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CUENTO / Junio-julio 2014 / No. 50


 

Flores rojas



Davo Valdés de la Campa

 
Conocí a mi padre días después de haber cumplido los doce años. Mi mamá estaba en el trabajo y como no supe quién era, no lo dejé pasar. Eran las once de la mañana y yo había faltado a la escuela. Estaba jugando en el patio trasero de la casa. A lo lejos, detrás de la barda, se veía un cerro carcomido por los dinamitazos que los obreros detonaban para obtener cal. Mi juego consistía en mirar al sol directamente sin parpadear. En la escuela me habían dicho que si lograba verlo diez segundos, crecería esa misma cantidad, pero en centímetros. La luz me cegó al grado de marearme y me lavé el rostro en el lavadero enmohecido. La gallina se había apropiado de la tarja y el concreto olía a heces de ave. Escuché que golpearon la puerta. Primero no quise ir porque pensé que era algún cobrador de esos que iban a buscar a mi mamá todo el tiempo, pero insistieron tanto que llegué a pensar que era mi madre que había olvidado sus llaves de nuevo. Miré por la ventana y un hombre corpulento, de bigotes largos y cabello peinado en una cola de caballo, se asomó por el cristal. Lo saludé y no recibí respuesta. Se quedó ahí silencioso como esperando que lo reconociera. No habló. Le pregunté que qué quería y siguió mudo. Me dio miedo y me regresé al patio. Me acurruqué abajo del lavadero y estuve mirando cómo trabajaban las máquinas en el cerro. De vez en cuando se escuchaban explosiones e imaginaba que alguna flota de aviones bombardeaba la ciudad. A veces anhelaba eso. El caos. Un estado constante de incertidumbre y destrucción. Leía en el periódico notas sobre países lejanos que vivían en conflicto y deseaba que algo así pasara cerca. Todo el tiempo recreaba situaciones semejantes. Como cuando veía a los hombres salir de la planta petroquímica, con sus trajes naranja y sus rostros aceitosos. Imaginaba que eran zombis que invadían las calles o soldados que regresaban con la derrota bajo el brazo y dentro de los ojos. Al menos la derrota nos daría relatos interesantes, pensaba. Porque la vida así con tanta calma, con tanta repetición, me aburría. El hombre no volvió a tocar, pero no quise salir a ver si se había ido. La gallina se resguardaba en una esquina del patio donde los rayos del sol calentaban más. No sé qué hora era, pero el calor de la tarde me entumeció el cuerpo y me quedé dormido.

Recuerdo que soñé que era un cazador y que había salido con otro hombre al monte. Estábamos bocabajo en una escarpada en terreno alto. Sosteníamos dos rifles que apuntaban hacia abajo, hacia un sendero que utilizaban los viajeros para llegar a la falda. Todo estaba silencioso. De pronto, un grupo de campistas ascendía por el camino. Eran cinco o seis personas. Uno de ellos iba rezagado, jadeando y desorientado. Él ordenaba que le apuntara. Me decía que era un hombre débil, el más frágil de la manada y que no merecía vivir. Mátalo, mátalo, me decía una y otra vez y yo me quedaba inquieto, inmovilizado por el miedo. Entonces, el hombre le disparaba en los ojos. Desperté porque escuché la voz de mi mamá que reclamaba algo. Eran las seis o siete de la noche. Entré a la casa por la cocina. Me llegó un olor dulce, como café de olla. Mi mamá estaba llorando con la mano apoyada en el refrigerador y el hombre misterioso estaba sentando en el comedor con el cabello suelto, revuelto como si se lo hubieran jalado. Mi madre me vio y me dijo: “ve a saludar a tu padre”.

No era mudo, pero no hablaba. Así que nunca supimos a dónde se había ido o por qué había regresado. No sabíamos nada de él. Antes de que volviera, mi madre lo había nombrado escasamente. La había abandonado cuando yo tenía uno o dos años. Siempre pensó que se había ido al norte a trabajar en los cultivos de fruta o algo parecido. Su familia tampoco sabía nada de él. Había desaparecido.

—¿Y siempre fue mudo? —le pregunté a mi madre, cuando fue a darme las buenas noches. Me dijo que no. Que no sabía qué le había pasado.

