Números anteriores

ATALANTE / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90
 

On the rocks, de Sofia Coppola




On the rocks
Sofia Coppola
Estados Unidos, 2020, 96 min






Años después de una boda memorable, Laura (Rashida Jones) padece un bloqueo mental en su exitosa carrera de escritora traducida a otros idiomas. Está inmersa en un departamento que siempre debe ordenar, en la crianza de dos hijos y en una crisis creativa que se amplifica cuando comienza a considerar que su esposo, Dean (Marlon Wayans), ya no muestra interés en ella. La sospecha crece cada vez que él viaja con una socia como parte de su empeño por fundar una compañía fílmica. El padre de la artista, un macho adinerado que comercia arte llamado Félix (Bill Murray), alimentará el dilema hasta convencerla de emprender una pesquisa del presunto infiel que los conducirá hasta las costas de México. La aventura cómica del dúo transita emotivamente por un Nueva York de antaño y por una brecha generacional de la que emerge la certidumbre de una creadora.

Podría pensarse que la primera media de hora de On the Rocks no corresponde de lleno con el estilo de la filmografía de Sofia Coppola (Nueva York, 1971). Sin dejar de lado la sensación meditativa que ofrecen sus rodajes más representativos, su nueva película parece más próxima al ritmo e hilaridad de Ladrones de fama (The Bling Ring, 2013) que a los planos duraderos o silenciosos de Perdidos en Tokio (Lost in translation, 2003), a pesar de las autorreferencias explícitas, y Somewhere (2010; ver reseña en Punto en línea No. 30). El primer tercio del relato muestra el trajín diario de Laura como una combinación rítmica de la crianza matutina de los hijos y de la procrastinación vespertina. El montaje origina y acompaña la vulnerabilidad de la escritora, hace perceptible su agobio y la descoloca a tal punto que luego se evade junto a su padre en restoranes, clubes y conversaciones que ella cuestiona cada vez más. Es el filme con más diálogos en la carrera de la directora neoyorquina.

On the Rocks es una aproximación autoral a la comedia loca (screwball comedy) con un centro de gravedad consistentemente articulado en los contrastes de los personajes. Laura es una profesional casada y hogareña, con playera informal del Paris Review y un reloj rosa de adolescente, habituada a escuchar a los hombres de su entorno íntimo. Es una mujer con apego familiar que visita la mansión de su genealogía, cena con su padre en el Sentinel y jamás tiene tiempo para tomar un café con otras madres de familia. Frank usa trajes azules, zapatos blancos y bufanda old fashion mientras va y viene por la ciudad en el asiento trasero de un auto de lujo, por supuesto enorme, ya descontinuado. Es un rabo verde de ambientes exteriores y restoranes, que parece conocer a todos los meseros de su edad, mientras piropea a mujeres conocidas y desconocidas, negocia cuadros de Hockney y justifica los “instintos” del hombre. Ella escucha; él habla. Ella cree en el compromiso; él pide a su propia hija que piense como hombre. La diferencia más radical es que Laura duda de la ruta que ha tomado su vida y su padre está subordinado a la simpleza de una masculinidad tradicional.

Más allá del diseño de vestuario de Stacey Battat (Somewhere) y de los parlamentos del nuevo guión original de Sofia Coppola, la actualidad del filme reside en su juego de puntos de vista mediante el que el dilema complejo de la escritora queda encubierto por una intriga de infidelidad apta para acumular instantes divertidos y gags a bordo de un convertible con fallas mecánicas o en un resort de la costa mexicana. Mientras Laura piensa como ella misma, y también como mujer (porque la brecha con su padre es a la vez generacional y de género), ella parece tener control de sus incertidumbres. Cuando la voz de Félix irrumpe por teléfono, la mirada de Laura conecta con una percepción ajena. El diálogo construye el argumento y, sobre todo, magnifica la interpretación de hechos que el padre realiza según su bagaje generacional: un festejo postergado por trabajo o un regalo de cumpleaños son razones suficientes para sospechar de un marido. El resto de la frescura cómica del filme se debe al trabajo de los actores pues ambos consiguen modos de hablar, de moverse y de mirar que magnifican la impresión de recelo del público y la profundidad emocional de Laura.

