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CUENTO / Diciembre 2010-Enero 2011 / No. 29


 

Obiectus



Jesús Uriel Mejía Vidal



 
 
Ramón Sarmiento dormía sosegadamente cuando el sonido del motor de su auto lo despertó se levantó con premura, bajó las escaleras sin percatarse de su desnudez, salió de su casa y corrió detrás del vehículo que ya lo aventajaba por mucho. Sólo hasta que se perdió en la niebla, Ramón comenzó a sentir los navajazos del frío; rápidamente volvió a su habitación, se clavó en la cama e intentó dormir. Esa madrugada Ramón, tiritando entre las cobijas, lloró por primera vez con absoluta libertad, maldijo a dios, maldijo su suerte y la porquería de vida que le había tocado. De un instante a otro el llanto cesó, no quedaron más lagrimas, todas sus blasfemias habían sido liberadas, ya sólo advertía un pequeño temblor en su garganta al inhalar y la sensación de temor ante lo que estaba por venir.

A las ocho de la mañana, Ramón abandonó el propósito de dormir, se vistió para ir a trabajar y, antes de salir, miró la casa vacía. Se sentía melancólico y al cerrar la puerta un escalofrío metálico lo recorrió, anunciando que tal vez no volvería. Caminó con paso lento al trabajo, como quien no quiere llegar a su destino. De pronto se encontró frente al inmenso edificio; parecía una entidad viva, aspirándole la vida, retándolo. No sabía qué lo detenía, lo cierto es que no quería entrar otra vez; dio media vuelta y con paso veloz emprendió la retirada. ¿Adónde iría? Tampoco quería estar en esa casa llena de silencios; caminaba sin rumbo, cada vez más rápido, cada vez más confundido.

Después de un rato de caminar sin rumbo y sin conciencia, Ramón se detuvo en seco, miró a su alrededor y quedó aterrado: la cuidad se le había terminado. Sentía como si hubiera caminado en sueños. Ahora asomaba un pueblo desértico, libre de urbanidad, y de una inmensidad sobrenatural. Su reloj marcaba las cuatro de la tarde y su boca empezó a pedir líquidos. Aún desorientado, Ramón se acercó a una pequeña tienda, compró una botella de agua y  salió.

Ésa le pareció la tarde más calurosa a la que se había enfrentado, se quitó el saco azabache y lo arrojó a un lado del camino. Lo mismo hizo con la corbata. El agua pronto se acabó y el sol parecía más fuerte a cada minuto; por fin, a lo lejos, asomaba una gran casa con altos muros.

obiectus-cecilegeng.jpg―¡Buenas tardes! ―gritó Ramón mientras buscaba un timbre.
―Buenas tardes ―respondió una gruesa voz femenina al otro lado de la puerta.
―Disculpe, estoy perdido, el calor está insoportable y tengo mucha sed, por el amor de dios, ayúdeme  ―dijo Ramón sin poder creer sus propias palabras.
―Aquí no creemos en esas cosas  ―dijo la mujer mientras abría la puerta lentamente―, sígame, le mostraré su habitación.

Sin pedir explicaciones, Ramón siguió a aquella corpulenta mujer. La casa era más grande de lo que parecía por fuera, había arbustos colosales con forma de conejo o estrella, todas las paredes eran de un brillante color verde y de los muros colgaban cuadros con formas abstractas y aterradoras. Pero lo que de verdad maravilló a Ramón fue la cantidad de gente que habitaba en ella. Los pasillos y las habitaciones eran enormes, había hombres y mujeres de todas las edades y razas, algunos platicando pacíficamente, otros jugando dominó, y los más pequeños correteaban alegres sin siquiera mirar al nuevo invitado.

―Ésta es su habitación, procure mantenerla limpia, en un momento le traigo un poco de agua; por cierto, me llamo Itzel, gusto en conocerlo ―dijo la mujer mientras salía del cuarto.

La habitación era verde y amplia, sólo había una cama, un espejo y una enorme ventana, lo curioso es que aquellos tres elementos parecían nuevos, como si hubieran estado esperando su llegada, de hecho, todo en aquella casa inhalaba un olor de frescura renovadora. Por un segundo, Ramón pensó que aquel lugar era una especie de destino vacacional de lujo. No podría pagar algo tan hermoso, en sus bolsillos sólo había un billete de quinientos pesos arrugado.