—Es tu padre, pero no es el hombre que conocí. Me da miedo.

—¿Y por qué no le dices que se vaya?

—No puedo, dijo en voz baja.

Los primeros días durmió en la sala. Se levantaba temprano y preparaba el desayuno. Después mi mamá lo dejó que durmiera con ella. Un día le pregunté si iba a trabajar en algo y él sonrió levemente. Mi madre se sumó a mi pregunta y él asintió con la cabeza. Pero no salió de casa. No lo hizo hasta que fue a verlo un hombre. Yo estaba en la sala viendo televisión. Mi madre estaba en el trabajo como de costumbre y él estaba sentado en el comedor. Había adoptado ese lugar como su refugio desde el día en que regresó. Se sentaba por horas esperando que regresara mi mamá, siempre en silencio. Las plantas del pasillo hacían más ruido que él. A veces imaginaba que desaparecía de nuevo. Era tanto el silencio que creía que se iba a desvanecer, pero me asomaba y él seguía ahí, quieto, mirando la pared o hurgándose las uñas. Luego cocinaba o limpiaba un poco. Un par de veces intenté hablar con él, pero no logré que dijera palabra alguna. Sólo me hacía un gesto con la mano para que me fuera y lo dejara en paz. Alguien tocó la puerta y salí a ver. Era un hombre albino. Lo había visto en la plaza y había escuchado que lo llamaban “El hijo del sol”. Me preguntó por mi papá. Cerré la puerta y fui hasta el comedor. Le dije que alguien lo buscaba. Se levantó lentamente. Tenía la impresión de que todo le dolía. Respirar, moverse, mirar, todo eso era difícil para él y al mismo tiempo percibía una calma perturbadora que lo envolvía. Abrió la puerta y yo me quedé a su lado. El hombre rubio me miró y mi padre me tocó el hombro y movió la mano para indicarme que tenía que irme. No escuché de qué hablaron. Pero al día siguiente, en cuanto se fue mi madre, él se puso una gorra y salió. ¿A dónde vas?, le dije. Creo que no me escuchó, pero de cualquier forma no dijo nada.

En la escuela, durante el receso, un maestro de secundaria me buscó. Me dijo que lo acompañara a su salón. Creí que habían descubierto que yo había rayado los baños, pero no. Me preguntó si era verdad que mi padre había regresado.

—¿Cómo lo conoce?

—Era mi amigo en la escuela —me respondió. ¿Sabes dónde estaba?

—No, no habla.

—¿Cómo que no habla?

—Pues no. Creo que es mudo. 

—Voy a ir a verlo. No le digas. Quiero que sea sorpresa.

Pensé que mi padre era un misterio. Que los adultos habían decidido no decirme las cosas, como lo habían hecho en otras circunstancias para no herirme, como cuando se murió mi abuela, que me dijeron que se había quedado dormida y que ya no quería que la molestaran. Pero yo quería saber. Quería abandonar la duda, dejar de ser el único que no conocía la verdad de las cosas.

El maestro nunca fue a verlo. Al menos yo no lo vi por la casa. Pero una semana más tarde, Roger, mi amigo de la escuela, me dijo que lo habían encontrado muerto en su casa. ¿Qué le pasó? No sé bien. Pero dice mi mamá que lo mataron igual que a su hermano hace muchos años. ¿Cómo, el hermano de tu mamá o el del maestro?  El del maestro… Le mordieron la cara y se la arrancaron. Inmediatamente pensé que el responsable era mi padre. No encontraba las palabras para enunciarlo, ni siquiera pensé en la palabra “asesino”, sólo apareció su rostro en mi mente cuando Roger me terminó de platicar. El misterio se había ensanchado. Quise saber, y también tuve miedo. Pero, al igual que todos los personajes de las películas de terror, seguí el extraño sonido en medio de la noche.

