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POESÍA / Octubre-noviembre 2018 / No. 76
 

Sueños

En sueños entran a lujosos restaurantes
donde una multitud les aplaude
su más grande y nuevo éxito.
¿Cuál éxito? Ellos lo ignoran
y no importa. Agradecen.
Amigos, hermanos míos, no los despertemos,
no hagamos ya más ruido
para que no amanezcan tan temprano
a la pesadilla de ser los de siempre;
los que miran los sueños correr
más deprisa, en el desayuno,
y muerden amargamente el pan de cada día
como protesta contra sí mismos.




El pan que nos llena

Se dice que no está bien
cuando se habla de amor,
hablar de manjares y alimentos; que
querer morderte el sonrojado
y profundo y oscurecido placer
es prueba absoluta
de nuestro ocultado canibalismo,
de nuestra nostalgia por la sublime bestialidad;
y sin embargo, te muerdo,
y te sacias de mí y me sacio de ti;
y ambos, entre las arrugas de las sábanas,
nos miramos complacidos
cual si hubiéramos devorado
el más lujoso banquete
de un tiempo que ya no existe.



Gallina

a Antonio Deltoro


Ángel mezquino, no vuelas
porque un dios así trazó el destino.
Ángel caído, tendrás que ver
a tus hijos despojados
del caluroso cuidado de tu ala;
los verás un día como platillo
de una comida cualquiera.
Escucharás triste el canto de tu esposo,
cuando estés desplumada
a mitad de un sufrido caldo,
y no escaparás de este inhumano destino
trazado por un animal
que finge ser dios.




Otra vez Dafne

Por razones divinas, humanas y naturales
el amor puede ser un árbol
deshojándose de tristeza. Explico:
En otro tiempo un dios volaba
con un grupo de íntimas enamoradas detrás,
pero él sólo amaba a una mujer
que también era árbol. Sin embargo,
esa mujer ya no era mujer
y sólo era un árbol.
Esto no tiene gran importancia,
hasta que un día la mano misteriosa de un dios
hace que te enamores de golpe
de un rostro que no verás más,
y andarás cargando ese rostro en la memoria
como un inútil saco de tierra sobre el hombro,
y ya sólo pensarás que el amor
es un árbol deshojándose
y nada más.




Perras

No entienden de regaños
cuando el amor las enciende.
Ellas se desbordan de amor.
Las garras y las puntas de los pelos
aman con ellas.
No escuchan a nadie,
son presa de algo más hondo,
no temen ni al palo de escoba,
incluso buscan al palo de escoba
o cualquier otro fálico objeto
donde puedan entregar
todo su impaciente amor.




Caninos

De inflamables tristezas están
abastecidos los perros,
de duros ácidos que golpean sus vientres
hasta provocar, en ellos, el aullido.
Los perros están
llenos de sí mismos; es decir,
están al borde de las lágrimas.




Origami

A ver, hay hombres que a charcos lloran,
y niños que juegan en esos charcos
con un empapelado barquito
y, aunque no lo parezca, aquel
íntimo barco de papel agradece,
mientras danza en las horas del agua,
a los hombres su tristeza.




Vejez

Entra en el carro de metro a su lugar de solo.
Los viejos tienen su lugar ahí.
El viejo se pregunta: ¿qué fue del mundo?
Recuerda su primer pelo caído,
piensa en el destino de aquel pelo,
pero, ¿cuál es el destino de aquel viejo solo?
Al carro esto nada le importa.
Mañana, es seguro, el viejo
acomodará sus huesitos en cualquier tumba.
Mañana, otro viejo ocupará
ese lugar de solo. El carro continuará el viaje
en representación de aquello
que llamamos vida.





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Carlos Sánchez Emir (Ciudad de México, 1998). Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha sido becario, un par de ocasiones, en el Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas, así como del Festival Cultural Interfaz ISSSTE-Cultura/Los Signos en Rotación. Forma parte del grupo de edición de la Revista Literaria Taller Igitur y del grupo de gestión del proyecto "Crítica y Pensamiento en México". Textos suyos aparecen en diversas revistas digitales como Círculo de Poesía, Página Salmón y Primera Página.