Itzel llegó con una gran jarra de agua de jamaica, le sirvió un vaso y lo acercó a los trémulos dedos de Ramón.

―Gracias señorita, mire, sólo traigo esto, espero que me alcance para quedarme esta noche a dormir ―dijo Ramón mientras sacaba el arrugado billete y se lo extendía a Itzel.
―Usted no se preocupe, aquí no exigimos esa clase de pagos, se quedará el tiempo necesario y sólo tendría que marcharse si la señora lo ordenara ―contestó Itzel y se retiró.

Ramón, aun sin entender bien las cosas, se propuso hacerle caso a Itzel y no preocuparse más. De todas formas, no había nadie afuera de esa casa al que le importara su ausencia, sus padres habían muerto, no tenía hijos, no tenía amigos y su esposa hacía apenas unas horas había huido en su coche para vivir una aventura con un joven que seguramente la hacía más feliz frente a la sociedad y en la cama. A pesar de su cansancio, Ramón no lograba conciliar el sueño, una pregunta le había surgido e Itzel ya se había ido.

Nunca antes una duda le había provocado tanta curiosidad, Ramón sentía la necesidad imperiosa de satisfacerla, tenía que conocer a “la señora”, su benefactora, su salvadora. Abandonando su propósito de dormir y con la pregunta martillándole en los oídos se levantó y salió en busca de respuesta. En los pasillos ya no había nadie, miró su reloj y se dio cuenta de que eran las doce de la noche, no lo podía creer, había estado en cama, intentando dormir, por más o menos seis horas. Recorrió los pasillos con la esperanza de encontrar a alguien aún despierto; a punto de desistir de su propósito, salió al patio, y allí, recostada sobre una banca estaba Itzel mirando la apacible noche. 

―Lo sé, viene usted a preguntarme acerca de la señora ―dijo Itzel sin despegar la mirada del cielo nocturno―, vaya y duerma tranquilo, mañana por la mañana la conocerá

Allí estaba, la respuesta que buscaba, sin siquiera pedirla. Ramón se despidió de Itzel y regresó a su cuarto. La certeza de que conocería a la señora en pocas horas lo llenó de serenidad, no tuvo tiempo de pensar en cómo era aquella mujer, el sueño por fin había llegado, sorpresivo y universal.

Cuando amaneció, Ramón se levantó sin saber qué hacer, definitivamente su aspecto no era el de un hombre digno de atención y confianza, no podía presentarse así, su ropa estaba arrugada y su cabello alborotado. Si la señora lo veía en ese estado ―pensó―, no dudaría en echarlo a patadas. Trató de acomodar su cabello, limpió un poco sus zapatos y alisó lo más que pudo el pantalón, un sudor frío recorría su frente y el nerviosismo aumentaba ante la imagen que aparecía frente al espejo. De pronto, el sonido de la manija girando hizo que su respiración se detuviera de golpe; contempló, aterrado y expectante, que la puerta se abría. No era la señora, un suspiro apagado pero placentero surgió de la boca de Ramón al percatarse de que era Itzel la que entraba sonriente y, lo mejor de todo, sola.

―Veo que ya está levantado, vamos, cuanto antes mejor ―dijo Itzel.
―Disculpa, ¿puedo bañarme antes de ver a la señora? No quiero presentarme en este estado ―dijo Ramón mientras volteaba de nuevo la vista al espejo.
―Lo hará después, y también después se le entregará ropa nueva, por el momento sólo necesitará éstas ―dijo al tiempo que le entregaba unas sandalias de seda blanca―, ella ya lo está esperando, no debemos impacientarla.

Apenas se hubo acomodado las sandalias, Itzel lo tomó del brazo maternalmente y lo guió por entre las salas y los pasillos de aquella gigantesca morada. Una puerta inmensa apareció frente a los ojos de Ramón, Itzel sacó de su bolso una pequeña llave, la introdujo en la puerta, la giró y surgió un pasillo, con una bellísima alfombra, cuyo fin no era visible.

Después de un largo andar, el pasillo terminó frente a otra puerta pequeña y hermosa. Itzel miró fijamente a Ramón y asintió levemente como para sí misma. Hubo un breve silencio entre los dos, roto por una campanilla que estaba junto a la puerta y que Itzel hizo sonar con sumo cuidado; casi inmediatamente, la puerta se abrió y apareció una venerable anciana. Ramón estuvo a punto de hacerle una reverencia, pero fue detenido por Itzel. “Ella sólo es una sirvienta, la señora está en la cama”, dijo.