Después de cuatro o cinco meses las cosas no habían cambiado. Mis padres se iban en la mañana al trabajo. No sabíamos en qué trabajaba él, sólo que su jefe era “El hijo del sol” y que a mi madre no le parecía buena idea. Yo iba a la escuela y todo era monótono, como antes de que él volviera. Durante esos meses, compré los periódicos locales en busca de muertes parecidas a las del maestro, pero no hallé nada. Me desesperaba esa calma que se instalaba de nuevo en nuestras vidas. Sentía que la emoción llegaba en intervalos muy breves y separados entre sí. Y yo quería ser parte de algo más grande que eso, pero no ocurría nada. Todo iba lento, al grado de que la verdad ya no me parecía un bloque entero de cosas que debía saber, sino fragmentos de sucesos que no podía unir a la perfección; fragmentos que estaban sueltos, lejanos, incompletos, rotos de algún modo. Y el silencio de mi padre ya no era novedad. La inquietud había dado paso al hábito y el silencio ya no perturbaba más. Hasta que un día escuché su voz. Era un domingo y, como cada cierto tiempo, habíamos salido de paseo. Antes sólo lo hacíamos mi madre y yo, pero ese día también nos acompañó mi padre. Era la primera vez que salíamos los tres. Fuimos a comer y a caminar a la plaza. De regreso, mi madre se encontró a una amiga. Mientras platicaban le pregunté a mi padre si quería un helado. Asintió y empezamos a caminar. Le avisé a mi madre y quedó de alcanzarnos en unos minutos. La heladería se encontraba en una esquina del Zócalo. Pedí tres helados de vainilla y cuando volteé mi padre se había marchado. Pagué y salí intentando sostener los tres barquillos sin derramar el postre. En la esquina contraria vi un grupo de personas arremolinadas alrededor de lo que parecía un accidente. A un costado vi una ambulancia con su torreta encendida. Entre la multitud que husmeaba reconocí a mi padre. Mi madre había regresado y le señalé dónde estaba él. Nos acercamos sin llamarlo. Todos miraban en silencio. Un camión del pan había atropellado a un joven. Estaba muerto y los paramédicos lo habían cubierto con una sábana. Se rehusaban a tocarlo hasta que llegara la policía. De pronto alguien preguntó: “¿ese perro venía con él?” Entonces fue que lo vi. Un perro bóxer que lamía sangre del pavimento. La voz era muy grave. Nadie contestó. Me lo voy a llevar, ya no tiene a nadie. La voz volvió a emerger de entre la multitud y la busqué en todos los rostros y fue entonces que supe, no sé cómo, que era la voz de mi padre. Se acercó al perro y le puso la mano cerca del hocico para que lo oliera. Lo tomó de la cadena y lo jaló. El perro se negó a moverse y mi padre tiró con más fuerza y entonces el animal comenzó a caminar. Mi madre, casi susurrando, le preguntó a dónde lo llevaba, pero no contestó. No volvió a hablar. Pero fue entonces que supimos que su silencio era voluntario, autoimpuesto como un juramento, como cuando los hombres le juran a la Virgen no volver a tomar. Y lo había roto para salvar a ese perro. Para llevárselo.

En cuanto llegamos a la casa, mi padre tomó su gorra y se marchó con el perro. Regresó más tarde sin él. Mi mamá lo interrogó, pero él no dijo nada. Esa noche la escuché quejarse. Me levanté de la cama y entré a su cuarto sin hacer ruido. Un foco de luz azul en la parte de afuera apenas iluminaba el interior de la habitación. Vi dos cuerpos desnudos en una posición en la que no encontraba el fin de cada uno. Mi madre gemía como de dolor y yo me quedé ahí en las sombras hasta que se quedaron dormidos los dos. Ya en mi habitación no podía conciliar el sueño. Sentía mi nuca caliente. Además algo había agudizado mi sentido del oído y escuchaba a todos los perros de la ciudad ladrar. O eso creía. Pensé en el perro bóxer y en qué le habría pasado. Esa noche decidí seguir a mi padre al día siguiente e investigar a qué se dedicaba.

