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CRÓNICA / febrero-marzo 2020 / No. 84
Crónicas de una ciudad ajena


 


En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles.
ITALO CALVINO


Era la época de las grandes migraciones. Las mariposas monarca llegaban a Canadá desde México, fatigadas y desequilibradas de ver tanto espacio, tantas luces titilando seductoramente como faros espaciales, como las que veíamos en los bares de la Condesa los viernes en la noche. Desde el avión, el asombro de ver un país deshabitado en el que apenas un rincón afirmaba sus cuadrículas ordenadas. Una isla. Eso era Montreal. Una isla rodeada por un río, un tablero de ajedrez insípido en medio de dos ríos. El mito de la ciudad cosmopolita se reducía a unos cuantos trazos geométricos sobre la superficie de la tierra.

Pero yo todavía me esforcé por ver en Montreal una ciudad ideal, como me la había figurado antes de conocerla, como una ciudad de ensueño de las que Calvino describía en sus Ciudades invisibles. Después de todo, a mis ojos acostumbrados a la mugre de los vagones de metro de la Ciudad de México, Montreal lucía como una ciudad sin mácula, perfectamente futurista con su metro impecable como cuarto de hospital de lujo, el brillo blanco de los vagones y pasamanos irreal de tan deslumbrante. Yo trataba, incrédula, de ver el truco de magia responsable de la eficacia del transporte público en esa ciudad minúscula, de encontrar entre los fastuosos edificios del centro algún desperfecto revelado, una grieta en el exterior de los restaurantes japoneses, un descuido en el diseño de los cafés de aspecto parisino, un nido de cucarachas bajo algún rascacielos del distrito financiero. Me sentía un poco como el protagonista de la película The Truman Show, un sujeto atrapado en un set de cine que emulaba su ciudad en cada detalle, convencido de una impostura que no lograba identificar con precisión, pero que presentía de una manera vaga, como una molestia creciente frente a un microcosmos cuya armonía no podía ser preestablecida ni natural.

De igual manera yo tenía la sensación de asistir a la creación y recreación de un espacio en cierta medida artificial. Casi me molestaba el refinamiento de los locales de comida o el lujo de las boutiques de ropa que poblaban desmedidamente la plaza de las artes. Sin embargo, participaba en el entusiasmo colectivo de una ciudad joven y vibrante, en donde los hindúes de la casta superior paseaban derechísimos con sus turbantes multicolores sólidamente plantados en su cabeza, y las chinas, japonesas y coreanas caminaban con abrigos de piel tan elegantes que el boulevard René Lévesque era una enorme pasarela a cielo abierto. Tal vez para un flâneur inexperto o un turista hipnotizado, la ciudad de Montreal era inmejorable. Pero para un paseante más colmilludo, que buscaba en las ciudades un hueco en el domo del cielo artificial o una puerta que descendiera al inframundo, había algo ligeramente sospechoso en el aire tan límpido y frío.

Tal vez no habría descubierto la llave que me permitiera salir de ese laberinto fractálico si no hubiera sido por Rihad, un Virgilio argelino que me recordaba a Franz Fannon por su visión postcolonial y deconstructiva de la realidad social, pero que en realidad era un musulmán secular que decía que la pobreza de los indígenas en México le recordaba la pobreza del Magreb. Había emigrado de las vecindades del Sahara a la fría provincia de Quebec a los 12 años. Cada vez que yo le hablaba de mi país, él encontraba una equivalencia espeluznante, como si hubiéramos nacido en dos ciudades paralelas, colonizadas por dos países equivalentes. A cada paso que dábamos, abríamos con los ojos y los pies distintas puertas en el suelo, como si juntos fuéramos encontrando distintas llaves para abrir todos los sótanos y secretos subterráneos de la ciudad espejo. Caminábamos por la ciudad iluminada como si hubiera sido un vidrio que sólo dejara pasar un tipo de luz, un filtro de la percepción que veía lo pobre como feo y al mismo tiempo le daba a lo decadente un aire vintage, de descubrimiento de una tienda de antigüedades escondida. La luz provenía de nuestros ojos asombrados, que veían la limpieza del metro como una luz virginal que lo santificaba todo y le otorgaba una especie de claridad sobrenatural que lo hacía fotografiable, digno de ser televisado y transmitido en vivo por todos los canales. Hasta nuestros rostros morenos se limpiaban, se alegraban de estar en la gracia del altísimo, y queríamos formar parte de esa mirada perfecta, de ese sudario inmaculado que nunca había tocado la miseria. Porque nosotros, en realidad, no formábamos parte del cuadro. Estábamos en una especie de parada en medio del aire, atrapados en medio de dos continentes que no nos acogían; como esas veces en que el avión deja de moverse y la grieta entre las nubes revela el océano liso y vacío debajo de nosotros. Nada de dónde sostenerse, sólo dos anhelos más grandes que nuestros países de origen. La luz del sol rechazada por el océano quemándonos el rostro. 