Catorce, tal vez quince años, era su edad aparente, sólo una jovencita, ahí estaba, la señora. Era tan hermosa como infantil, sus ojos eran verdes, su piel blanca y su pelo negro, sin duda era la joya más impresionante dentro de esa inmensa habitación. La anciana que recibió a Ramón e Itzel regresó junto a la señora, tomó un cepillo y comenzó a alisar maternalmente el cabello largo y terso. Ramón estaba impactado, no sabía qué hacer, ni qué decir, nunca se imaginó que “la señora” fuera un ser tan… pequeño. En el momento en el que la atmósfera de silencio empezó a sofocarlo la señora levantó los párpados.  “Acércate,  quiero verte más de cerca”, dijo apuntando la mirada hacia Ramón.

Sin durarlo ni un segundo Ramón se acercó con pasos torpes y apresurados. Ya cuando estaba muy cerca de la cama, la señora lo detuvo con una señal de la mano. Lo miró con una calma desenfadada, miraba su cara, sus manos, su sexo, lo analizaba en detalle y no dudaba en posar dos veces sus ojos en el mismo lugar. Ramón también la miraba, no con tanta seguridad como ella pero tal vez con más curiosidad. De pronto la señora detuvo la inspección, tomó a Ramón de las manos, y le dijo con una voz tan melodiosa como aquella casa: “Disfruta de esta felicidad que te ofrezco, de hoy en adelante formas parte de esta casa.”
 
obiectus-f_samora.jpg

Salieron del cuarto, y ambos, bajo un silencio de complicidad, avanzaron satisfechos y con una sonrisa serena. Itzel aprovechó para mostrarle a Ramón absolutamente todos los lugares de la casa ―o por lo menos aquellos permitidos para él― desde la biblioteca hasta los baños, unos baños gigantescos; Ramón no tuvo que pensarlo dos veces, se desnudó y tomó, frente a los ojos imperturbables de Itzel, una esperada ducha. El agua desprendía un débil aroma irreconocible, un aroma melancólico y catártico;  y de nuevo llegó el llanto, pero esta vez era de expurgación. Se sentía feliz, se sentía parte de aquella casa, en su cabeza había muchas dudas, pero creía que con el tiempo todo se aclararía. 

Ramón no supo de dónde la sacó, pero después del baño Itzel le entregó una bolsa con ropa nueva; un abrigo, unos pantalones de manta, una camisa, zapatos y un par de calzones. Ropa sencilla pero nueva y, lo mejor de todo, a su medida. Después de haberse vestido fue conducido al gran comedor. Desde lejos un olor a encacahuatado hizo que su hambre despertara. Cuando entró al comedor se quedó pasmado ante lo que vio: ese enorme lugar, que Itzel le había mostrado hace apenas unos minutos semivacío, estaba ahora repleto de comensales.

El encacahuatado estuvo delicioso, y las comidas subsecuentes también. Pero por alguna razón todas las dudas acerca de aquel universo que había estado almacenando en su memoria empezaron a incomodarlo. Era como si todas las bondades de esa casa trataran de ocultar algo por encima de su razón.

Quiso preguntarle a Itzel pero desde el día en el que habían ido juntos a conocer a la señora ella parecía haberse desvanecido. Las personas con las que coexistía al parecer hacía ya tiempo que habían decidido hacer caso omiso de cualquier duda y dedicarse en cuerpo y alma a experimentar la felicidad. Y Ramón estuvo a punto de hacer lo mismo, pero algo lo detuvo y lo incitó a buscar respuestas. Fue un anciano, el hombre más viejo de la casa. Lo encontró una noche de insomnio, recostado mirando el cielo. Sereno y taciturno, cantaba una melodía peculiar.

Cuando un día alcancé,
esta casa inmortal,
una joven mujer
me llegó a confinar.

Nuevos días pasé,
simulando ocultar
lo que está por venir,
a este viejo mortal.

La señora llamó
era hora de ser
de esta jaula un laurel,
un adorno tal vez,
un… objeto cualquier.

Apenas el anciano terminó de pronunciar los últimos versos de la canción, Ramón se acercó apresurado. Se miraron, y en la mirada despreocupada del anciano Ramón encontró las palabras.

