Números anteriores

CUENTO / agosto-septiembre 2021 / No. 94

Maternidades cítricas



El limón de hoy no está grande ni pequeño, está normal. Es decir, me cabe perfectamente en la circunferencia que forma la mano al juntar el índice con el pulgar. De niña guardaba varios limones en los bolsillos que, con la carga, terminaban por parecerse a los cachetes de las ardillas cuando se meten mucha comida a la boca. Mi abuela me dijo que por comer tantos limones iba a perder el brillo de los dientes. He imaginado que cuando el presagio se cumpla, alguien me escribirá en una carta de amor que no sabe cómo agradecerle a esa ingesta desmedida de limones, por adornarme la cara con esa sonrisa mate que sólo yo tengo. Mi abuela también me advirtió que si seguía así de necia comiendo limones, que no me tragara las semillas, porque si lo hacía me iba a crecer un árbol. Al crecerme el árbol desde adentro, mi abuela separaría con sus manos de viejita un pedazo de suelo para sembrarme. Si me clava a la tierra de pie o de cabeza, no importa mucho. De cualquier forma, el árbol me saldría por la boca y por el culo, y no seriamos dos, sino una sola cosa.

A los 17 años fui por primera vez al ginecólogo. Hacía cinco meses que no me venía la menstruación, pero no estaba embarazada, pues, de lo contrario, habría tenido una gran barriga de limón: con ese pequeño tumor que desfigura la superficie de la fruta, y que si uno acaricia con los ojos cerrados podría describir como ese tercer pezón que es el ombligo erecto de las embarazadas. La médica me dijo que no era nada mortal, que iba a sangrar pocas veces al año, porque mi endometrio era muy (muy) delgado. Me dijo un nombre que no recuerdo. Me dijo que era una condición, no una enfermedad. Me dijo que un embrión en mi útero no sobreviviría más de tres meses. Me dijo que me podía hacer más examenes, y que en temas de fertilidad nunca se estaba segura. Ese día mi mamá lloró, en posición fetal, por sus nietos muertos.

En el colegio me di cuenta de que había muchas más niñas a las que previnieron de que al tragarse las semillas les crecerían árboles. Ellas no comían limones, pero sí mandarinas, naranjas y toronjas. Según eso, todas las de Cuarto B éramos un bosque en potencia. Esa amonestación que nos hicieron correspondía, únicamente, a una fantasía masculina. Sólo a un hombre se le ocurriría que algo podría llegar a gestarse en  el estómago.

Si uno diera a luz al árbol por la boca, no podría volver a hablar. El cilindro de madera ocuparía todo el espacio, impidiendole a la lengua moverse normalmente, y la boca quedaría silenciada en una eterna O.  Si el árbol germinara desde el ano, los hombres experientarían un placer sin ningún tipo de penetración. Un placer que encontraría origen, solamente, en esa expulsión prolongada del hijo vegetal. El problema es que el hijo no sería en realidad un hijo, porque no lograría desprenderse. Sería, entonces, el mismo padre pero de palo.

Estoy segura de que cualquier embarazo que tuviese lugar en el estómago llegaría a infeliz término. Para sembrar un árbol apropiadamente, en un cuerpo humano, se necesita un útero. Incluso las paredes muy (muy) delgadas de mi endometrio abrazarían el fruto para hacerlo crecer hasta que el tronco se asomara por el ombligo. De esta forma, mi abuela no tendría que clavarme a la tierra, sino acostarme sobre la tierra, para esperar a que el árbol terminara de salirme, y no seríamos una sola cosa, sino dos. Como introducirme las semillas una por una, me resultaría muy incómodo, lo mejor sería meterme el limón completo por la vagina, e impulsarlo con los dedos. Por ejemplo, el de hoy tiene el tamaño perfecto, porque no está grande ni pequeño, está normal. Es decir, me cabe perfectamente en la circunferencia que forma la mano al juntar el índice con el pulgar.






Salomé Cantillo Herrera (Ocaña, Colombia, 1999). Estudió literatura en la Universidad Pontificia Bolivariana, sede Medellín. Actualmente se encuentra cursando el diplomado en línea Encuentros y desencuentros de la lengua española y de las literaturas hispánicas, en la UNAM. Ha participado en diferentes talleres de escritura creativa con motivo de la fiesta del libro Medellín y otros eventos culturales. En su obra se cuestiona por temas con referencia a la violencia de genero, la feminidad y las disidencias sexuales.