La comedia de Sofia Coppola no está desprovista de una aproximación reflexiva a algunos de sus temas en relación con el contexto actual. El matrimonio está conformado por una mujer blanca y un afroamericano que ostentan calcomanías de Bernie Sanders y Stacey Abrams, la escritora y política que fue la primera mujer afroamericana en replicar un discurso presidencial, en la puerta del departamento. No obstante, Laura sostiene toda la carga mental del hogar. Levanta ropa, cocina, prepara a los niños y se pregunta cuándo llevarlos a un nuevo colegio. Dean está ausente, habla antes que escuchar, delega decisiones y llega a casa solamente para descansar. Más convencional que contemporáneo, este trío alude a una sociedad que no ha podido desprenderse por completo de la mentalidad de la época de Félix. Incluso, el personaje de Bill Murray evoca el rol de un hombre blanco privilegiado a pesar de que su caracterización es poco compleja. Estas identidades, suficientemente definidas, brindan el escenario propicio para fijar el esquema cómico en un entorno verosímil que da la debida relevancia al encuentro de Laura consigo misma.

El argumento de On the rocks aborda el descubrimiento de una brecha generacional, pero su desarrollo trasciende esta cuestión y plasma las mutaciones que vive la identidad de la protagonista. El inquieto Félix nunca deja de sermonear a su hija, pero es Laura quien brinda asideros a la mirada del filme. La escritora representa un pensamiento más contemporáneo en el que ya no es admisible que su propio padre afirme que ya no funciona su oído porque "no puede escuchar a las mujeres". Laura es el personaje complejo porque es cambiante. Su vulnerabilidad se origina en la toma de conciencia de una forma de vida en la que deberá adaptar su condición de escritora, o su ser inicial, al trajín de la maternidad y del matrimonio. En cambio, Félix es un parlanchín que evoca a algunos de los personajes nómadas de John Ford, como el errante Ethan de The searchers, en el sentido de que jamás lo vemos en un entorno doméstico. Es el mujeriego decadente, inmaduro sobre todo, que aparece detrás de la ventanilla del auto para deambular por Nueva York siempre lejos de todo compromiso.

Como ya es habitual en su cine, Sofia Coppola brinda metáforas o imágenes capaces de plasmar emociones o situaciones más complejas en gestos tan sencillos como silbar una canción o ver caer una lágrima "a las rocas". Y aunque la película se permite algún lugar común como un Nueva York nocturno cargado de azules con una pieza triste de jazz, hay un guiño visual que unifica el juego de puntos de vista a través de los planos de la ciudad que están relacionados, respectivamente, con la subjetividad emocional de ambos personajes. La urbe no es el tema del filme ni tampoco un personaje; es el espacio que identifica tanto a Félix como a Laura. Es un lugar que los aleja por el modo en que piensan las relaciones hombre-mujer al tiempo que los reúne como familia. Él mira la ciudad vieja con fondo de jazz desde la ventanilla de su auto; ella camina por una ciudad nueva de atmósferas pop; los dos revelan sus afectos a través de esas miradas más allá de la imagen. Las diferencias de mentalidad no alcanzan a separarlos. En todo caso, indican lo que cada cual es.

Dado que la realizadora de Las vírgenes suicidas (1999) es integrante de una familia relevante de la industria cinematográfica de Estados Unidos, algunos consideran que su trabajo es autobiográfico, especialmente cuando aborda a las clases sociales de su propia genealogía. Sofia Coppola ha confesado que la escritura de guiones originales le resulta una tarea desafiante y que la década más reciente le significó un cambio de rutina porque inició la maternidad. También ha señalado que Félix es un personaje que remite a la generación de su padre, pero que no se inspiró en él. On the rocks muestra una aventura cómica enmarcada por su aspecto de mayor relevancia: las dificultades creativas de una escritora. El noveno largometraje de Coppola no es acerca de un hombre de otro tiempo, sino de una mujer que necesita hallar la manera de escuchar su propia voz como creadora. Más allá de los referentes biográficos, lo que destaca es el reto de enfrentarse al papel en blanco como una experiencia central en la identidad de una artista. Por ello, aunque Laura elija qué portar en la muñeca de la mano como señal de sus afectos, sobre todo opta por su propia manera de mirar y decidir en torno de su vida.


 



Más reseñas aquí...


Rodrigo Martínez Martínez. Es docente, investigador y editor. Ha impartido asignaturas, cursos y módulos de cine y de análisis audiovisual en la UNAM, la UAM, la UACM y en la escuela de cine Arte7. Ha participado en coloquios y congresos de SEPANCINE y del SUAC, así como en las dos primeras ediciones del Encuentro Internacional de Investigadores de Cine Mexicano e Iberoamericano de la Cineteca Nacional. Colabora periódicamente con las revistas Icónica y F.I.L.M.E. Especialista en estética y sociología del cine. Es autor del libro Cine y forma. Fundamentos para conjeturar la visualidad fílmica (UAM-C, Filmoteca UNAM, 2019)