En general, Rihad y yo evitábamos caminar cerca de los huecos debajo de los puentes, cerca de las zonas de sombra y de zozobra. Nos gustaba embebernos de la atmósfera nocturna de los bares afrancesados cerca de Mont-Royal, en la calle repleta de risas y la extraña felicidad de los viajeros. Teníamos la sensación de estar viviendo algo inédito e insólito, como si atestiguar desde lejos las dolorosas escenas de los ligues tentativos fuera entrar en contacto con el tiempo de la seducción y la nostalgia. Formábamos parte de los ojos que buscaban otros ojos excitados, ávidos de contacto y exploración, de la música “que recrea y enamora”. Nos gustaba escondernos entre los rostros de todos los países, éramos como las mujeres silenciosas del Estado de México que se vestían de negro y se disfrazaban de hombres para que no las vieran en la noche, para que no las cazaran. Cuando caminábamos juntos, no teníamos raza ni sexo ni edad, éramos sólo partículas de polvo viajando por las corrientes de aire.

“Saint Laurent es lo mejor y lo peor”, me advirtió lacónicamente mi amigo antes de que yo cruzara la línea que dividía el viejo Montreal, el Montreal francófono, del anglófono; una división histórica, económica y cultural que pasé por alto porque pensé que era simplemente una calle. Había olvidado, antes de conocerlo, que una calle nunca es la misma de noche que de día, desmemoria que me llevaría al día siguiente a explorar el boulevard Sant Laurent sin mi guía, convencida de que no me encontraría ninguna laguna Estigia en los alrededores. Pero al bajar del metro, algo le sucedió a mi GPS: la distancia que marcaba a la librería Drawn & Quarterly se modificaba salvajemente a cada paso, la brújula me daba instrucciones contradictorias para llegar a St. Laurent, la calle que dividía el lado francés del lado angloparlante. De pronto no estaba dentro de ninguno de los dos barrios. La gente y los paseantes de golpe desaparecieron. Lo ordinario se transfiguró en algo amenazante. Una vía de ferrocarril y una malla de metal me separaban de la zona gentrificada y hipster y el deslumbrante barrio judío. Un brasier enorme y aislado ondeaba como una bandera morada sobre las vías. Por un truco inexplicable de prestidigitación geográfica, de pronto yo estaba de regreso en la zona industrial en el norte de la Ciudad de México donde había crecido. Las plantas muertas, la ausencia de gente, las fábricas por doquier, los puentes abandonados me llevaron a 4 600 kilómetros de ahí, al pánico, a un reino que conocía hasta con los ojos cerrados. Difícil explicar por qué me asusté tanto en una ciudad tan segura como Montreal, por qué ese camino abandonado junto a las vías de tren me llevaba tan lejos, sacándome de la ciudad dorada y del país imaginario que mi ingenuidad de turista había forjado. Era como si en mi percepción se abrieran fallas tectónicas, zonas de discontinuidad tan inquietantes que no sabía qué iba a salirme al paso, si un fantasma en harapos o un perro rabioso huesudo. La vía del ferrocarril desaparecido era más que una zona de demarcación entre el barrio industrial y el barrio rico. Era un recordatorio violento de la verdadera desigualdad de una de las ciudades más ricas del mundo. Qué poderosa la seducción de la fachada, la fachada de una tierra enorme y casi vacía, con grandes zonas de silencio industrial que sólo podían verse desde el avión o desde el auto que se atrevía a salir del Golden Ghetto del centro de la Ville de Montréal.

