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LEER LA NUEVA REALIDAD / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90

Ser otra
Categoría bachillerato: mención honorífica


Cuando empezó la cuarentena yo estaba a punto de terminar la secundaria y, como muchos, pensé que el encierro duraría un par de semanas y que solamente se alargarían las vacaciones. Al principio todo parecía hasta cierto punto divertido; era agradable poder descansar y no levantarse tan temprano, aunque hubiera que hacer tareas. Luego empezaron las clases en línea y, con ellas, la sensación de estar dentro de una película de ciencia ficción, además de la incertidumbre de cuánto más iba a durar la cuarentena.

Afortunadamente, para mí el encierro ha sido agradable: me siento a gusto con mi familia y mi casa no es una zona de conflicto, contamos con espacio suficiente para tener privacidad o estar juntos si queremos, también tenemos los dispositivos electrónicos necesarios para trabajar de forma independiente, puedo salir al jardín a tomar aire y fotos y, algunas noches, he podido usar mi telescopio para imaginar otros mundos y vidas posibles. Lo que me parece más importante de esto y me hace aún más privilegiada es que mi familia y yo no hemos estado cerca de la enfermedad y la muerte.

Por unos meses sentí que lo más importante era la escuela y sólo hacía lecturas relacionadas con los temas que revisábamos en clase; luego me di cuenta de que tenía suficiente tiempo para leer otras cosas que me han interesado. Así empecé a relacionarme de otra forma con la lectura.

Decidí retomar Harry Potter. Como me faltaba mucho, intenté leer alternadamente primero dos y, luego, más libros, con lo que descubrí la verdadera magia de sumergirme en las historias. Al principio tuve la sensación de dejar de ver las letras que tenía enfrente y empezaba a aparecer ante mis ojos algo como una película de lo que iba leyendo. Con más práctica he logrado esto incluso con textos sobre Historia y me imagino a mí misma como uno de los primeros pobladores del planeta o como griega, romana o espartana; me imagino mientras leo acerca de los primeros homínidos maravillados al mirar el cielo y tantas estrellas y el brillo de la Luna, al estar frente a fenómenos naturales que no eran capaces de entender ni explicar; puedo imaginarme dibujando bisontes en las cuevas de Altamira, planeando la siguiente caza; me veo a mí misma librando batallas, armada con escudo y espada, o escuchando a Aristóteles explicando qué es la Lógica.

Así, he podido viajar al centro de la Tierra y maravillarme con las formaciones increíbles de cristales de colores, acompañar al Capitán Nemo en el Nautilus y ser atacada por un calamar gigante, perseguir sin tregua a Moby Dick y compadecerme de Herman Melville por no ser capaz de apreciar la belleza de las Islas Galápagos como sí pudo hacer Darwin cuando describió a los extraños, pero hermosos, animales que habitaban ahí. He podido viajar De la Tierra a la Luna fascinada con la imaginación de Julio Verne que fue capaz de predecir un sitio muy cercano a Cabo Cañaveral para lanzar el cohete de su viaje; también he viajado con Neil deGrasse Tyson en el espacio hasta recrear el Big Bang y me he deslizado por el horizonte de sucesos de un hoyo negro a otras galaxias, a otros mundos, con la esperanza de que haya alguien en otro lugar mirando al cielo y preguntándose si también está solo, cosa que, diría Carl Sagan, “sería un desperdicio de espacio”.

Así, la lectura me ha llevado a “vivir otras vidas, a probarme otros nombres […], a meterme en el traje y la piel de todos aquellos que nunca seré”, como bien dice Joaquín Sabina, para regresar a mi propia realidad enriquecida y emocionada por lo vivido a través de otros, haciendo de esta larga cuarentena un espacio habitable en el que me he encontrado con mi propia imaginación y con el gusto (tal vez la necesidad) de seguir leyendo para reinventarme y, aunque sea a ratos, ser otra.


Julieta Santiago de la Torre (Ciudad de México, 2005). Estudia en el Colegio Madrid. Ha publicado en Nuestras voces núm. 21 (Colegio Madrid, 2017).