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LEER LA NUEVA REALIDAD / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90

Lecturas de Berlín
Categoría licenciatura y posgrado: mención honorífica


Viajé a Berlín sólo para quedarme en casa y conocer la ciudad desde el encierro. Las ventanas de mi edificio daban todas a un jardín, donde por las tardes dos adolescentes corrían en círculos a falta de gimnasios. De pronto no había nada que hacer. ¿Qué es el aislamiento voluntario en un lugar que no conoces? Allí estaba sólo yo. Fui a aprenderme de memoria las cuatro paredes del departamento, las vetas del piso y las imperfecciones en el techo. No estaba prohibido salir, pero el temor a enfermarme pudo más que la promesa de aire libre. Apenas llegué, declararon la pandemia y el gobierno alemán recomendó quedarse en casa. Yo aún no frecuentaba a nadie, y desconocer el idioma acentuó el aislamiento.

Me dediqué entonces a conseguir libros sobre Berlín. Si la ciudad material se resistía a mis pesquisas de viajera recién llegada, por lo menos con los textos podría enterarme de su historia. La búsqueda no fue sencilla. Las únicas tres librerías en español que existen en la capital alemana cerraron por la emergencia. Tuve que acudir a las compras en línea —en Alemania es ilegal descargar contenido de internet; si lo haces te puede llegar una multa de 800 euros, que no era compatible con la austeridad de mi viaje—. Preferí entonces gastar en libros el dinero que tenía para visitar la ciudad, tal vez así pasaría más rápido el tiempo.

Durante los tres meses de encierro leí un total de 15 libros sobre Berlín, la condición para incluirlos en la lista era que se hubieran publicado después de la caída del Muro. Me interesaba descubrir la ciudad en la que estaba viviendo, recorrer sus calles, sus plazas, sus rincones. Empaparme de Berlín, aunque nunca saliera del departamento. Hacer un viaje dentro de ese otro que paralizó la pandemia. Quería superar la frustración de la vida interrumpida, pero, sobre todo, combatir el silencio. Con la lectura me hice de un mundo del que antes no sabía nada más que el nombre. Las letras alemanas llegaron semanalmente por paquetería, libros traducidos que me contaron historias de Berlín.

Las ciudades se componen de la materialidad de su estructura, pero también de los discursos que se crean en torno a éstas: las palabras las inventan y las dotan de sentido. Bajo el entendido de que existe un intercambio entre la ciudad real y la ciudad imaginada, es posible pensar la lectura como otra forma de aprehenderla. Me convertí muy pronto en una flâneuse literaria: recorrí Berlín a través de los libros, la lectura se volvió un paseo. Mi mapa de la capital alemana está hecho de retazos de novelas. Si la literatura funciona como un espacio de la imaginación que incide en nuestra forma de pensar y habitar el mundo, el Berlín que yo conozco está condicionado por los textos que leí durante el confinamiento. En mi ciudad cohabitan los obreros polacos de Situaciones berlinesas de Raúl Zelik, el lobo misterioso de Roland Schimmelpfenning, la mexicana solitaria de la novela de Chloe Aridjis, los migrantes africanos de Yo voy, tú vas, él va, las poetas Victoria Guerrero Peirano y María Negroni —porque cuando dejé de encontrar libros traducidos, empecé a buscar escritoras latinoamericanas que hablaran sobre Berlín—, también el cajero del supermercado que visitaba cada 15 días para comprar provisiones y algunos vecinos que veía desde la ventana.

La lectura se convirtió en mi forma de habitar el mundo. La ciudad se materializó en las descripciones y en los nombres de las calles que aparecían de vez en cuando en los textos. No me importaban las coordenadas espaciales de la realidad, sino la urbe hecha con palabras. Estaba segura de que cuando saliera podría recorrer el espacio y reconocer los escenarios de mis novelas. Me fui antes de hacer ese paseo. Viví en Berlín durante casi cuatro meses dentro de un departamento rodeada de libros. Sé que los pájaros cantan desde muy temprano y las flores duran poco, Berlín es un refugio de palabras. Vagué por los textos, buscando el color de sus rincones. “Esta ciudad podría ser la última, y yo lo sé y no lo sé”, escribe María Negroni en su poemario Interludio en Berlín. Pedí el libro a principios de mayo sin saber si alcanzaría a llegar antes de mi partida. Cuando hallé el paquete en el buzón, pensé que era el cierre perfecto para el ciclo de lecturas berlinesas. “No sé si la sensación de estar viva alcanza para estar viva”, confiesa Negroni. Yo no sé si la pausa del confinamiento alcanzará para salvarnos, pero por lo menos la lectura adelanta el tiempo y permite habitar el presente: pasear por una ciudad, hacerse de ella para decir que se vivió allí, aunque sólo se conozcan las dos cuadras hacia el supermercado.


Lucía Pi Cholula (Ciudad de México, 1987). Maestra en Letras Latinoamericanas por la UNAM, actualmente estudia el doctorado en Letras en la misma institución. Ha publicado en la Revista de la Universidad de México.