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LEER LA NUEVA REALIDAD / diciembre 2020-enero 2021 / No. 90

Lectura y confinamiento
Categoría bachillerato: mención honorífica


Es bonito escribir porque reúne las dos alegrías;
hablar solo y hablarle a una multitud.

CESARE PAVESE, El oficio de vivir


¿Nos aproximamos a una nueva realidad? Si me lo preguntan, de nueva no tiene nada; es más bien la realidad que normalmente ignoramos, la realidad que a veces no alcanzamos a distinguir porque la rutina diaria nos despoja de nuestras propias vidas; esa realidad (que hasta parece irreal) que constantemente está cambiando (y a la vez no) nos sorprendió de golpe: nos detuvo el tiempo, nos arrebató planes, nos dejó (casi) sin contacto con nuestros seres queridos, incluso se llevó a algunos. El confinamiento nos obligó a convivir con nosotros mismos y nos impidió seguir evadiendo lo que en el fondo nos atormenta.

La peste de Camus pareció cada vez más cercana a la realidad (creí que no podía haber ya más similitudes) que estamos experimentando (salvo que aquí la enfermedad no es una metáfora de la guerra): la población escéptica frente a la peste (covid-19), el aumento repentino en las cifras de muertos, las autoridades rebasadas paulatinamente, el cierre de las ciudades, la cancelación de las actividades no esenciales, la escasez de productos básicos y todos los sentimientos encontrados durante el encierro; humanos cada vez menos humanos y el temor latente de morir. Leer La peste en plena peste es quizá un placer y una experiencia que no volveremos a tener en mucho tiempo (y que no queremos volver a experimentar realmente).

Pero, ¿qué son cien millones de muertos? […] un hombre muerto solamente tiene peso cuando uno lo ve muerto; cien millones de cadáveres, esparcidos a través de la historia, son sólo humo en la imaginación.

Albert Camus, La peste


Qué duro es comprender el peso de esta cita si hay miles de muertos al día alrededor del mundo. Meses después el horizonte aún no se deja ver y la esperanza de volver a nuestra antigua rutina se posterga más y más. A este paso “la navidad será más la fiesta del infierno que la del evangelio”1.


Pero bueno, que no todo son lecturas existencialistas. Leer ha sido en buena medida la única forma de viajar sin salir de casa. Algunos días pude ir a La isla misteriosa de Verne para enfrentar junto al Ingeniero Cyro y sus compañeros las adversidades y las aventuras que naufragar en una isla perdida en el tiempo les trae. Ni hablar de la emocionante travesía en las 20,000 leguas de viaje submarino, las increíbles invenciones del capitán Nemo y su formidable embarcación. Cabe mencionar lo envidiable de su gran biblioteca y los tesoros que en el mar se había encontrado. Aún me sigo preguntando cuál era la nacionalidad del capitán. Increíble también cómo su última hazaña antes de morir fue salvar a los habitantes de la isla misteriosa.

No sólo podemos viajar a otras regiones del planeta: también en el tiempo. Con Cortázar fue posible darle la vuelta al día en 80 mundos mientras me encontraba en los años sesenta. Siendo sincero, siempre es un placer conversar y convivir con los Julios. Y hablando de los Julios, especialmente del argentino, en estos tiempos de peste una frase suya (de tantas) es imprescindible:

Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo.

Julio Cortázar, Los premios


Desde su primera novela Cortázar ya hacía cosas tremendas. ¿Quién diría que ahora tomaría aún más sentido esta frase? Sin duda que el ejercicio de leer se ha transformado durante esta pandemia. Los días son raros. Pero como decía Orwell en 1984: “Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”.

Estos días raros y tantas personas muertas me obligan a evocar a Thoreau. Muchas están muriendo, miles todos los días, y no precisamente todas las personas mueren por la peste; mejor dicho: hay tantas pestes que mencionar algunas desviaría el sentido de estas palabras. Lo vital aquí es preguntarnos: ¿todas esas personas realmente vivieron antes de morir?

Parece como si todavía no hubiera muerto ningún hombre en América, ya que para morir uno tiene que haber vivido antes. […] No hubo muerte en los casos donde no hubo vida.

Henry David Thoreau, Desobediencia civil y otros escritos


Definitivamente el cautiverio nos pone cara a cara con la muerte, y nunca es tarde para preguntarnos si realmente estamos viviendo (o si no). La vida se acaba, pero el arte al parecer no. Estas palabras se me terminan, ojalá que no terminen en mí. No obstante, si de manifestaciones artísticas mortales o inmortales hablamos sería mucho errar no traer a la memoria estos versos de “Epístola mortal”, de Eduardo Carranza:

Miro en torno, los ojos entornados: todos estamos contra el paredón: sólo esperamos el tiro de gracia:
todos estamos muertos, muertos, muertos: los de Ayer, los de Hoy, los de Mañana… sembrados ya de trigo o de palmeras,
de rosales o simplemente yerba: nadie nos llora, nadie nos recuerda.

Sobre este poema vuela un cuervo. Y lo escribe una mano de ceniza. A estas alturas ya debería estar claro el cómo (hoy más que nunca) esas artes a las que tan poca importancia les damos (sobre todo la literatura, vigente desde hace milenios) nos han mantenido cuerdos. Mientras perdemos poco a poco la percepción de la realidad, también el significado de la muerte; y sobre todo, estamos perdiendo la vida. Sin más que decir, dejo aquí las palabras de otro muerto (uno que quizá sí vivió, o al menos lo intentó):

ARS LONGA, VITA BREVIS




1 Albert Camus, La peste.

Hugo Nava (Chimalhuacán, 2001). Estudia en el Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Oriente.