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LEER LA NUEVA REALIDAD / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90

Lecturas en voz alta para mi abuela
Categoría licenciatura y posgrado: segundo premio


Planear una mudanza en medio de una pandemia parece un acto osado, no por el hecho de subirse a un avión, cruzar las fronteras y tratar de evitar el contagio durante el trayecto, sino porque se ha de elegir qué dejar; pero para eso no importa si se hace cuando el mundo entra en crisis. Siempre está en crisis. Mis pertenencias se amontonan en cajas de huevo, y las libretas que me parecían un salvavidas (entre todo lo que la vida nos lanza) se convierten en hojas pesadas llenas de apego a los tiempos que imaginaba venir. ¿Cómo hacer que la vida quepa en una maleta? ¿O en un libro? El que he de elegir para no olvidar el lugar del que vengo.

Construyo un recuerdo de algo que no ha pasado. Imagino la satisfacción que sentiré cuando termine de leerle a mi abuela Los recuerdos del porvenir. Elegí leerle ése de una manera para mí azarosa; para la vida, tal vez adecuada. La vi dormitando en el patio, sentada debajo de una sombrilla, tomando el fresco; acariciaba a su perra de rizos blancos y le sugerí la lectura. Aceptó, para mi sorpresa. ¿Cómo nos irían a cambiar esos episodios llenos de augurios y de memorias de lo no vivido? Pensaba que el libro la haría recordar, y es que, en realidad, eso es lo que buscaba. Esperaba que me contara sus experiencias. En ese momento nos encontrábamos de cara al pasado avanzando; esperaba construir memorias, y sólo logré hacer ese momento memorable.

Pensaba, después de acabar los tres primeros capítulos, que disfrutaba mucho pasar el tiempo, o usarlo, para leer en voz alta. Me gusta sentir cómo mi lengua retumba entre mis dientes. El aire golpea con ritmo y pronunciar palabras me recuerda que mi cuerpo existe (qué cursi). Pensaba, también, que leyendo cuatro capítulos diarios podríamos acabar el libro antes de que me fuera. Intuía que necesitaría voluntad para cumplirlo, sabía que probablemente no pasaría, pero intentar, con el deseo de cristalizarnos, era suficiente para poder adelantar mis tareas y para que así me sobrara tiempo antes de que se metiera el sol, antes de que el aire se volviera helado y mi garganta se secara demasiado.

De ese modo encontramos la manera de hacer contar las horas no en palabras, ni en capítulos, ni en letras, ni en naranjadas. Hicimos que los presagios de Nicolás nos dieran espasmos o que nos inundara de valor la rebeldía de Isabel. La manera de pensar el tiempo en adelante, el recuerdo del futuro, la anticipación a la anécdota, la espera y la expectativa eran lo que llenaba esas horas de nuestros días, mientras esperábamos volver a vivir sin pensar en las pausas, y en esas pausas poder pensar en el futuro-pasado, que es a fin de cuentas nuestro presente.

Me entusiasmaba imaginar que el tiempo que nos quedaba juntas lo podíamos pasar leyendo y recordando, pero lo que por un tiempo fueron momentos de atención luego se volvieron, contra nosotras, horas huecas, y lo único que me sobraba era la evocación de mis buenas intenciones, de la entera disposición de mi abuela, la añoranza de tomar entre mis manos el destino y hacer con él lo que yo quisiera.

Construyo un recuerdo de algo que no pasó y evoco a mi abuela en el patio, sentimos el aire en nuestras caras, la sed que causa la lectura en voz alta regresa; las ganas de llevarme este cachito nuestro, esta sensación inconmensurable, nunca se va. Permanecerá en mí hasta que termine de teclear estas palabras. Es la necesidad de avanzar y actuar como si el tiempo no pasara. Es la necesidad de abrazar lo que somos al filo de lo irreconocible. Una necesidad que, intuyo, se extiende hasta el infinito.

Porque más que recordar el libro, recuerdo el recuerdo de lo que sentiría al acabar, evoco el sueño que me mantenía deseando que llegara el día en que acabáramos el libro. Menos presente estaba lo que sentía al pasar las hojas entonando palabras que mi abuela recogía por partes: quinqué, abanico, dolor, y que eran lo que resulta importante.

Al final, lo que viene, lo que va y lo que se queda no lo conocemos: lo intuimos, lo tenemos un momento frente a nosotros, y el resto del tiempo pensamos en lo que sucederá, aunque nunca pase; ocupamos nuestra mente en lo que haremos y olvidamos pensar en lo que hacemos. El tiempo nos (sobre)pasa y todo queda en algún lugar de nuestra memoria. No pude decidir con qué libro viajar y me compré un diario de viajes, Los recuerdos… ya tienen grabada la cara de mi abuela, el olor del patio y la brisa septembrina.


E. Ivanna L. Rodríguez (Tlalnepantla, 1998). Estudia Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.