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CUENTO / Diciembre 2018-Enero 2019 / No. 77
 Cambio de situación

 



Aunque estaba atestado de gente, Lizardo abordó el camión para no seguir demorándose. Después de varios meses en el desempleo, de asistir a cuanta entrevista de trabajo podía conseguir, de esperar junto al teléfono, en vano, las llamadas que cambiarían su situación, de vivir a duras penas gracias a la buena voluntad de sus amigos, al fin lo habían contratado en un prestigioso despacho de abogados, conocido por ser una cuna de lobos, y ese día iniciaba el trabajo. Se vistió con la ropa más formal que tenía, se rasuró la barba profunda y se empapó con Tigre, la penetrante loción que le habían regalado y que hasta ahora nunca se había puesto.

Una vez que recibió el pasaje, el conductor arrancó con tal violencia que lanzó a Lizardo hacia el pasillo y lo hizo chocar contra el costado suave de un hombre obeso. Se incorporó y tomó el pasamano. Echó un vistazo a los asientos: no había ninguno libre y de pie se aglutinaban dos largas filas compuestas por ancianas que dormitaban paradas o comadreaban con su vecina, vendedores de dulces y chácharas, niños pequeños que hacían preguntas circulares a sus madres y adolescentes que platicaban a gritos o se enseñaban el mismo meme una y otra vez. Lizardo se internó en esa espesura esquivando espaldas anchas, codos puntiagudos y brazos colgantes; pero no pudo evitar recibir empujones y tropezar varias veces. Por un momento quedó apresado entre un par de nalgas, pero, en un frenón del vehículo, se distendieron y lo dejaron libre. Prosiguió penosamente su camino hacia el fondo del camión, donde —pensó— sería más sencillo descender cuando llegara a su destino. Ocupó, por fin, un pequeño lugar donde una corriente de aire le hizo sentirse menos enclaustrado. Examinó su camisa y alisó unos cuantos pliegues, nada de qué preocuparse. Vio la hora: estaba a tiempo. De repente, se produjeron unos saltos que hicieron chocar entre sí a los pasajeros. El camión iba moviéndose a gran velocidad por el tráfico pasando cerquísima de coches y ciclistas. Adentro, todos se movían de un lado para otro. Lizardo se aferró al pasamanos y se resignó: todo fuera por llegar puntual a su nuevo trabajo. En cambio, los demás pasajeros, molestos y atemorizados, alzaron la voz: “¡oiga, bájele, va muy acelerado!”, “¡ni que estuviera llevando a su pinche madre!”, “¡cabrón pendejo!”, gritaban. Lizardo quiso saber quiénes propinaban los insultos, pero el camión pasó por debajo de un puente y el interior quedó sumergido en la negrura. Ahora había mucho más ruido y confusión, y los zarandeos se acentuaban. “¡Está loco, estúpido!”, “¡no somos animales!”, chillaron unas voces anónimas.

El camión entró de nuevo a la luz y el destello repentino desorientó a Lizardo. Temía por su vida, tenía que bajarse cuanto antes. Unos perros que antes no había visto pasaron ladrando desesperados junto a él. Lizardo se dirigió hacia el botón de parada, pero cuando estaba por presionarlo, una serpiente se interpuso. Retrocedió unos pasos, asustado, y en ese instante el camión se bamboleó abruptamente y lo echó al suelo. Desde ahí alzó la mirada y vio una selva densa de patas, garras, pezuñas y tenazas. Se escabulló entre ellas y, evitando los picotazos de unas gallinas enormes, logró treparse al lomo de una cabra amarilla que galopaba por el pasillo tumbando a los animales que tenía enfrente. A la primera oportunidad, saltó de su montura y cayó sobre un colchón negro que resultó ser un oso que de un zarpazo lo mandó a volar entre unos gatos voraces. Había que detener el camión antes de que sucediera un accidente. Decidido, sorteó bestias y animalejos hasta alcanzar al conductor. Le sacudió el hombro y le dijo que parara. No obtuvo respuesta alguna. Le gritó y tironeó de la crin, pero el caballo frente al volante sólo resopló y bufó. Entonces escuchó el largo estruendo de una corneta. Lizardo miró con espanto por el panorámico: iban a colisionar contra un tráiler. Intentó tomar él mismo el volante. Se estiró y se estiró, pero sus extremidades verdes no conseguían agarrarlo. Apenas si pudo ver, antes de chocar, la imagen que le devolvía el espejo retrovisor: la de una lagartija sin esperanzas.






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Mario Salvatierra (Mérida, 1988). Escritor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y la maestría en Traducción en El Colegio de México. Obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Mérida” (2014) y ganó en múltiples ocasiones el Premio Nacional al Estudiante Universitario de la Universidad Veracruzana en el rubro de poesía y en el de cuento. Mereció una beca del FOECAY en el rubro de narrativa en el año 2008. Ha publicado el libro de poemas Roldán (Libros del Marqués, 2015).