―¿Qué es lo que canta? ―preguntó Ramón.
―Fueron cuarenta años en esta casa y en ese tiempo no conseguí ningún amigo, ¿no te parece triste? ―dijo el anciano.
―Bueno, sí, un poco triste… pero nunca es tarde para hacerlos.
―Sí, es tarde, desde mañana sólo podré escucharlos y tal vez mirarlos. Al principio será desesperante. Pero fui feliz aquí, de verdad fui feliz, supongo que es un pago justo a la señora ―respondió mientras se incorporaba.
―No le entiendo, ¿qué pago?
Un adorno tal vez. Un objeto cualquier ―cantó sonriente el anciano.

El sonido de alguien acercándose ensombreció la mirada del viejo y cerró de golpe sus palabras. Por detrás de su hombro una silueta empezó a dibujarse, era Itzel; grave y enlutada. El anciano sin voltear la mirada dio un abrazo a Ramón y le susurró al oído “A mí me encanta la música, ¿a ti no? No te aflijas muchacho, con el tiempo se te resuelven las dudas”. Y mientras las dos siluetas se perdían dentro de la casa, Ramón se quedó mirando la noche, tratando de encontrar en ella el significado de las frases de aquel viejo. Pero las frases le pesaron tanto, casi más que las imágenes, le pesaron en la mente y en los ojos, que poco a poco fueron cediendo ante la soporífera quietud de la noche y el entumecimiento de sus arremolinados pensamientos.

Cuando por la mañana abrió los ojos, Ramón estaba otra vez en su habitación verde. Encontró a unos pocos pasos la mirada cenicienta de Itzel. Estuvo a punto de descargarle todas sus dudas, pero algo lo detuvo en seco. Un enorme piano acomodado junto al espejo; fastuoso, parecía muy antiguo pero su madera estaba intacta, no cabía duda de que nadie antes había tocado ese piano. Sin embargo aquel objeto sólo agregaba una duda más a la lista de Ramón, y al percatarse de esto no pudo más.

―¡Se lo suplico, explíqueme!... Yo ya no entiendo nada. ¿Qué es todo esto?
―No soy quién para contestar nada, usted sólo disfrute su nueva vida, si llegó aquí es porque la anterior era insoportable… ¿Me equivoco? ―preguntó por primera vez con un aire de malicia en sus palabras.

Sin decir nada más dio media vuelta y se dispuso a marcharse pero Ramón la tomó firmemente del brazo.

―No me deje así, por lo menos dígame la razón de este piano.
―Aquí decidió estar, y esto decidió ser. Cuídelo bien ―contestó cordial Itzel e inmediatamente se fue.

Tomó aire, sus músculos parecieron relajarse un poco, decidió que por salud dejaría sus dudas un momento. Hacía tanto que no recibía un presente. Qué más sino un regalo podía ser ese piano “Tal vez de la señora”, pensó. Nunca antes había tocado un instrumento. Con cierto recato probó una tecla; el sonido lo estremeció y en parte calmó su alma llena de tifones. Tocó otra tecla, después otra, sonaban tan bien. Cerró los ojos y comenzó a tocar teclas al azar, y justo en el momento de éxtasis, su dedo presionó la última tecla del hermoso piano; estaba desafinada. Era un sonido agudo espantoso, y con ese sonido se le escapó el alivio, la tocó de nuevo y de nuevo escuchó ese sonido espantoso; le causaba rabia y tristeza a la vez.

Salió del cuarto, con esa rabia y esa tristeza que se le había revuelto hasta transformársele en nostalgia. Recorrió ensimismado la casa, sin rumbo y sin propósito, a su alrededor correteaban los niños como pequeñas cabras soberanas y libres. Y así estuvo, caminando por todos lados y por todos lados volviendo a caminar, huyendo inconscientemente de la nostalgia que se lo estaba devorando.  Y cuando su razón decidió jalarlo de nuevo a la realidad, lo primero que vio fue la puerta por la que entró a ese mundo extraño. Acercó lentamente la mano palpitante y así estuvo por un momento, dudando entre salir y volver a la inmundicia que lo esperaba afuera o quedarse en esa vacilante felicidad que lo desconcertaba.

―Si se va, ya no regresa.

Ramón soltó de golpe la puerta y se volteó espantado como quien ha sido descubierto en pleno acto delictivo. Oportuna como siempre, ahí estaba Itzel. Era como si supiera el momento justo para aparecer, siempre puntual.

