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POESÍA / Diciembre 2018-Enero 2019 / No. 77
Nosotros no vivimos el 68
 

Nosotros no vivimos el 68.
Yo conocí la muerte estudiantil por las revistas.
                                        ¿Quién le teme ahora a la plaza?
Del 68 tuvimos lágrimas ajenas, ardientes testimonios de ateridas voces,
eran muchachas, jóvenes de dieciocho, veinte,
testimonios de señoras, de estudiantes que nunca y ese día sí,
de trabajadores de limpieza, de mujeres que vendían ropa.

            Nosotras no vivimos el 68.
Pensamos en los zapatos llenos de sangre,
en los zapatos de quién, como si los hubiéramos visto.
            Recuerdo el rostro familiar de los universitarios:
callados de mirada y elocuentes en heridas,
de camisa astrosa, de piel hecha jirones,
y alguna vez me vieron, me hablaron otras veces,
me prestaron, para el frío, sus botones de camisa,
y un día cualquiera me palparon la frente.

Con la historia contada en cada marcha
con la consigna de cada periodístico reporte,
y el detalle de cada manifestación fotográfica
resultaba de nuestra sangre la ignominia,
el coraje, las ganas de reclamar lo propio.

Nosotras, nosotros, que no vivimos el 68,
leímos con espanto de Tlatelolco, las voces de Pacheco,
abrimos, como una carta postergada,
el Poema fechado de David Huerta,
—y su título se tenía que leer en portugués, para ser siempre una nueva carta—.
Nos carcomieron los ecos voraces de los discursos de Díaz Ordaz, de Echeverría,
y escucharlos era tener siempre veinte años, y tener siempre el llanto en lodo,
pero escuchamos a Isabel Fraire desde el edificio Chihuahua
y nos hemos construido un memorial, para honrar muerte y lucha
con Rosario Castellanos
y con ella también tuvimos dudas:
¿Quién es el que mata muriendo? ¿Quiénes huyeron mudos sin zapatos?
¿Quiénes pudieron arrancarse los hospitales?
¿Quiénes salieron del pozo de la cárcel?

El 68 de Revueltas, y de caminar la noche sonámbula
crujiendo los ortejos contra cadáveres, nos ha pertenecido
porque aunque se renuevan las generaciones,
lo único nuestro sigue siendo la estupefacción.
               (Y a nosotras también nos persiguieron, José,
               nos quisieron negar el respeto en el saludo, la sonrisa llevada sin tósigos,
               la alegría de venir y pisar tierra sin zapatos, Pepe,
               nos quisieron negar el abrazo, el amor,
               nos quisieron ordenar hasta el latido.)

Y alguna vez marchamos con los párpados de témpano
y caminamos con los brazos, así, entretejidos de una rabia que hemos hecho nuestra
y lloramos, lloramos por nuestros muertos que nos encomendó la historia,
y aunque no podíamos quitarnos de la cara las lágrimas
porque nacimos legatarios de muerte y de injusticia herederos
quisimos caminar con ellas como consigna:

He aquí que lloramos por los muertos viejos que tenían nuestras edades
he aquí que acuerpamos la lágrima sin miedo.
Porque se requiere vigor para no limpiarse el llanto
mucha fuerza de voluntad para no acudir al impulso
de enjugarse el primer asomo de rabia.

               Y así fue una vez, ya en los dosmiles
               una marcha cualquiera de cuando tuvimos, no sé,
               mi hermano, quince, yo quizás, los diecisiete.
               Llegamos a Tlatelolco y dos de octubre
               y en la plaza, en la plaza fría de las siete del alba
               un muerto yacía joven, un, dijimos nosotros, estudiante,
               con la cara fría, pálida
               con los ojos de amplísima hipotermia
               y ya uno dos policías acordonando la zona
               y dos tres paramédicos confirmando la muerte
               y ya dos Tlatelolcos de testigos
               y mi hermano y yo, y dos señoras
               y una niña del brazo de su madre
               lo vimos, tieso, sobre una banca, rígido, el dos de octubre.

                   Mi hermano y yo, con pancarta en la mochila, con volantes,
                      con los ojos abiertos del muchacho en el iris,
                                                                    íbamos a la marcha,
y ya en la marcha,
                       mi hermano y yo, y otras muchachas y muchachos
                       estudiantes, del brazo, liberados, del brazo
                                        cerebro con cerebro unidos
                                        garganta con garganta en nudo y grito
                                                                     coreábamos consignas.
                        Y con nuestro muerto,
                        con nuestro tierno muerto de veinte años,
                              con nuestro tierno, del dos de octubre, muerto,
                              sumándose a los muertos de las fotos,
                              a las estudiantes que dejaron sangrientos los zapatos,
                              frenesí, bolsas, rotos labios en la plaza,
                         nosotros, gritando no se olvida.
                         Nosotros, ¿no vivimos el 68?





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José P. Serrato (Ciudad de México, 1987). Estudió Derecho y Creación Literaria. Cursa el posgrado en Filología en la UAM-I. Es profesor de asignatura en la licenciatura en Derecho en la UACM. Mereció el primer premio en Ensayo en el Concurso 45 de Punto de PartidaAlgunos de sus poemas pueden leerse en línea.