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CUENTO / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90

Kudryavka




Me habrán elegido porque llevo la mirada tierna, típica de las que no hemos parido, acaso una de tantas que caminan por estas calles frías, llenas de esquinas traicioneras. Ignoro mi nombre, porque he tenido muchos. Mi primer y último dueño, Vladimir, un muchacho de unos 15 años, expulsado de su hogar, me honró con su amistad. Éste fue uno de tantos actos buenos que estos seres han tenido conmigo. Se los agradezco, incluso ahora que estoy en esta cápsula momificada desde donde admiro este planeta disminuido. Puedo verlo todo gracias a esta ventana sellada, hecha de quién sabe cuántos materiales extraordinarios que los hombres han creado. Confío en su ciencia, pero no en sus intenciones.

Al igual que mi efímero dueño, Vladimir, también me dejó mi madre, que no podía ocuparse de tantos. Un buen día, después de tocarme la nariz, me dijo que era tiempo de partir. A mi padre no lo conocí, pero sé que era bueno, pues nos defendió de otros hasta que se hartó, quizá deprimido por la nueva vida familiar, y se fue. Mi madre, por lo que recuerdo, nunca lo llegó a odiar, pues nos dejó a nosotros, siete hermanos que durante la infancia jugamos y brincamos hasta que el cansancio nos hacía caer rendidos entre sus tetas calientes. Se llamaba Ekaterina, tenía manchas irregulares, el pecho blanco y la nariz brillante, únicas dos herencias que me dejó, orgullosos fantasmas que ahora, con este ridículo arnés que traigo puesto, conservo intactas en mi memoria.

Recuerdo el día en que conocí a Vladimir: el clima de Moscú es especialmente cruel con los que tienen huesos pequeños, y él los tenía. Yo me asimilaba entre dos cartones, cubriéndome del frío, como embalsamada, buscando un contacto nítido y reparador. No se compadezcan de mí: desde hacía tiempo me había acostumbrado a la caza, y yo era especialmente buena para atender las pisadas de las ratas, los olores nocturnos de la basura, la prudente distancia para pedirles cosas a los hombres. Ellos no se dan cuenta, pero somos bastante buenos en los chantajes emocionales como forma sibilina de supervivencia. Han de haber sido nuestros antepasados, a quienes mi raza guarda homenaje, los que nos dejaron algunas tácticas para lidiar con ellos.

Ese día, lo primero que escuché fue un ruido de platos que caen y revientan. Después, gritos ahogados, una confrontación permanente, una ventana rota, la tensión traslúcida de la violencia. La conozco bien, pues he tenido varias peleas con especímenes más grandes que yo y de las que he salido avante. El secreto es la agilidad del hocico, aunque esto poco pueda interesarle a quien utiliza la boca para comer con decoro. En nuestro mundo eso es insultante, pues nadie tiene tiempo —sobre todo en el invierno— para ponerse a contemplar a la invaluable víctima que nos alimenta.

Ya se hacía de noche. Salivé ante la posibilidad de la comida que las familias dejan al final de la jornada. Me acomodé, serena, entre esos dos cartones y alcé el morro: vi, inmediatamente, a un hombre de barriga comedida —siempre me ha parecido que las aspiraciones de la clase media necesitan realizarse a cuentagotas, pues les tienen miedo a los excesos—, lengua nerviosa que chasqueaba intermitentemente y manos descoloridas, tal vez por el efecto del frío. Llevaba a rastras a un muchacho que agitaba las manos, como si nadase en el aire. Todo fue inútil. El hombre lo aventó al porche y le dejó, ceremonioso, una maleta verde. Cerró la puerta.

Vladimir se levantó, propulsó algunas palabras y bajó las escaleras. Apenas llevaba nada. Si hubiera sido por mí, le hubiera dado este chaleco de pelos que traemos permanentemente ahogado a nuestra piel. Quizá fue la necesidad de un futuro que imaginó solo, o tal vez le llamó la atención mi mirada lunar, mi perfil romano, la línea blanca que baja desde mi cabeza hasta la punta superior de mi nariz. Acaso fueron mis orejas dobladas en posición de alerta, mi lengua fuerte y orgullosa que mantuve afuera envalentonada contra el frío, mi posición castrense en busca de algún peligro. Se me acercó, con pasitos desordenados, y me extendió una galleta que me supo bastante bien. Recuerdo que relajé mi postura y bajé la cabeza, símbolo universal de gratitud anticipada. Me agarró del cuello y su mano aturdió mi lomo, que recibió su caricia y la ramificó hacia mi cuerpo. Recordé, en ese momento, a mi madre y la manera en que me cargaba por el pellejo.