Por la mañana me despertó un olor a ajo. En la cocina mi papá desayunaba solo y me señaló un plato con huevo revuelto. Mi madre se había ido temprano. Me senté a comer y me despedí antes. Le dije que iba a la escuela, pero me quedé en la esquina esperando que saliera. Veinte minutos después lo vi caminar bajo el sol con su gorra verde. Su cabello estaba amarrado con el hilo blanco de la bolsa del pan y vestía un pantalón de mezclilla, una camisa de franela café con verde y unas botas color marrón. Me escondí detrás de unos automóviles y esperé a que pasara por ahí para seguirlo. Caminaba con mucha lentitud, como una especie de robot. Luego empecé a preguntarme qué era eso que iba a descubrir. ¿A qué se dedicaba? Pensé en “El capote”, un loco de la ciudad que se vestía de traje y que todos conocían por su extraño atuendo. Salía de su casa temprano y caminaba hasta la carretera y ahí, en medio del bosque, pasaba la mayor parte del tiempo. La leyenda sobre él era que se dedicaba a la música, pero que había tocado una canción prohibida y se había quedado así. Mi mamá me había platicado que estaba enfermo y que su familia no podía controlarlo. Un día lo seguí también pero se dio cuenta y me persiguió con el rostro rojo por el enojo y con una sombrilla que cargaba como arma. No me alcanzó pero nunca más lo intenté de nuevo. Ahora seguía a mi padre y pensaba que él estaba loco de algún modo. Sentí vergüenza. Luego recordé la muerte de mi maestro, la muerte idéntica de su hermano años atrás, que también investigué. Hallé una nota brevísima en un periódico amarillista. Ahí se narraba cómo unas monjas habían encontrado afuera de su convento a un joven muerto. Alguien había mordido su cara hasta arrancársela. Su hermano, mi maestro, había declarado que había estado con él y con otros amigos la noche anterior. Habían bebido y se habían quedado a dormir en un terreno baldío. La policía tenía algunos sospechosos, pero no mencionaba nombres. Hice cuentas y justo por esas fechas mi padre había desaparecido. Para mí todo era obvio y pensaba en la estupidez de la policía que no podía conectar los sucesos: la desaparición, el regreso repentino de mi padre, y la muerte del maestro. Todo estaba ahí, claro, tan claro que daba miedo. Por qué pensaba entonces que había algo más grande que impedía que el resto viera la verdad. Algo que ni los mismos adultos querían hablar o reconocer. Además, caí en la cuenta de que los cobradores ya no iban a la casa desde que mi padre había regresado, y mis amigos ya no aceptaban mis invitaciones, como si sus papás les hubieran prohibido juntarse conmigo. Sentía de pronto como si el resto de la ciudad tuviera miedo de mi casa. Me sentí aislado.

Seguía agazapado, escondido detrás de los automóviles estacionados, cuando recordé que lo que hacía era espiar a mi padre. Me asomé por entre las ventanas y no lo vi. Corrí hasta la esquina siguiente y lo vi dar vuelta a la derecha en una calle a lo lejos. Corrí lo más rápido que pude. Me escondí detrás de un árbol y desde ahí lo vi entrar a una casa con una fachada beige. Era el número 23. La puerta era pequeña, como de mi tamaño, y estaba oxidada. Traté de escuchar algo, pero no lo logré. No había ningún letrero, ni nada que revelara qué era lo que pasaba adentro. Me senté en la acera de enfrente y vi cómo entraban otros hombres y más tarde una mujer morena con bolsas de plástico que parecían una despensa. Cuando dieron las dos de la tarde me levanté y seguí caminando calle arriba. Nunca había pasado por ahí. Vi un letrero que decía “La India Bonita”. Todas las casas parecían deshabitadas y la mitad de la cuadra estaba ocupada por un terreno baldío. Cuando pasé por el terreno abandonado, me golpeó un olor fétido. Busqué con la mirada qué era eso que olía tan mal y vi el cuerpo de un perro en descomposición. Estaba dentro de un costal blanco, como de harina. Su cabeza salía como si quisiera respirar aunque estuviera muerto y sus dientes parecían felices, pero su lomo estaba herido como si lo hubieran mordido. Escuché voces subir por la calle, así que corrí a esconderme dentro del terreno, detrás de la hierba. Vi a mi alrededor. Había llantas ponchadas, pedazos de automóviles, basura, cascajo, costales con más hierba seca y flores rojas por todos lados. Las voces estaban más cerca. Me asomé y vi que eran dos jóvenes y mi padre con una bata como de doctor. Los jóvenes iban cargando un costal blanco que arrojaron al terreno. Mi padre se estaba agarrando el bigote y miraba en silencio. “Pinche veterinario, ahora sí trajiste uno loco”. “El güero está bien contento porque lo estás forrando de lana”, fueron las únicas cosas que escuché. Los hombres se fueron y mi papá se quedó un rato más viendo el cielo. “¿Qué pasó, mi veterinario?”, preguntó uno de lejos y mi padre señaló hacia arriba. “Pinches zopilotes, nos van a delatar”, dijo uno de ellos y disparó una pistola que se sacó del cinturón. Mi papá caminó hacia donde estaban y las voces se difuminaron. Me extrañó que temieran que los zopilotes los delataran de algo pero que no hayan tenido miedo de disparar. Salí de mi escondite y me acerqué al costal que habían arrojado. Adentro había un perro muerto con una pata fracturada y un ojo de fuera. Volví a ver el terreno y vi todos esos costales regados por la tierra y pensé que cada uno era la tumba de un perro.

