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RESEÑA / abril-mayo 2022 / No. 98
En lo ajeno, lo propio



De mis manos caerán las piedras.
Diego Montes
Torreón, Bitácora de vuelos Ediciones, 2021.

 

 

Entre pasos y escombro, el oído atiende una voz a veces novísima y solar que lo mira todo, y otras triste: a oscuras huye cuando la luz es, cruza décadas como paredes, se recoge hacia los rincones de cada muro. La voz es de ese talento para esculpir, Camille Claudel (1864-1943), las páginas de este poemario la búsqueda, afán mimético de reconstruir lo destruido, calzarse a las formas fragmentarias del diario personal, al tiempo y geografía de vida. La ciudad, la casa, la casa-taller apareciendo. Esa habitación a veces propia de trabajo y sostén y lápida más tarde, tapia. Y sin embargo, el paso telúrico de la escultora resuena, lanza grietas al futuro. Le sobrevive su labor de tallado, que llega doble en el poema, por tramar el mármol y luego demoler, para que quede constancia de esa vida contra todo y todos; su mente y la voluntad artística, el periplo emocional y su grito frente a esa época tallada, interpretada por la ejecutante como una amenazante ola. Frente a esa ola, ella misma, tres veces mal dicha, hermana, amante, musa; tres veces fuerte, artista, genio, figura del impresionismo y finalmente, Camille, la tres veces rota, patológica, recluida, abandonada. Este observar una vida es la propuesta de Diego Montes (Acapulco, Guerrero, 1989) y éste su primer poemario.

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Obra intertextual, habla desde la película biográfica Camille Claudel (1988). Extracción de diálogos, epistolar. Sentires escritos en libertad y encierro. Aquella ruta de la mujer con un espacio propio para pensar, libre hasta su “enrarecimiento”. Esa falacia de la conquista del espacio privado en una imagen, la libertad que es pájaro y después jaula. Alguien escoge tu destino, esconde la llave. Aquel deseo que nunca sucede: la mujer pasa los años esperando respuesta. “Dentro de la jaula habita un boceto de mí” escribe el poeta, hay un desasosiego en Montes que recuerda a Pizarnik: “creo que mi soledad debería tener alas”. La jaula en un rincón, finalmente olvidada, es abandono.

Desde su orilla, la mujer-pájaro permanece, se vuelve raíz, mirada de, ceguera de…, en palabras de Rosario Castellanos. Un mirar que encarna en la página. El poema atiende la naciente carrera artística, los avatares, horrores, Auguste Rodin, de familia y finalmente, el descenso al encierro y locura acuciantes de una época que empuja hasta la autocombustión. En un poema, Adrienne Rich habla de esto, cito: “De una mujer/[…] me muestras poemas/[…] Hay ciertas palabras: enemiga, horno, dolor/suficientes para convencerme/que es una mujer de mi tiempo”. Lo biográfico aquí como enlace. Sostén que urde el camino hacia la artista en cuestión, una suerte de hilo de Ariadna. ¿Existe acaso un camino de vuelta?, ¿un no extraviarse? Descender al perfil de quien se oscurece escalón a escalón. Cada paso, una piedra derruida, pedazos de mármol, ónix, yeso y terracota; basura, lágrimas y también sol: las piezas escultóricas, que además de la película, fungen como las otras fuentes del poemario: 1) La ola o Las bañistas (1897-1903) y 2) Vertumno y Pomona (1905). Esta última opera desde su mito, así se leen poemas con el tópico mujer-naturaleza. Lo femenino en concordancia con los elementos que constituyen la naturaleza, el primor de su mano en la cultivada flor y lo masculino: ese brazo segador que cimbra el fruto, ese Eneas como el viento. Una Camille “que puso su corazón bajo el hachazo de un adiós tremendo”, acusaría otra vez Castellanos.

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Ese ocurrir de un texto/textos dentro de otro, lo intertextual. Sus fuentes son diversas, claro está. Migrantes desde diferentes orígenes, llegan como recurso polifónico. Cynthia Ramírez, en Intertextualidad y lírica (2012), explica la interrelación hegemónica cine-literatura. Parecen quedar muy bien juntos: El Batman de José Carlos Becerra, un caso fácil de rastrear y por demás bellísimo. Ese antihéroe con el traje pendiente en la silla, esperando La señal, la señal, la señal de pronto ese enorme reflector encendido. El Jaws de Xitlálitl Rodríguez Mendoza, otro caso que atesoro. La tapatía pone a respirar al tiburón, mandíbulas de lata, Universal estudios, noches frente a Canal 5, su injerencia. El agua clorada de una alberca se trasmina al poema. En el trabajo de Diego Montes, desde la pantalla oscura aparecen los personajes, los rasgos duros, cartas, piedras y con ellas, la escultura rota expuesta en el poema. Elementos con los que el autor construye la biografía externa, que es siempre una personal, una búsqueda en la que, como dice Shklovski “el escritor marcha hacia sí a través de las obras literarias ajenas”. En lo ajeno, lo propio. Si en Camille la figura de “la ola” es adversa, destino desolador, para Montes igual. La idea es un balneario, asolado por la pobreza y todo lo que predispone. Nadie escapa de esa ola; impelido el poeta, bien nos señala “la mentira de estar seco”.

Entonces mina diversa lo intertextual. No siempre tradicional o canónica, a su vez inmediata y popular sin exclusión, se contamina. Pensemos en la Antígona de Sara Uribe, una turba de Antígonas, criollas, dramáticas, líricas, noticiosas. Más reciente de la misma autora, Un montón de escritura para nada (2019): la voz personal enuncia con la voz colectiva, en compañía de Castellanos, Gloria Gervitz, Pita Amor, Rebecca Solnit, y un largo etcétera femenino. Me gusta esa fuerza, esa marejada también desborda en De mis manos caerán las piedras, donde corre la voz del otrx, Camille. “A veces tu dolor/forma parte de mi cuerpo”, dice el poema. Resulta esclarecedor que Montes inicie con un epígrafe de Anne Carson, “Watch me fold this page now so you think it is you”, que leo como “doblar la hoja, borrar el cerco entre una voz y otra; que tu lector encuentre que es sólo una voz, la propia”. Este doblez, este pluralizar el poema, también es unir, relacionar, confrontar: “Ojalá/ellas fueran una obra/como aquellos muros/protegerlos de la sangre”.

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Descolocado al primer paso en De mis manos caerán las piedras, decidí no discriminar entre una voz y otra. No una lectura meticulosa y fragmentaria, sino participar de esa voz de la que habla Carson, ese aparente engaño, ejercicio de máscaras en el que Diego se apoya y no me extraña. Lo digo por la cercanía, no geográfica, sino por la atención a su trabajo, desde aquel 2017, cuando escuché su poema “No corro, no grito, no empujo”. Qué otra cosa que la intertextualidad en ese texto que intercala su voz y un mensaje de Protección civil. Acá, desde su nuevo poemario, se lee nuevamente este ánimo, de mayor aliento desde luego, con más años y una investigación de por medio, en su búsqueda de materiales para el poema. El autor como curador y escritor a partir de ellos. De esas piedras se escribirán los poemas, de esas manos caerán.



Giovanni Rodríguez Cuevas (Acapulco, Guerrero, 1991). Estudió Sociología en la UAGro. Ganó el Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo en 2019. Actualmente es beneficiario del programa Jóvenes Creadores del FONCA. Textos suyos aparecen en el libro Erradumbre (2021), en las revistas Flecha Roja, ADN Cultura, Tierra Adentro, Punto de Partida y en YouTube.