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CUENTO / junio-julio 2022 / No. 99

Las sirenas de la ciudad



Romina Ileana Izeta Kelly




Mi primer recuerdo me lleva al momento en el que mi madre soltó un suspiro de alivio cuando me escuchó llorar en menos de lo que le costó hacerme. Ella me leía historias sobre sirenas. Todo aquello me dejaba una tremenda ilusión haciéndome pensar que existía algo más allá de las lágrimas de sal y haciéndome pensar que en algún momento regresaría a la cálida agua en movimiento, sí, como al umbral que fue mi mundo durante nueve meses, donde no estaba dentro del mundo real ni fuera de él.

En mi primera etapa encontré consuelo en la imaginación y en los brazos de la escritura me sentí acogida. Yo no usaba el mismo lenguaje que los demás a mi alrededor, pues antes de hablar humano hablé dinosaurio, y ésa es mi lengua materna, pero no evolucionó porque no había otros dinosaurios con quién jugar. En primero de primaria, yo me creía sirena y mi lenguaje era del mar. Ahí donde solamente los que pudieran respirar bajo el peso del agua podían comprenderse. Fue allí donde entendí que el lenguaje con el que fui educada no era eficiente. Fisiológicamente no tenía ningún impedimento para saltar la cuerda o jugar a la casita; eran como otros órganos que no se veían, que me imposibilitaban conjugar, saltar en el tiempo o imitar y tomar el papel de la mamá.

Mi madre pintó mi segunda etapa tan azul: las historias que me contaba se basaban en teorías del mar, donde las sirenas eran las creadoras de los espacios sonoros en los que se focaliza el silencio de los marineros perdidos. Ellas fueron las tejedoras de la historia dentro de la infinita urdimbre, usadas como símbolo de advertencia para atrapar el presente y preservar a la madre luna. La misma madre que educa a las sirenas y controla su crecimiento. Se dice que si las miras demasiado te quedas ciego y no es precisamente por aquel valor estético, sino por la advertencia en el baño de luz que llevan en sus ojos. Ellas vienen a avisar que no queda espacio para todos. El rojo se aparece cuando nos baja la primera regla, y perdemos, ya que nos ven como una presa y no podemos distinguir entre el cariño y la violencia. Pasaron los años y llegó el día en que terminé la secundaria. Ahora por desobediente, no era sólo una sirena con voz de coral, era una sirena hambrienta y redonda que sentía pena por haberse comido el tiempo de mamá.

Era una noche roja como las orejas más bellas del océano. Estábamos eufóricos planeando cómo celebrar el último día de clases al unísono. Cuando piensas que vas rápido tienes que frenar antes de la curva. La mejor solución hubiera sido quedarme acostada esa noche, pero mis ganas de salir fueron más insistentes. Mi madre estaba por regresar. Agarré mi suéter y salí de mi casa. Tenía 14 años. Durante mi trayecto imaginé que la iluminación de los postes de luz me guiaba al ocaso, hacia la posibilidad de hacer un espejo de la arena del mar y enmarcar las respuestas del camino. Con cada paso la luz se volvía más tenue y se asimilaba al fondo del mar donde solamente se alcanzan a ver las reminiscencias de luz por las corrientes submarinas y donde el contacto humano era nulo.

Llegamos al lugar y en ese momento se empezó a juntar la vaquita para comprar un paquete de Delicados, los cigarrillos más baratos, y cervezas. Nadie sabía fumar pero nos llamaba la atención sacar el humo por la boca. Entramos. Yo seguí sus señales de humo. Anhelaba que nuestras miradas fueran a coincidir como en ese instante en el que el sol choca contra el mar, o la vorágine de las olas en las rocas, como si fuera una materia sólida rompiendo algo tan históricamente pesado.

Mi vejiga no aguantaba dos chelas sin tener que salir corriendo al baño. El mejor remedio para la retención de líquidos, dos no más. Fue entonces cuando iba regresando del baño que aquél se me acercó y me pidió un cigarro. Coqueteamos sin interrupciones. Me sorprendió que me cruzara su mirada, pasaba de mí. Esa noche se jugaron la vida de unas cuantas a costa del amor. Yo me pregunto por qué existe tal palabra en nuestro vocabulario si he visto más muertes por su causa que uniones. La verdad es que me sentí entre la espada y la pared, conociendo la inseguridad en México y encontrando tanto placer en su mirada. Aquél tomó la decisión por mí. Traté de ser lo suficientemente fuerte para mantenerme alerta. Me costaba trabajo analizar lo que pasaba a mí alrededor. Llegó ese oleaje y me limpió los 14 años de mi cara con su manía.

