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LEER LA NUEVA REALIDAD / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90

Encierro cotidiano
Categoría licenciatura y posgrado: mención honorífica


Para mí la lectura siempre ha representado un escape. Centrarme en ficciones y crear películas en mi mente ha sido una de mis actividades favoritas desde que era niña. Siempre busqué maneras de evadir mi realidad. Al mismo tiempo la lectura siempre ha representado un camino hacia mí misma, hacia mejores versiones de mí. Vivir “la nueva realidad” no fue tan distinto en ese sentido: encerrarme a leer ficciones más interesantes que las propias… Al menos eso creía. Porque este encierro representó también un reencuentro con la memoria a través de la nostalgia. Pasar las tardes en casa recordando mejores días al sol.

Pero en esta lectura de la memoria, en este estado espiritual de hoy y el meticuloso escrutinio que permiten las horas desocupadas y solitarias, a veces el encuentro es aterrador.


Alejandra era una niña preciosa, con los ojos oscuros y redondos, los dientes grandes y blancos y el cabello grueso y castaño. Tenía una risa escandalosa que le gustaba exagerar. También tenía tantos juguetes que no podía siquiera contarlos. Cualquier cosa novedosa, Alejandra la tenía: una cama de agua, una alberca inflable, un pequeño Jeep de batería, muñecas, patines, una bicicleta, un perrito blanco y chino. Para las niñas de un barrio de clase trabajadora en los márgenes de la Ciudad de México, Alejandra era como una princesa. Sólo tenía que chasquear los dedos, y sus deseos eran satisfechos. Y Alejandra era mi amiga.

María, su madre, era la reina en una casita con las paredes rosas, a unas cuantas casas de la mía. Era muy joven y hermosa; Fernanda había heredado su cabello y sus dientes blancos. Amable, me sonreía siempre con un par de hoyuelos en las mejillas. Madre primeriza, no tenía idea de cómo castigar o disciplinar a su hija. La casita, entonces, era para mí un castillo que podía visitar de vez en cuando, con la libertad de hacer lo que quisiéramos hacer. Teníamos ocho años, y todas las niñas del barrio deseábamos la suerte de Alejandra.

Su padre era un hombre también joven y sonriente, pero sabíamos muy poco de él. Ahora entiendo que, al crecer, tuvimos prohibido hablar de muchas cosas. Tantas, que parte de nuestra vida está ahora borrosa en la memoria, intocable.

Mi edad es la que María tenía cuando la asesinaron. Era la mamá de mi amiga, con hoyuelos en las mejillas, y la asesinaron. Hoy que tengo su edad, 26, me permito entrar en el apolillado edificio de mi memoria y nombrar por primera vez lo que tanto tiempo se me pidió callar. Porque siempre hay cosas de las que las niñas no podemos hablar.

Una noche, se oyó a Alejandra gritar por la ventana:

—¡Auxilio! —dicen los vecinos que gritaba—. ¡La está matando! —Teníamos ocho años.

Acostumbrados los vecinos al bullicio de una niña consentida e histriónica, nadie acudió al llamado. Era inusual que estuviera jugando a esas horas, es verdad, pero esa María no sabía ponerle límites a la chamaca. Más tarde, casi al amanecer, dos hombres manchados de rojo huían por el pasillo principal.

—¡Mató a mi mamá! —Alejandra seguía gritando. Teníamos ocho años.

Lo que los vecinos encontraron a continuación fue una escena sacada de una historia de horror: pisos, escaleras, paredes, muebles, techos… Todo a la vista estaba cubierto de sangre. En el piso, entre inmensos charcos rojos mezclados con lodo por pisadas que iban y venían por toda la casa, yacía el cuerpo desnudo y apuñalado de la reina María. Entre jaloneos y cortes, le habían arrancado la ropa. Su abuelo (bisabuelo de Ale) estaba también en el suelo, herido de gravedad con sus propias tijeras de sastre. Alejandra estaba encerrada con llave en su torre de princesa, abrazada a su perro, afónica de tanto gritar y llorar. Teníamos ocho años, y María mi edad: 26.

Aquella mañana desperté cuando la SEMEFO se llevaba el cuerpo. La sacaron por mi pasillo en una camilla, cubierta por una sábana blanca por la que se asomaba un pie casi fantasmal. Lo sucedido iba de boca en boca, incrédulos todos de lo que acababa de pasar. Incrédulos a pesar de haber escuchado a una niña gritar toda la noche.

Los padres de María se llevaron a Alejandra y nunca la volví a ver. Mamá asistió al servicio funerario. El cuerpo de María estaba tan mutilado, que no pudo mirarlo. Tardaron al menos una década en dar con el asesino, y recibió una condena de 25 años de cárcel. Él tenía mi edad cuando apuñaló 47 veces a la madre de su hija. Para cuando tenga 60 años estará libre, quizás antes.

—Nos vamos a volver a ver las caras cuando salga de aquí —le dijo a Alejandra y a su bisabuelo (quien sobrevivió) en el juzgado. El único arrepentimiento que tuvo fue haber dejado testigos.

María murió protegiendo a su hija. Por eso se desangró siendo arrastrada escaleras abajo: encerró a Alejandra para que no la lastimaran, y perdió la batalla impidiéndole al hombre entrar al cuarto de paredes rosadas. Su abuelo recibió dos puñaladas tratando de quitárselo de encima.

Nadie se imaginó lo que ocurría allí dentro… ¿o sí? La siguió picando incluso cuando ya no tenía vida. Teníamos tan sólo ocho años, y la vida no volvió a ser la misma. No se nos permitió nunca hablar de ello. El tema se trataba a susurros dentro de las casas, y nosotras, las niñas, nos asomábamos al castillo a través de las cintas amarillas que cruzaban la puerta rota (pues rompieron la puerta para entrar) a observar la sangre en las paredes como único indicio de que no había sido una pesadilla.

—La casa está embrujada —fue la primera explicación que le dimos a tanta depravación, incomprensible en nuestras cabezas. Y miramos las marcas de sangre como si fueran parte de un embrujo, y no de un acto humano.

—De eso no se habla —nos decían los mayores con severidad si alguna mencionaba la casa. Porque dejó de tratarse de la mujer y empezó a tratarse de la casa. Lo callamos y permitimos que el tiempo lo borroneara, hasta ahora, que tengo la edad de María y me niego a olvidarla, aunque ni su hija ni yo nos hemos vuelto a ver.

Porque con el tiempo entendería que Alejandra también es María, y que también la mataron ese día. Y que también soy yo, y también son todas las niñas del barrio. Y no quiero olvidarlo. Quiero gritarlo y decirle a todo el mundo que también a nosotras nos arrancaron algo que, sin tener siquiera plena conciencia de ello, no nos podrán devolver jamás. Quiero decirles a todos que, aunque no sé cómo enunciarlo, todavía siento el miedo en mi cuerpo y un dolor muy pero muy profundo en mi pecho: teníamos sólo ocho años, y María dos hoyuelos en las mejillas.

Esta “nueva” realidad poco tiene de diferente. El concepto de novedad es una ficción más. Nos siguen matando sin tener que salir de casa, y luego nos hacen callar. Qué diferentes serían nuestras vidas (y nuestras muertes) si se tomaran en serio los gritos de las niñas.


Sara Andraca (Azcapotzalco, 1994). Estudia Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado en Larvaria, Materia Escrita, Lluvia Periférica, Innuendo Zine y Vigilance: Fierce Feminisms.