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POESÍA / Diciembre 2018-Enero 2019 / No. 77
A nadie le sirve mi talento de escuchar dragones
 

SÉ QUE A LOS NIÑOS les crece la nariz
y a otros se les incendian las orejas
a mí me salen moscas

Apenas tengo un pretexto y de mi boca
surgen moscardones de ruido gris y cientos de ojos
No termino de hablar de amor
cuando moscas me crecen en la garganta y toso para expulsar
la transparencia de sus alas

Las personas enmudecen ante el espectáculo
y piden más y más y más y soy capaz de llenar una sala
con modelos lepidópteros, coleópteros y muscidae

Así podría seguir hasta convertir mi vida
en espacio botánico para investigadores
y expulsar, cuando muera, un soberbio ejemplar
de grandes alas, millones de ojos y cuerpo acerado
que se multiplique copulando con las plantas
entre las ruinas de lo que fuera esta ciudad.

***

 

EL OLOR A MANZANAS del cabello
inundó el ropero
desabrocharon con torpeza
los botones del uniforme
y descubrieron de azúcar los labios
y sal bajo el ombligo
A los seis años,
muchos niños se reflejan
en los ojos de otros niños
en historias de fuego y sed

No saben cómo se llama ese juego
de manos bajo la ropa, entre los calzones,
pero saben,
por la boca abierta de sorpresa,
que la humedad entre los dedos
debe quedar a oscuras
no como la colección de estampas
que es posible presumir

Esto sin nombre va a quedarse en el ropero
y saldrán los cómplices a inventar juegos nuevos
hasta que sepan qué hacer con su secreto
o crezcan.

***

 

ME HUBIERA GUSTADO matar a mi padre.
Poner mis manos niñas en su cuello blanco
y sobre ellas todo el peso del silencio
hasta ver sus labios convertidos en grietas de pared.

Que el impacto inflamara sus globos oculares
y salieran de sus cuencas para rodar como canicas a mis pies.
Esperar que en su pecho dejara de palpitar
ese colibrí que era su ausencia
y yo recibiera en la cara el aliento
de una súplica o plegaria como golpe
último del viento, del ansia.

Me hubiera gustado matar a mi padre
para guardar la certeza de sus razones.
Poder contarle a la gente que me quiso
hasta la muerte
con el estómago, el corazón y la boca llena.

Me hubiera gustado matarlo,
borrar con ello todos los cuentos de soledad,
el estigma de quienes nacen con dudas
con temor latente del olvido,
de no poder contar otra historia.

***

NACÍ entre higueras y duraznos
escuchando siempre la misma historia
de cómo debía crecer y qué se esperaba de mí
mientras el sueño me tendía a sus pies.

El mismo cuento, la eterna canción
y el rosario de la tarde.
Los preparativos justos
como un corsé en el talle
moldeando horas de resignación
para convertirme en una esposa honorable.

Pero desperté
con vocación de ala y no de hoja
para interrumpir el cuento
y poner una sombra en el final.

***

Lo dejo estar como si nada

Mi tía trajo un gorila a la casa.
Los perros y el gato no lo ven con buenos ojos
y se mantienen alejados para no invocar tormentas.

No tolero que se siente frente a mí.
Come con las manos, la cerveza escurre por su cuello
y cuando mastica se ve la comida en el molino negro de su boca.

Sus ojos buscan complicidad en los míos
y se muerde el labio mirándome el escote.

En esta  época, el calor no tiene piedad
no hay espacio en que juguemos sin deshacernos como velas,
por eso preferimos tendernos frente al aire acondicionado.

Sólo el gorila husmea por todos lados.
Ha cercado un perímetro considerable como vivienda
y va juntando ahí las provisiones y las cosas que le gustan.

Me ve dormir,
es decir, cree que duermo, pero lo escucho respirar cerca de la cama.
Temo levantarme, espantarlo y cortar el aire.

Lo dejo estar como si no me diera cuenta,
como quien se cubre los ojos para desaparecer.

Aunque el calor me mata,
rezo para que no se acabe la luz del día
pero el tiempo no se cumple en caprichos
y de pronto, abro los ojos a la más oscura de las noches conocidas.
Entre su mano y la duda se ahoga mi grito
y rompe el dolor sobre las sábanas,
un caudal en rojo igual al del patio
sobre el que parecen dormidos los perros.

***

CUANDO LAS JACARANDAS despiertan
un aroma azul de tarde
y en el mercado se abren sacos
de granos y semillas
renace de mi infancia el infinito gusto
de meter las manos en lo crudo del arroz
o en las lentejas.
Jugar con el alpiste entre los dedos
y dejarlo caer como se deja ir el agua,
sin pensar que es el tiempo lo que pasa.

***

MIS TÍOS DIJERON que eran amigos imaginarios
los niños que acompañaron mi infancia.

Solos, como yo, paseaban descalzos por la huerta
polvosos de pies a cabeza.

Les puse nombre a los que murieron sin bautizo
y escribí el de todos en cuadernos y paredes

A veces me hacían llorar
A veces me daban miedo
A veces quería desaparecer como ellos a través de la pared.

Se instalaban, de pronto, en la oscuridad de mis sentidos
con la mirada encabronada de orfandad,
necios y terribles como un castigo.

Escondían mis juguetes o los hacían pedazos,
tiraban los higos para machacarlos,
atrapaban a los pájaros y les torcían el cuello,
sus historias me hacían mojar la cama
y me contagiaron de fiebre, pesadillas.

En el hospital me durmieron sin sueños.

La infancia pasó volando un papalote y desperté.

Todavía los recuerdo a todos
pero no aparecerían si los llamara.

La verdad es que les hablo de usted a mis tíos
porque no me atrevo a decir sus nombres
los mismos que les puse a mis amigos muertos.

***

LOS OJOS del miedo
tienen la voz del marido de mi madre.
Vigilan el insomnio de esta casa.

La almohada tiembla
si me cuenta lo que pasó
en mi ausencia.

Debí pasar la noche fuera
cualquier espacio sería mejor que el frío
en los pies que me rompen
cualquier posibilidad de huir.

***

EN EL APARADOR, los zapatos nuevos parecían una promesa.
No necesité un calzador para ajustarlos
y los primeros pasos trajeron el encanto de andar
con su olor a nuevo.

Pero en la escuela todo es como siempre.
Apenas me lastiman un poco los zapatos nuevos
y renacen heridas de años anteriores
los castigos por correr en el salón
o caminar descalza en los recreos.

Debo reconocer que me engañaron
los zapatos en la alfombra de la tienda,
creí que este año no sería tortura
y que podría correr

Pero no hay escapatoria
que me libre del regaño cuando
me vean otra vez con los pies desnudos en mi casa.





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Alma Columba (Ciudad de México, 1970). Desde 1990 realiza actividades de promoción cultural, particularmente de difusión de la literatura nacional. Ha participado como conferencista y coordinadora en diversos programas y ciclos literarios. Sus cuentos, ensayos y reseñas literarias se han publicado en revistas nacionales como Nitro, Caligari, Periódico de Poesía, Pasto verde, Hojas de sal, Transformación, Péndola, entre otras, así como en las antologías Diáspora. Hidalgo: Una narrativa en el exilio (CECAH, Orígenes, 1998), Cofradía de coyotes (Cofradía de coyotes, 2007), Niños que se tragan la Luna (Editorial El Cálamo, 2009), Lados B. Narrativa de alto riesgo. Mujeres 2016 (Nitro/Press, 2016) y Bidi bidi bom bom. Homenaje a Selena (Paraíso Perdido, 2018).