De golpe, la ciudad se desmontó ante mis ojos, como si quedara solamente la dureza desnuda de su esqueleto. Recordé la frase de Rihad sobre St. Laurent como lo mejor y lo peor al mismo tiempo, su sarcasmo y acidez al describir la ideología hipster de la ciudad, con todas sus fripperies y tienditas de segunda mano y de artículos exóticos y viejos que los turistas y los locales adoraban porque a los hipsters les fascinaba ese aspecto decadente; esa apariencia de pobreza que los alejaba de la mezquina burguesía de sus padres y que para nosotros, los que realmente habíamos crecido en un barrio marginado, era un recordatorio de un terror antiguo y familiar, un terror primordial asociado a los terrenos industriales, las vecindades, las calles y las casas semiabandonadas en donde acechaban los delincuentes, los violadores, los acuchilladores. Eran zonas que parecían estar a años luz del territorio brillante de los rascacielos del downtown lleno de tiendas caras y ciudades subterráneas en las que hibernaba la gente entre las tiendas blancas y brillantes. Ver las zonas de discontinuidad en la ciudad era como salir de un bar después de la borrachera y ver los vasos de plástico tirados, las colillas de los cigarros, la calle llena de vómito y orines, la irrealidad escurriendo de los tejados de las casas viejas y millonarias; la madrugada vacía de turistas, un indigente aventado dentro de un cajero automático, como escupido por la noche. 

En ese momento, todas las ciudades pardas se confundían en lo oscuro, se revelaban ante nosotros como islas en medio de un mar de miseria, paraísos artificiales tan convincentes que uno sólo podía darse cuenta de su artificialidad cuando veía la discontinuidad en el espacio, una zona de contradicción como las vías de ferrocarril delimitando la entrada al hades, a la gran zona industrial en la que no había sino casas donde vivían los mexicanos y los obreros, los que no podían pagarse un apartamento en el corazón de la ciudad. Ver esa marca, esa frontera, era como darse cuenta de que no podíamos, por más que nos asomáramos a la orilla del Atlántico, saltar la gran barrera que nos dividía de Europa, el gran lago que nos dividía de Estados Unidos. Era como si, cruzando la frontera de la noche, uno llegara a un país subdesarrollado y tenebroso en donde se quebraban las leyes del estado y de la perspectiva. Las calles, antes paralelas, se comenzaban a entrecruzar como dos péndulos. Todas las calles se convertían en callejones. De pronto, una tienda que estaba a cinco cuadras parecía estar realmente a 20 años de distancia. Y qué difícil llegar. Todo estaba lejos, las mariposas monarca revoloteaban norteadas, con la brújula apuntada en todas las direcciones simultáneamente. El metro cerraba, los camiones dejaban de pasar, al celular se le acababa la pila y los homeless empezaban a emerger como humo de todos los rincones. Nos rodeó la sensación de que la ciudad ya no tenía sentido, nunca lo había tenido, era apenas un vaso de licor que se vaciaba y llenaba con las indefinibles secreciones de la noche. Quizá todas las ciudades del mundo eran como la de Calvino, un extraño paréntesis en el espacio, un espejismo desesperado al que queríamos asirnos para salir, salir de la pobreza, del encierro, del país, explorándolo afanosos mientras tratábamos de hallar en ellas algún genero de remota salvación por el vacío, perdiéndonos en sus laberintos procreadores de vagabundos y solitarios que yerran por la ciudad cruel y desierta, intentando encontrar madrigueras brillantes y ornamentadas, siempre en busca de ir más lejos a un lugar más nuevo más exótico más libre en donde no hubiera mendigos trampas rutas vientos feroces ríos bravos asaltantes violadores carteristas hombres de miradas asesinas y suicidas, en busca de un santuario aunque fuera en el polo norte la vía láctea cualquierladodondenadienosreconociera y pudieran crecernos alas para ir de sur a norte y de norte a sur como si fuera lo mismo bajar que subir que cruzar un río una barda un mar una membrana. Porque ninguna ciudad era la nuestra, porque todas las ciudades eran ajenas, porque todas las ciudades eran inventadas.





 




 
Violeta Orozco (Ciudad de México, 1989). Poeta bilingüe. Egresada de Filosofía en la UNAM, maestra en Letras Hispánicas por la Ohio University y estudiante del doctorado en Letras Hispánicas en Rutgers University. Obtuvo el Premio Nacional al Estudiante Universitario José Emilio Pacheco en poesía en el 2014. Autora del poemario El cuarto de la luna (2020). Su poesía en inglés ha sido compilada en varias antologías de Estados Unidos. También ha colaborado en revistas como La Palabra y el Hombre, Tercera Vía y Line Magazine.