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ENSAYO / Diciembre 2018-Enero 2019 / No. 77
Mexicanes al grito de guerra



Enojos, adhesiones, surgimiento de repentinos puristas de la lengua, largas discusiones y varias burlas cosechó el nacimiento del lenguaje inclusivo. Este fenómeno no aparece por generación espontánea, sino que responde con coherencia al momento histórico que vivimos. Si las mujeres, después de siglos de discriminación, sometimiento y desigualdad, y con una lucha que viene impulsándose desde hace años por activistas comprometidas con los derechos de las mujeres, estamos empezando a imponer un debate generalizado que está cada vez más presente en la agenda política actual, resulta inocente pensar que dicha lucha no iba a alcanzar, también, el ámbito cultural.

El lenguaje es fundamental en la sociedad; a través de él nos comunicamos y nos ordenamos. Gracias a él, construimos, destruimos y le damos cauce a la necesidad del hombre de expresarse y objetivarse a sí mismo. Las palabras forman parte de las leyes, del arte, de la política y del amor. Con palabras se puede desatar una guerra o escribir el mejor poema de todos los tiempos. El lenguaje, además, es un fenómeno social en constante movimiento y creado a partir de convenciones y necesidades dentro de una comunidad específica de hablantes. Si bien el conjunto de normas sobre la lengua hispana es necesario para sistematizar el código y poder transmitirlo, estas leyes no son inamovibles ni permanentes. La lengua está viva y ha ido mutando con los años; a lo largo y ancho de América se puede constatar que no hay una única forma de utilizar el castellano e incluso, si analizamos el lenguaje utilizado en un mismo lugar de cien años a ahora, comprobaremos que muchas palabras han desaparecido y otras han sido incluidas.

El papel que juega la Real Academia Española, tan querida y criticada, es interesante: no es un organismo omnipotente que desde la soledad de su recinto y con una limitada élite de estudiosos decide sobre el destino de la lengua. Por el contrario, su objetivo, en parte, es dar cuenta de las nuevas formas que aparecen, cuyo uso se extiende, y, si son utilizadas por una cantidad suficiente de personas, incluirlas en el diccionario. De esta gramática descriptiva, se derivan incorporaciones recientes como murciégalo, dotor, amigovio u otubre. Esto no significa que pueda hacerse cualquier cosa con la lengua: desde luego, hay modificaciones que el sistema no tolera; sin embargo, el lenguaje inclusivo no está dentro de esta categoría.

Lo llamativo de la cuestión es el motivo por el cual nos indigna tanto la posibilidad de decir todes y no hay una exaltación similar por la palabra culamen, por ejemplo (según la RAE: 1. vulg. Esp. culo, nalgas). El año pasado, la Real Academia Española dio por válido en su diccionario iros como imperativo de irse. Ante algunas críticas surgidas por esta incorporación, Arturo Pérez-Reverte, miembro de la RAE desde 2003, explicó que ellos “se limitan a ser notarios de cómo hablamos, no policías”; sin embargo, desde que se discute la reforma de género en la Constitución de España, Pérez Reverte ha manifestado que, en el caso de que se apruebe, dejaría la institución. Este cambio notorio en la aceptación de ciertas modificaciones sobre otras, quizás encuentre respuesta en la connotación política de la cual parte la necesidad del lenguaje inclusivo. Las mujeres, a pesar de ser un grupo mayoritario en la sociedad, hemos sido apartadas históricamente de muchos ámbitos; desde la educación hasta el derecho al voto, pasando por la inequidad salarial, la falta de representación política y la desigualdad generalizada. Grupos minoritarios, como la comunidad LGBTTTI+, también se encuentran en la lucha por el cumplimiento de sus derechos. Por eso, el uso del genérico masculino para hablar de todxs, tod@s y todes no parece ser fruto de una casualidad inocente, sino de la representación de un sistema que prepondera a algunos sobre otros e invisibiliza a una parte de la sociedad que existe, pero no es nombrada… ¿Y si no es nombrada, existe?

Diversos lingüistas y sociólogos se han encargado de analizar cuál es la relación entre el lenguaje, el pensamiento y el comportamiento. En un estudio realizado por George Lakoff y Mark Johnson, se pone en evidencia cómo nuestro sistema conceptual decodifica las metáforas y, a través de conceptos, éstas influyen en nuestro funcionamiento cotidiano. Ellos dicen: “Hemos llegado a la conclusión de que la metáfora impregna la realidad, no solamente el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción”. Si una metáfora puede condicionar nuestro actuar diario, de más está decir que los elementos que han pertenecido a nuestro lenguaje desde que aprendimos a hablar no sólo condicionan nuestra realidad, sino que han sido fundacionales en el desarrollo de los conceptos que hoy rigen nuestra estructura de pensamiento. Por otro lado, Lera Boroditsky experimenta con palabras en español y alemán cuyos géneros varían según el idioma: la palabra sol, por ejemplo, tiene género masculino en español, pero femenino en alemán. ¿Puede esto tener consecuencias en cómo piensan las personas? La respuesta es sí: en un estudio comprobó que, a la hora de describir esos objetos, aquellos cuyos géneros eran masculinos estaban asociados a conceptos como fuerte, largo, potente, mientras que los que tenían género femenino los asociaban con palabras como elegante, hermoso, delicado. Éstos son sólo ejemplos de los cientos de estudios que analizan cómo nuestro lenguaje estructura el pensamiento y la forma en la que el uso de los géneros afecta la percepción que tenemos de aquello que es nombrando. Dentro de este contexto, el surgimiento del lenguaje inclusivo no parece ser un intento de destrucción de la lengua hispana, sino una demanda de tener un lenguaje plural e incluyente.

De más está decir que, aunque esta incorporación se haga efectiva, las desigualdades entre hombres y mujeres no dejarán de existir. También parece absurdo recordar que su uso no es obligatorio. Sin embargo, vale la pena cuestionarse el porqué de nuestro enojo desmedido ante un reclamo que sólo pretende, en mayor o menor medida, modificar la realidad. Una realidad que sigue siendo hostil para muchos, una realidad que, también, está hecha de palabras.





Luciana Wainer (Buenos Aires, Argentina, 1990). Estudió la carrera de Formación del Actor en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, y complementó sus estudios con un curso de periodismo, crítica y programación de festivales dictado por Diego Lerer, Diego Battle y Roger Koza. En México se recibió en el Centro de Formación de Actores, participó en un taller de dramaturgia con Ximena Escalante y en uno de crítica cinematográfica con Jorge Ayala Blanco. Actualmente cursa la especialidad en Producción de Textos Críticos y de Difusión Mediática de las Artes en la Universidad Nacional de Arte, de Argentina. Ha colaborado como crítica de cine para la revista Pez Dorado y en la actualidad publica semanalmente en el periódico La Razón, en la sección de cultura y espectáculos.