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CUENTO / Diciembre 2018-Enero 2019 / No. 77
Duramos un instante, Emilia


En cuanto supe que la gente había empezado a ocupar las calles del centro de Madrid, corrí hacia el departamento de Emilia.

Ella no se había enterado de nada. Como en una tarde cualquiera, la encontré sentada en el salón, un libro sobre las piernas, otro en las manos, algunos más sobre la mesita junto a la invariable taza de té.

—Ya son miles, Emilia. Y dicen que seguirán llegando.

—¿Quiénes, querido?

—La gente, Emilia. Mucha. Todos.

—¡El pueblo! ¿Cómo dice Alberti? Galopa el pueblo, caballo de espuma... Ya he olvidado el resto.

Emilia vivía en un último piso de la calle Mayor, muy cerca de la plaza de la Puerta del Sol. Era un edificio con fachada color salmón, sin mucho adorno, como un tipo pobre parado tímidamente entre sus grandilocuentes vecinos de balcones acristalados y cúpulas estilo francés. Un hostal y un bufete ocupaban las otras plantas. Ella rehuía a los turistas y a los abogados por igual.

—Será por eso que no ha venido Alma. ¿Dices que van a quedarse mucho tiempo?

—No se sabe, Emilia.



Sus manos eran largas, surcadas de líneas azulinas. Llevaba el cabello por arriba de los hombros. Siempre usaba pendientes de perlas.

—¿Te aburres, querido? —me había dicho alguna madrugada, cuando el silencio era como otro hombre sentado en el salón—. Los viejos nos aburrimos mucho. ¿Cómo dice aquel poema de Robert Frost? No puede un viejo solo llenar toda una casa, un rincón de la noche...

—Qué va, Emilia. No creo que se aburran.

Yo veía a los viejos de Madrid. A veces era como si hubieran dejado abiertas las puertas de los asilos; otras, como si la ciudad entera fuera la residencia. Estaban los que arrastraban el carrito hacia el supermercado. Los que giraban las manivelas en los parques equipados con aparatos para gimnasia geriátrica. Quienes tosían a mitad de un concierto en el Auditorio Nacional o tomaban cerveza sin alcohol mientras acariciaban las máquinas tragaperras. Ésos que iban por ahí contando anécdotas de una historia archivada. Quienes anunciaban su presencia en el mundo con su olor a pimentón. Los muchos que me miraban caminar apostados en ventanas y balcones. Y estaba Emilia, con su cúmulo de nombres propios y versos incompletos.

Tenía poco de conocerla y ya me había encariñado con ella.



Alma llevaba años trabajando para Emilia. Se ocupaba de la limpieza, de los mandados, de cortarle el cabello, de los medicamentos. También había elegido los sillones cuando la última renovación de muebles.

—¿A ti quién te paga, Alma? —le había preguntado la vez que se me ocurrió visitar a Emilia al mediodía y no me recibió por estar indispuesta.

—Quién va a ser. El fideicomiso.



Los libros de Emilia estaban repartidos en dos grandes libreros de madera renegrida. Ejemplares viejos y maltratados, llenos de anotaciones.

—Estos libros eran de mi padre —me dijo abriendo una estantería aparte, cerrada con llave, la primera vez que subí a su casa—. Primeras ediciones, algunas firmadas. Ya han venido a catalogarlos. A veces los envidio, tienen más porvenir que yo.

Volvió a cerrar el estante y se acercó a las otras repisas:

—Éstos de afuera son los que he leído. Como libros leídos han pasado los años, dice Gil de Biedma. Me dan pena, todos irán a la basura.

—¿Y tienes aquí algún libro tuyo, Emilia?

—Yo no tengo ningún libro mío.



No sabía si Emilia tenía muy en claro con quién hablaba cuando estaba conmigo. De repente, ella me convertía en otros:

—¿Recuerdas, querido, lo del jamón? Cuando recitabas a los camareros eso de: El ensueño es un jamón. Pesado. Que cuelga del techo...

Eso dijo la vez que leí en voz alta lo escrito en el aparador de una charcutería: bellota, ibérico y granadino; lomo, chorizo y salmantino.

—Todo esto estaba lleno de navajeros. En esa esquina vimos cómo mataban a un hombre, ¿lo recuerdas? Me dijo una noche que caminábamos por la calle de Santa Isabel, después de haber visto una vieja película mexicana en el cine Doré.

—La misma cara tenías al regresar de tu primera cacería.

Mencionó la tarde que miré con asco cómo unos niños jugaban con un pato muerto fuera del estanque del Retiro.

