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LEER LA NUEVA REALIDAD / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90

La lectura como microscopio social
Categoría licenciatura y posgrado: mención honorífica


Leer es una tarea compleja. Una operación mental que solemos subestimar. Trasciende el solo hecho de decodificar un lenguaje e interpretarlo, pues también implica razonarlo a fondo para determinar si nos lo apropiamos o lo desechamos. Ahora bien, si de lo que se trata es de descifrar y comprender el universo de lenguajes que nos rodea, es decir, leer la realidad, esta tarea se vuelve todavía más complicada.

Una de las principales razones por las que esto es así no radica únicamente en la vastedad de lenguajes, sino en nuestra forma de interpretarlos. Aunque no son fáciles de distinguir a simple vista, las herramientas que tenemos a nuestro alcance para poder dilucidarlos se reducen al tipo de lentes que ocupamos cuando leemos la realidad. La graduación de cada uno varía en función de nuestra formación, intereses, afinidades e ideologías.

Si bien es difícil precisar al inventor de este artefacto, todo apunta a que el neerlandés Zacharias Janssen creó el microscopio a finales del siglo XVI. Un siglo después, otro holandés, Anton van Leeuwenhoek, destacó por sus contribuciones a la biología, con el aprovechamiento de lupas y microscopios que él mismo fabricaba. Dichos lentes caseros le permitieron descubrir una realidad que se cernía paralela a la suya: el universo de bacterias, hongos, microbios y demás entes celulares que nos rodean.

En este sentido, me parece conveniente plantear que, del mismo modo que los pioneros de la microscopía estudiaron un mundo aparentemente invisible, la realidad actual nos obliga a utilizar un microscopio preciso para poder observarla, analizarla y reflexionarla detenidamente. Asimismo, no podría haber un instrumento más adecuado para esto que la lectura. Profundicemos más en esta analogía.

Peter Burke, en su libro Historia y teoría social, nos explica que el microscopio social es una metodología a través de la cual historiadores y científicos sociales estudian diferentes fenómenos en casos particulares. Un ejemplo de ello es la microhistoria, una rama de la historia social. No obstante, la analogía que propongo no se vincula totalmente con el planteamiento de Burke; mejor dicho, es una apuesta por equiparar la potencia visual de un microscopio con la riqueza en los detalles que podemos encontrar cuando leemos.

Leemos porque buscamos respuestas. El problema es saber dónde buscar, o sea, qué leer. Es muy común que, en el intento por hallar las respuestas, nos surjan más preguntas; algunas nos desvían de nuestros cuestionamientos iniciales. Esto explica por qué, mientras nos preguntábamos qué era el coronavirus, inmediatamente siguieran interrogaciones como: ¿cuándo se va terminar?, ¿cómo evitar el contagio? o ¿por qué surgió?

El confinamiento social, traducido en la jerga médica como cuarentena (aunque dura más de cuarenta días), nos obligó a cambiar nuestro estilo de vida: paseos por el parque, idas al cine, desayunos, comidas y cenas fuera de casa, así como la recreación por medio de espectáculos masivos —conciertos o partidos de fútbol— quedaron vetados de la rutina. El entretenimiento fue constreñido al ámbito de lo privado.

Lo anterior parece una simple obviedad, de no ser porque lleva implícito un mensaje. La necesidad de permanecer recluidos en casa, sin poder salir más que para lo indispensable, no sólo niega el esparcimiento: también imposibilita la práctica recurrente de escapar a la indiferencia. Una pandemia nos obligó a presenciar la decadencia del mundo.

Modernidad liviana o, mejor dicho, modernidad líquida es un concepto acuñado por Zygmunt Bauman que se refiere a una serie de cambios en la comunidad, el trabajo, los individuos, la relación espacio-tiempo, la libertad y nuestras relaciones personales, sólo por mencionar los aspectos más relevantes. Estas transformaciones son producto de un proceso más amplio: la sustitución de la antigua modernidad sólida, en la que los vínculos permanentes, la estatización y la dureza en la condición humana y sus mecanismos eran propios del funcionamiento mundial.

Los fluidos, a diferencia de los sólidos, se filtran por espacios de inverosímil acceso para estos últimos. En grandes cantidades pueden desbordar a los compartimentos más resistentes. Sin lugar a duda, a esta interesante tesis del sociólogo británico le añadiría la característica de que, por su volatilidad y fluidez, la modernidad se encuentra en constante cambio; ergo, la lectura que podemos hacer de ella siempre estará sujeta a infinidad de variables. Todo depende del enfoque que apliquemos. No hay que perder de vista que, por más análisis reduccionistas que ubiquen a la realidad en el extremo blanco o negro, ésta fluctúa en una escala de grises matizada, no muy fácil de contrastar.

A pesar de que se considera la primera obra de ciencia ficción, La guerra de los mundos, de Herbert George Wells, señaló una de las armas más mortíferas que cohabitan junto a nosotros: los virus. No es casualidad que la destrucción masiva de seres extraterrestres a manos de los microorganismos terrestres sea un tema vigente en nuestros días.

Hoy, cuando el mundo se encuentra en vilo por algo inexistente para nuestra visión, resulta fundamental entender que es posible desentrañar eso que se mantiene oculto. Tal vez las ciencias exactas no tengan todas las respuestas, pero quizá una combinación de ellas con las humanidades, al igual que un microscopio con múltiples objetivos, sea la clave de un hallazgo más completo.




Raúl González (Ecatepec de Morelos, 2000). Estudia Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es coautor del libro Autonomía universitaria: 90 años (STUNAM, 2019). Ha publicado en medios como Gaceta CCH Vallejo, Poiética, Foro Universitario y el Semanario Unión. Actualmente escribe para la Revista Consideraciones, en la que también es miembro del Comité Editorial.