Me espera una regañiza de aquéllas y con qué cara le diré a mi mamá que me sentía confundida y molesta en mi propia piel. Cómo le explicaré que ser sirena no estaba funcionando a mi favor. Me muevo a destiempo. Será como el big bang, mi cabeza no para de girar y veo que todo pasa tan rápido como si fuera una autómata en su propio sentido de rotación. Igual y esta sacudida hace que se pierda de vista, y por eso su objetivo es mencionado con menor frecuencia que las víctimas que aquél atrapa.

Unas cuantas horas después estaba cegada por mi insensibilidad, no sabía si me ahogaba con mis lágrimas o con el vaso de alcohol que traía en la mano. Seré una escritora poco fiable por esto de andar en la fiesta, con vestido y cualquier otro aspecto que los noticieros vayan a añadir a mi caso para apelar a la morbosidad de la gente y vender más ejemplares de periódicos. Cargamos con la culpa de nacer niñas y hacernos mujeres. Me costaba trabajo hilar mis ideas y coordinarlas con los ruidos que salían de mi voz de dinosaurio que regresó. Fue en ese momento cuando comparé los gestos y los sonidos articulados y los traduje a un nuevo lenguaje que me permitiera entender el mundo. Mientras me buscaban tuve tiempo para tener 14 años para siempre y que tradujera mi idioma dinosaurio a esto.

Antes se pensaba que las sirenas solamente salían de noche como cualquier otro depredador que caza a su presa. Hoy las sirenas no tienen horario, sea de noche o de día las sirenas corren peligro. Las sirenas se desenvuelven en el oleaje de los llantos y los surcos que crean los pájaros cuando se clavan para atrapar a su presa moviendo todo lo que queda a su alrededor fuera de órbita. Las sirenas abren ampliamente su boca y en todo el espacio que recorre el universo se oye un suspiro colectivo. Cuando el mar limpia las bahías y el océano resplandece, nos seguimos preguntando por qué tanto sufrimiento en las sopresas que no se quedan rondando en las calles de la ciudad.

Mi siguiente paso sería soltar mis mejores pasos de baile. Que, claro, con tres cervezas ya más que baile era entre un ritual satánico y un intento de supervivencia de librarme de algo. Nada que sus manos no hayan tocado o que mi mente no haya deseado. Me movían y flotaba en algo ligero. Era como el swing de estar con los ojos vendados en una mecedora o en la cajuela de un coche. Pasé otro día de mis por siempre 14 años entre sábanas negras que parecían estar hechas de plástico. Todo me olía a humedad, a tierra, a huevo podrido, pañal mojado, cacas de perro y a rojo. Nada de estos destajos me calentaba lo suficiente para reanimar mi corazón, no solamente clavado en el interior de la tierra, sino deshecho de odio y amor.

Tener 14 años por siempre se vuelve pesado y yo quiero que me ayuden a mover esta masa que me quiere succionar debajo de la tierra. El tiempo de mamá lo traigo conmigo. Mamá, tengo todo el miedo para que tú ya no lo sientas. Encuentro mis versos enraizados en la tierra que nos nutre a todos y que nos aqueja a todos. En mis 14 años por siempre, nací del mar, me cubrí con raíces y renací en la sal del mar. En la noche se escucha la electricidad correr por los cables y el tintineo de la gravedad cayendo sobre tu rostro. Habrá miles de estrellas que miren la tristeza en los rostros de mis padres cuando me encuentren disuelta en todo este lenguaje de odio y de inseguridad. Miles de estrellas nos cubren con su manto de luz y nos dan albergue en esta lucha tan injusta que es la vida de las sirenas en la ciudad. Se escuchó el ruido de las sirenas esa noche. Otro crimen, otro entierro, otra despedida, otra necesidad de llenar los vacíos, otro eco en la historia y otra lágrima de sal.





Romina Ileana Izeta Kelly (Ciudad de México, 1996). Es estudiante del doceavo cuatrimestre de la licenciatura en Idiomas en la Universidad Motolinia del Pedregal. Es coordinadora del Consejo Cultura y Deporte de Amecameca, Edo. de México. Trabaja como docente especializada en lenguas extranjeras.