Números anteriores

CUENTO / Diciembre 2018-Enero 2019 / No. 77
 Abandonar

 



Ana siente que no estoy comprometido con la relación, que no me interesa estar con ella. Le recuerdo que nos casamos hace tres años, que si eso no le parece suficiente compromiso. Me ha dicho que tiene miedo de haberse equivocado, que me ve y ya no siente nada.

—Mírate, Arturo. Te la pasas frente a la computadora todo el día. Te cuento cosas y me callas porque te desconcentro. O ni siquiera me pelas. Te pido que hagas algo por mí, dices que sí y no lo haces. Se te olvida. Es como si viviera sola, si no tuviera que olerte los pedos.

Ana llora. Me asusta verla llorar. Y al mismo tiempo, como en otras ocasiones, me dan ganas de atraerla a mi cuerpo y decirle que no se preocupe, que le pondré más atención, que trabajaré menos en la computadora y la ayudaré más en casa. Es más, hoy yo hago la cena mientras ella toma un baño caliente. Lo que sea con tal de que no llore. Sin embargo, como en otras ocasiones, no me muevo. Apenas quito la cara del monitor y las manos del teclado, giro el cuerpo para mirarla y pienso en cuánta razón tuvo Ana hace tiempo cuando me gritó: "¡sólo mis lágrimas atraen tu atención!". (Pienso incluirla en algún relato). Ana llora sentada en el suelo, cubriéndose el rostro con ambas manos.

Entonces alguien toca el timbre y pienso que Ana va a pedirme el divorcio. Algo dentro de mí, como una voz o un gruñido en el estómago, repite que en cuanto Ana deje de llorar va a pedirme el divorcio. Me levanto y rodeo a Ana, camino hasta la puerta dándole la espalda, sintiéndome a cada paso más afligido. (Imagino que Ana se levantará bruscamente, tomará el suéter que le di en navidad, me pedirá el divorcio a gritos mientras camina hacia la puerta, rebasándome, y saldrá del departamento para siempre). Sobre todo pienso que Ana va a pedirme el divorcio porque en lugar de tirarme con ella al suelo, abrazarla o pedirle perdón, no intenté nada: sólo la observé como un bobo mientras se ahogaba con sus propias lágrimas. Y caminé hasta la puerta como si fuera un buen momento para recibir visitas.

—¡Al fin te pude encontrar, Arturo!

Entra una mujer rubia al departamento, me abofetea el rostro y repite eso de que al fin pudo encontrarme. Yo me defiendo con las manos lo mejor que puedo e intento detener las suyas. Ana ha levantado la mirada y con sus ojos hinchados y rojos sigue la acción frente a ella. Nos mira con recelo: sé que no puede creerlo, tanto como yo no tengo idea de quién es la rubia. Tropiezo con un sillón y caigo de espaldas en el suelo, la mujer rubia cae sobre mí a horcajadas y continúa golpeándome. Ana viene hasta nosotros e intenta quitarme a la mujer de encima, pero no la puede asir. Ana pregunta que quién es ella.

—¡A mí también me gustaría saberlo! —grito.

Al escucharme, la rubia se levanta de un brinco, jadeando. Se arregla la blusa y el cabello. Ana pregunta a la mujer que quién es. Pero ésta la ignora: no vino a hablar con ella sino conmigo. Parece que yo soy el objeto de su enojo. Ana repite la pregunta alzando la voz, y se para entre la mujer y yo. (No le gusta ser ignorada, que si yo lo sé). La rubia sigue mis movimientos detrás de Ana, como si Ana no existiera para ella. Me muevo para un lado y la rubia me sigue y Ana sigue a la rubia, me muevo para el otro lado y lo mismo.

—Al fin te pude encontrar, Arturo —repite la rubia—, ¿con quién vives aquí? ¿Con otra? Claro... Ahora entiendo por qué estabas tan extraño conmigo. Pensé que por fin la literatura te había comido el cerebro y por eso estabas ido como un idiota. ¿Sigues dolido por el abandono de tu exmujer? Ya van cinco años, Arturito, ¿ya la superaste? ¿Ya no vas a escribir porquerías? ¿Te comieron la lengua los ratones?

La rubia sigue burlándose de mí, parlotea cosas de las que no tengo razón. Ahora es Ana la que comienza a golpearme. Quiere que le explique de qué carajos está hablando esta mujer. (Yo tampoco tengo idea de qué exmujer está hablando. ¿Cinco años? Yo sólo tengo a Ana desde hace tres años y aunque parecía que estaba a punto de pedirme el divorcio, sólo yo sé que no es cierto, así peleamos, es su costumbre recriminarme por horas lo imbécil que soy para después reconciliarnos en la cama hasta que deba volver a la computadora antes de que olvide el final necesario para cierta historia. Pero sobre todo, ¿esta rubia quién es? Ni siquiera me recuerda a alguna exnovia con la que haya terminado tan mal como para que regrese y haga la escenita sólo para chingarnos la vida. ¿Por qué andaría yo con alguien así?). Cuando parece que la rubia no se va a callar nunca, Ana amaga con soltarle un puñetazo en la cara, pero en ese momento suena el timbre y se detiene. Los tres giramos la cabeza al mismo tiempo, miramos la puerta. Luego ambas ponen sus ojos incrédulos sobre mí como preguntándose qué demonios. La rubia sonríe con malicia, como si ella lo hubiera planeado todo. Ana me gana la carrera hasta la puerta y abre.

—¡Y tú quién eres!