—Nos íbamos a Barajas, querido, cuando el bar del aeropuerto era el único que se mantenía abierto... Me fascinaba ese desorden de su memoria, que me permitía dejar de ser el casual visitante extranjero para volverme una figura familiar: alguien que había asistido a una reunión, que la había acompañado a un recital, que de modo indudable tenía que haber frecuentado a cierta gente. Un muñeco hecho con retacería de recuerdos.

—¿Qué hace tu padre, me recuerda? —me preguntaba a veces, cuando paseábamos bajo la sombra de los árboles recién reverdecidos.

Yo le respondía que ya había muerto, sin saber muy bien a quién se dirigía.



Había conocido a Emilia unos meses atrás, el veintitantos de abril, la tarde en que Mario Vargas Llosa y Gilles Lipovetsky presentaron un libro en el Instituto Cervantes. Yo asistí al lugar con la ilusión de conocer al francés, a quien leí mucho durante la universidad, cuando me parecía prioritario determinar si mis amigos y yo seguíamos sumidos en la anticuada modernidad o ya podíamos decirnos gente posmo.

No pude ver al hombre. Llegué minutos antes de la hora de inicio y los guardias me informaron que el aforo ya estaba completo.

Crucé la puerta giratoria, disgustado, y de vuelta en la calle de Alcalá, mientras pensaba qué hacer con ese tiempo libre no previsto, me fijé en ella: estaba inmóvil en la acera, muy erguida, con la vista asestada al horizonte, el mismo semblante impasible de las cuatro mujeres monumentales que flanquean la entrada del Instituto.

—¿Tampoco pudo colarse a la charla? —le pregunté ladeando la cabeza hacia el portón.

Sus ojos de cariátide descendieron de algún sitio lejano y se posaron sobre mi cara para observarme como la abuela que trata de reconocer al nieto, más crecido desde la última visita. Me arrepentí por haberla distraído de su digna actitud contemplativa.

—¿Conoce usted al señor Vargas Llosa? —preguntó muy seria.

—No... Quiero decir, no personalmente.

—He oído que ese señor frecuentaba la Biblioteca Nacional hace décadas. Yo también iba mucho a esa Biblioteca cuando joven, de modo que he querido saber si viéndole en persona lograba acordarme de él. Levantó con suavidad los hombros en la última frase y dejó sobre mí la mirada aceitunada, tan apacible como su voz. Yo, en lugar de responder, me quedé imaginando lo guapa que se habría visto cincuenta años atrás, subiendo la escalinata de la biblioteca, perturbando a su paso la quietud erudita del rey Alfonso y la de los otros sabios de carne y hueso.

—Usted no es español. ¿Es que los latinoamericanos siguen viniendo aquí para hacerse escritores?

—No lo sé —respondí sorprendido—. Yo no escribo.

—Mejor. Ya hay demasiados libros, ¿no cree usted?

—No lo sé —murmuré, y ya iba a despedirme para seguir mi camino, porque yo sólo era un tipo que había pretendido entender a Lipovetsky en la universidad y que había salido de México no para hacerse escritor sino para huir de su divorcio, cuando ella propuso irnos a tomar un café, que al final fue un chocolate con churros en un establecimiento fuera del metro Sevilla. Chocolate: “delicioso regalo del dios azteca Quetzalcóatl”, estaba escrito en el menú.



Alma me dijo que planeaba irse del país cuanto antes, volver con su familia a Ecuador mientras se pudiera, que lo de la señora Emilia ya era cosa de un día para otro, que mañana ya no habría ni piso que limpiar ni fideicomiso que pagara ni nada de nada.

—¡Mira las rubias, querido, en la fuente! Las muchachas doradas se bañaban en el agua y el agua se doraba...

Hasta el último día, todo había seguido tan normal en la ciudad.



Me asomé al balcón. Ya no había calle, sólo gente: un turbio oleaje de cabezas y brazos.

—También deberíamos salir, Emilia.

—¿Qué es lo que buscan, querido?

—Futuro, Emilia. Quieren el futuro.

El eco de la multitud se coló en la estancia como un viento frío. Emilia empezó a toser violentamente, y con ella tosieron el derecho a la vejez tranquila, los medicamentos para las entrañas ya inservibles, el papel haciéndose polvo en los estantes.

—Tiene gracia, el futuro.




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Carlos Fonseca (Ciudad de México, 1983). Abogado y profesor de Derecho en la UNAM. Coordina una línea de investigación sobre la relación entre las leyes y la literatura. Ha publicado el libro de relatos Una ciudad incómoda (Editorial Literal, 2017), además de cuentos en las revistas Lenguaraz, Cuartilla, Cuadrivio y la gaceta digital La Otra.