Me fui con él. Vivimos en sitios umbríos, condición necesaria para curtir el cuerpo y, en el caso de los hombres, también el alma. Fuimos felices en esta pobreza expandida. A menudo nos divertíamos robándoles a los más pudientes. Mientras yo ladraba frente a aquellas mansiones inverosímiles, él entraba por la puerta trasera, casi siempre roturada por las sombras —los ricos son más confianzudos porque se permiten un mundo amurallado— que le permitían a Vladimir mimetizarse entre esos corredores infinitos y robar mendrugos, latas de sardina, mantas mínimas y, lo más importante, episodios para la memoria de los que nos reiríamos más adelante.

La gente hablaba de una guerra, igual de fría que las calles de Moscú, y de alguna carrera espacial. Para mí, todo eso llevaba la carga de alguna ilusión peligrosa, tal vez de algún naufragio desmedido. Los hombres ansían otros planetas. Saben que se les acabará éste. Nosotros, en cambio, nos conformamos con nuestra ilustre biología; ellos, con su idiota satisfacción por el progreso. Yo creo que por eso me agarraron. Fue una noche especialmente cálida cuando unos hombres, identificados por alguna chapa ignota, le dijeron a Vladimir que yo ahora pertenecía al gobierno ruso. Luchó con denuedo y yo lo defendí a dentelladas, pero eran demasiados. Poco pudo hacer para separarme de mi destino. Yo no elegí nada, todo me ha sido impuesto. Ahora lo confirmo desde esta nave que me llevará, espero, lejos de la arbitrariedad de los burócratas.

Ignoro todos mis nombres y los he olvidado. Mis padres me pusieron uno, mis hermanos me bautizaron con otro, Vladimir me quiso con el que aspiro a la memoria. Estos hombres que me secuestraron, enfundados en batas blancas, gafas de plástico y herramientas asépticas, me pusieron otro: Kudryavka. Cuando despegamos, mis latidos se aceleraron, sentí náuseas, mi cuerpo pareció flotar por unos instantes, mis sentidos se agudizaron y mi piel se erizó en cuanto vi este planeta ortodoxo, terrible por todos sus lados, dibujado con montañas miles, agazapado en esta oscuridad eterna. Han pasado cuatro horas desde el lanzamiento. Un sistema telemétrico manda informes a la Tierra sobre mi ritmo cardíaco. Unos se asombran ante esta demostración de poderío, otros temen sus posibilidades bélicas, nadie parece indiferente a esta misión suicida.

Sé que moriré aquí, pegada al cristal de esta nave que cada vez se calienta más. Estos cables negros y grises, botones que parpadean como un retortijón acelerado, el temblor rotundo de esta máquina improbable. Desconozco el destino de mis padres, acaso tragados en ese territorio inextricable. Pienso en Vladimir, ese modoso adolescente con piel escamosa. Confío en que me está viendo: sus ojos cuidándome desde abajo, la posición de su barbilla inquiriendo mi propia mirada. Desde acá lo puedo ver, robándose rublos, engañando a un burgués acolchado, sonriéndole a una dama enfundada en abrigos y pieles de chinchilla.
Laika, le dirá a mi fantasma, necesito que ladres, que ya tengo mucha hambre.





Guillermo Fajardo (Acapulco, Guerrero 1989). Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Wisconsin-Madison, es candidato a doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota, Twin-Cities. Ha publicado cuatro novelas publicadas y un libro de cuentos de terror, y ha sido incluido en diversas antologías en México y Estados Unidos. En 2016 ganó el segundo lugar en el concurso anual convocado por la Editorial De Otro Tipo. Escribe en el periódico Excélsior y en Suplemento de Libros.