Desde la penumbra del pasillo surge una mujer de tez morena y cabello chino y negro que ignora por completo a Ana. Avanza con lentitud, como si atravesara un cuarto oscuro. Ana llora de coraje y azota la puerta. Sólo yo reacciono al golpe. La rubia no me quita los ojos de encima, me mira con sorna. Pongo la mirada en la mujer que acaba de entrar, no me recuerda a nadie. Se para entre los tres y no dice nada. Se queda de pie, quieta, sobándose las manos que descansan sobre su vientre.

—Perdón, Arturo. No pude soportarlo más. Necesito hablar contigo... en privado.

Esto lo dice como si no quisiera decirlo, entre dientes, sin quitar la mirada de sus manos. Ana corre a mi costado y grita que nadie hablará con nadie en privado si antes no le aclaro quién carajos son ellas.

—No tengo ni puta idea —me defiendo.

La rubia sonríe irónicamente, y posa una mano en la cintura. Su pie tamborilea el piso y se mira las uñas de la otra mano. La morena comienza a llorar sin mucho alboroto, de pie en su lugar, sin quitar la vista de sus manos que ahora soban el vientre. Ana se derrumba de golpe en un sillón y se jala los cabellos, los agita, pone los ojos en todas las cosas, inhala con fuerza y suspira, llora.

—¡Esto es patético! —grita Ana, y comienza a lanzar almohadas sin ver a quién: tira mi taza favorita, tira una lámpara que cruje y saca chispas, y tira un retrato donde estamos juntos. Todo cae hecho añicos, pero ni la rubia ni la otra mujer se inmutan. Después lanza el control de la televisión, mis zapatos, un cenicero que toma la dirección de la rubia, y ésta no se mueve, parece no verlo, y el cenicero se estrella contra el monitor de mi computadora que se quiebra, saca chispas y fuego. Grito, enfurezco, lloro, caigo de rodillas y golpeo el suelo con los puños. Ana continúa lanzando cosas hasta que ya no encuentra más, se cubre el rostro y también cae de rodillas en el suelo, repitiendo que todo esto es patético.

La rubia, a quien al parecer no le ha importado nada lo que ha ocurrido, toma asiento en un sillón al lado de Ana. Cruza una pierna encima de la otra, con delicadeza, y me mira como esperando que me acerque. De no sé dónde saca un cigarro y lo enciende, fuma con mucha calma. Ana fácil podría darle un puñetazo en el rostro. La otra mujer también toma asiento como si nada hubiera sucedido, pero en otro sillón mantiene la espalda erguida y mira cómo descansan sus manos sobre sus rodillas. Ana aún susurra que todo esto es patético.

—Creo que necesitamos un té —digo después de un rato y me levanto resignado, con los restos del monitor en mis manos, hacia la cocina.

—De hierbabuena, por favor —habla por fin la rubia—, sabes que es mi favorito.

—¿Perdón? —me giro de golpe, soltando los pedazos del monitor—, ¡yo no sé nada de ti! ¿Me escuchas? ¡No sé quién eres! ¡No sé quiénes son ustedes dos!

La morena vuelve a llorar, ahora con pequeños quejidos.

—¿Y tú por qué lloras? —pregunto irritado.

Por fin me mira a los ojos.

—Tengo algo que decirte —su voz es tenue—. Esto se acabó, Arturo. Olvídate de nuestro hijo.

—¡Hijo! —grita Ana—. ¿De qué está hablando, Arturo?

—Tú te puedes refugiar aquí cuantas veces te dé la gana —continúa la morena—, de todos modos es tu casa. Era tu casa. La de tu exmujer. Pero yo me estoy partiendo en dos y a ti parece que no te importa. Puede que sea duro ser un escritor frustrado, pero ya estoy harta de ti. De tus gritos y tus drogas, que nunca tengas dinero y estés empeñado en publicar tus porquerías.

Poco a poco alza la voz: recalca que desde que nos conocimos presintió que esto no iba a ningún lado, que ni siquiera cuando me dijo que estaba embarazada tuve los suficientes huevos para proponerle matrimonio, que ella sabe por qué no lo he hecho, porque llevo diez años atormentado por el abandono de mi exmujer. (Miro a Ana y vuelvo a pensar en eso de que sólo la tengo a ella desde hace tres…). Y continúa diciendo que si sigo empeñado en escribir las mediocridades que nadie quiere leer, que si sigo cayendo en lo más profundo del vicio tratando de olvidar a mi exmujer, de quien no paro de escribir, que simplemente me olvidé de ella y de nuestro hijo.

—Ya estoy harta de ser la sombra de una mujer que ya ni siquiera existe —sentencia. Miro a Ana. 

La rubia sonríe como diciendo que está de acuerdo.

Ana quiere decir algo, pero no puede. 

(Ana es mi única mujer desde hace tres años. Y aunque estaba a punto de pedirme el divorcio, yo sé que no es cierto, que en cuanto despache a estas mujeres del departamento, Ana y yo nos pediremos perdón y termináremos cogiendo hasta olvidarlo todo). Entonces me levanto, tomo a la morena y a la rubia, y las encamino a la puerta con violencia. Les grito que se larguen y que no vuelvan, que están locas, yo no las conozco ni quiero conocerlas nunca. Azoto la puerta. Cuando giro el cuerpo, Ana llora de rodillas en el suelo, entre almohadas y pedazos de lámpara. Me arrodillo junto a ella e intento abrazarla, pero se quita. Me mira con sus ojos hinchados y rojos, con recelo, se limpia la nariz con el dorso de la mano. 

—¿Quién tocó? —pregunta, y pienso que va a pedirme el divorcio.






Más cuentos aquí...

 


Eduardo Oyervides (Cuernavaca, Morelos, 1993). Egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue becario por parte de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el 7º Curso de Creación Literaria para Jóvenes. Ha publicado El deseo obstinado (FEDEM, 2018), libro ganador de la convocatoria de publicación de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” en su emisión de 2017.