―¿Va a dejar esto sólo por unas dudas? 
―¡Pues todo sería más fácil si me las aclararan! ―exclamó Ramón de pronto con una fuerza que turbó a Itzel.
―Mírese, usted no podría ser feliz allá afuera ―expuso Itzel recobrando su compostura―. La señora le dio una nueva vida ¿y usted la cuestiona?
―¡Y yo qué he hecho para merecer sus favores!
―¿Es eso relevante?, ¿qué le molesta más, sus dudas o su pasado?

Ramón no pudo ni supo contestar a eso a pesar de que la respuesta era obvia ―por lo menos para él―, apretó los puños, hizo un gesto de gratitud a Itzel y se fue a descansar, con la esperanza y la determinación de que después de un momento sus dudas tuvieran menor valor.

Las dudas poco a poco se fueron transformando en arma de poco calibre, Ramón estaba por fin perdiendo el vínculo con el exterior. No se imaginaba de nuevo afuera. Aprendió a tocar el piano, sin maestro ni partitura, de todas formas todo lo que tocaba en ese piano se oía perfecto, procurando claro no tocar la nota desafinada, que al fin y al cabo sólo era una. No hizo amigos, pero eso no importaba, la soledad ya no le incomodaba. Adquirió también el hábito de llorar, que dentro de esa casa tenía un significado totalmente distinto al que alguna vez tuvo. Lloraba cuando se aburría, o antes de dormir, y los lagrimales ―como todo su ser― se  acostumbraron de buena gana a las nuevas reglas.

Y la casa siguió creciendo con los años, Ramón estaba seguro de que crecía, a veces sólo un palmo, a veces más. También seguía llegando gente; entraban siguiendo a Itzel con una expresión casi ensayada, la misma que Ramón tuvo al entrar y seguramente la misma de todos los que entraron antes que él. Así como la gente llegaba a la casa, otros desaparecían como el viejo de años atrás. Nadie reclamaba y nadie se entristecía. Recordaba a todos los que una noche se fueron y no volvieron, y cada una de esas partidas le fue develando el misterio que la casa escondía. Pero al contrario de lo que pensó, el descubrir ese secreto no lo alarmaba, no provocaba en él nada mayor al esclarecimiento de una cuestión menor.

Fue una noche como todas, Ramón lo presentía y estaba listo. Se sentó en el centro del inmenso patio, más inmenso con los años, y esperó. No tardó mucho en aparecer Itzel ―que no había envejecido en absoluto― grave y enlutada como en cada despedida. Ramón se levantó, la miró un momento y la abrazó con todas las fuerzas que su edad le permitía. Después caminaron en silencio hasta la inmensa puerta que guiaba a la recamara de la señora. Itzel le entregó las sandalias de seda y Ramón se las puso gustoso. Pasaron la alfombra de las batallas, llegaron a la puerta de la recámara, que esta vez estaba abierta y ambos entraron sin vacilar.

obiectus-jakubson.jpgEra la segunda y última vez que Ramón veía a la señora. Al igual que el de Itzel, su aspecto no se había modificado ni tampoco el cuarto ni la vestimenta, según recordaba él.

―¿Estás listo? ―preguntó la señora con voz parsimoniosa.
―Lo estoy,  señora ―respondió Ramón. 

Ella se puso de pie y se acercó a Ramón. Él a su vez se arrodilló en muestra de gratitud.

―¿Fuiste feliz?
―Claro que lo fui ―dijo Ramón―,  soy feliz en este momento, señora.
―Es hora de pagarle a esta casa tu felicidad ―dijo la señora mientras se hincaba frente a Ramón―, ahora dime ¿cómo formarás parte de esta casa?

Ramón pensó un momento, no porque no lo hubiese pensado antes, sino porque se le habían ocurrido muchas cosas en esos años. Pero después de un momento levantó la mirada y con voz temblorosa dijo “tal vez otro piano, igual que el viejo que estuvo conmigo todos estos años, un hermoso piano, eso me gustaría, señora”.  Un leve movimiento de ella le indicó que sería complacido hasta en esa última petición.

Y mientras adquiría su nueva forma, Ramón, ante la mirada tierna de las dos mujeres, comenzó a cantar unos versos antes de que su trasformación le borrara la boca y, tal vez, la capacidad de sentir. 

 

Era hora de ser
De esta jaula un laurel,
Un adorno tal vez,
Un objeto cual…


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Ilustraciones:
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Jesús Uriel Mejía Vidal (Cuanalan, Acolman, 1990). Estudia Literatura Dramática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.