Regresé caminando calle arriba y, cuando pasé por la pequeña puerta, corrí. Seguí así hasta mi casa. Mi mamá estaba en la sala. Se había teñido el pelo de negro para ocultar las canas que le habían salido en las últimas semanas. Me senté a su lado. “¿No ha llegado mi papá?”, le pregunté. Y me dijo que no. “¿Estudió algo o a qué se dedicaba antes de que se fuera?”, volví a preguntar. Pero ya no escuché la respuesta porque oímos cómo se estacionaba un coche enfrente de la casa. Mi madre se asomó y vimos que mi padre bajaba del automóvil. “¿De dónde salió esto? No lo quiero aquí”, escuché que dijo mi mamá, pero él no respondió. “¡Te estoy hablando, cabrón!”, dijo mi madre. Él se volteó de golpe, caminó hasta donde estaba ella y le pegó en la cara. Corrí decidido a atacarlo, pero mi madre me detuvo. Esa noche durmió en el coche, pero por la mañana él y mi mamá se fueron juntos.

Todavía no sé por qué lo hice, pero ese día husmeé en las cosas de mi padre. Tenía sólo la maleta con la que había llegado. Una valija negra que tenía cerrada con candado todo el tiempo. Encontré la llave en el cajón de los cubiertos. La maleta estaba debajo de la cama, afuera no tenía marcas ni calcomanías que revelaran su origen. No pesaba mucho. La abrí. Adentro había una bolsa de basura negra, miré en su interior y vi unos calzones de mujer. Afuera había dos libros: Magia negra y amarres y Un grito desesperado. También vi un cuaderno con apuntes que parecían médicos, pero no lo sé bien; también vi un cuchillo grande en un estuche de piel y unas fotografías, en ellas aparecía mi padre vestido de militar. Y eso era todo. Tomé el cuchillo, cerré la maleta, la puse donde estaba y dejé las llaves en su escondite. Ya en la noche regresaron mi papá y mi mamá en el automóvil. Mi madre venía borracha, mi papá agarró su gorra y se fue caminando. Mi mamá se sentó en la cocina y dijo: “Tengo miedo, hijo”. Supe que algo no estaba bien y por primera vez quise que el tiempo se detuviera, que lo monótono y tranquilo regresara a nuestras vidas, pero también supe que todo lo que habría de pasar era ya inevitable.
 

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Ilustraciones:

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Davo Valdés de la Campa (Cuernavaca, Morelos, 1988). Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Forma parte del Colectivo La Piedra y fue editor de la revista La Piedra durante cuatro años. Es columnista de cine en La Jornada Morelos desde 2009 y actualmente en Filmeweb. Ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para el Desarrollo y la Creación Artística en 2009 y 2011 en cuento con “Sopor Aeternus” y en novela con Las mariposas. En 2010 publicó su primer libro de cuentos Relatos de un mundo depravado (EdicioneZetina). En 2011 ganó la publicación de su libro de poesía Ignoto por la Editorial del Instituto de Cultura de Morelos. Su más reciente libro, Despertar, fue editado por Astrolabio. Forma parte del Grumo de Escritores de la Barba Naranja y organiza el encuentro Plumas Verdes de literatura para Cinema Planeta: Festival Internacional de Cine y Medio Ambiente de Cuernavaca.