entestada de la infancia, pero sí hubo una ardiente discusión en la que se ponía en juicio quién debería cuidar de Genoveva.


MARI: Yo no puedo. Los gemelos son un desastre, están en la edad más complicada, ropa, tareas, trastes. ¡A mí no me miren, ustedes deben tener una idea!

PATRICIO: Pero eres quien más experiencia tiene como ama de casa… Genoveva necesita quien le haga de comer y le lave, yo no sé hacer nada de eso.

MARI: Pero tu esposa sí.

PATRICIO: Pero tú eres su hermana y Verónica tan sólo es su cuñada.

MARI: ¡No insistan! Mi marido se va a poner furioso, el dinero apenas nos alcanza. Ustedes saben cuánto implica hacerse cargo de un adulto más en casa.

WENDY: ¿Y si te pasamos dinero semanal para mantenerla?


MARI: Tengo que pedirle permiso a mi marido. Wendy, tú vives sola, debería ser más fácil para ti.

WENDY: Mi departamento es muy pequeño y con el posgrado no tendré tiempo de atender a alguien que necesita tanta vigilancia y cuidados.


A quien le faltaron buenas excusas fue a Patricio.


PATRICIO: Al rato iré por ella, le ayudaré a sacar la ropa de su clóset.

VERÓNICA: ¿Y dónde se quedará?

PATRICIO: En el cuarto de atrás.

VERÓNICA: Allí está la lavadora.

PATRICIO: Pues en el que dormían las perritas.

VERÓNICA: ¿Por lo menos puede ayudarme a lavar?

PATRICIO: No sé, en casa lo único que hacía era tender su cama


Antes de salir a trabajar, Patricio dejaba órdenes estrictas a Verónica de no salir mientras él no estuviera, no hablar con ningún hombre que no fuera su hijastro Eduardo y, sobre todo, no ocupar su tiempo libre en manualidades. Así que Vero permanecía mirando la televisión por las tardes, mientras ayudaba en la tarea a sus hijas y escuchaba a Eduardo arreglar el tinaco, los cables de luz o cualquier otra cosa que se ofreciera en la casa. Ahora Genoveva también permanecía las tardes sentada al lado de su cuñada mirando las telenovelas.

Con el paso de los años fue como si Genoveva desapareciera del árbol genealógico. Cada vez que la familia de Patricio salía a una reunión, la dejaban frente al televisor con la puerta bajo llave. Llevarla de un lugar a otro era complicado y un poco vergonzoso, sobre todo cuando hablaba con la boca llena o se le salía el agua por la comisura de sus labios. Algunas tías preguntaban insistentemente por ella, y poco a poco dejaron de hacerlo, hasta que aparentemente olvidaron su existencia.

Durante mucho tiempo Genoveva no se había preguntado por qué la dejaban bajo llave o simplemente por qué no podía acompañarlos. Hasta ese día…




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Lucila Castillo (Xalapa, 1989). Dramaturga y directora artística. Egresada de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana. Sus tres primeros montajes fueron reconocidos en el Festival de Teatro UV 2013 y en el Festival Internacional de Teatro Universitario UNAM 2014 y 2015. Por su trabajo como dramaturga y directora ha sido finalista de la convocatoria Cuentos Antinavideños 2017 del Teatro La Capilla, fue seleccionada en el Ciclo de Lecturas Dramatizadas de Tejiendo Redes de Buenos Aires en 2018, y ha recibido el Premio de Dramaturgia Dolores Castro 2019, el primer lugar dentro del programa “Gira Conciencia, teatro para la divulgación científica para niñas, niños y jóvenes” 2018-2019 y la nominación a “Mejor obra teatral para jóvenes audiencias” de los premios ACPT 2019. Obtuvo la Beca Artística y el Estímulo al Desempeño Académico de la Universidad Veracruzana, y ha sido beneficiaria del PECDA y del FONCA. En el 2011 fundó la compañía teatral independiente “Nosotros, ustedes y ellos”. Sus textos han sido publicados por Tramoya, Ediciones El Milagro y Los Textos de la Capilla.