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CRÓNICA / Octubre-noviembre 2018 / No. 76
Trinos y tránsito


 


I


Para cuando el reloj marca las siete con treinta, Óscar sabe que ya debe estar ahí. El flujo de los padres que llevan a sus hijos a las primarias y preescolares de la zona oriente del Periférico son sus primeros clientes. Según la estadística de Óscar, hay más feria los martes, miércoles y jueves, días en que acuden cientos de familias a visitar a sus seres queridos a las instalaciones del Reclusorio Preventivo Varonil Oriente. Entrecierra los ojos y hace cálculos mentales. Después de una pausa, dice: Simón, en un día chingón me alzo unos setecientos varos, como todo un lic, ¿qué no?

Parados en la intersección de Río Pánuco y Canal de Garay, me parece de primera instancia inverosímil el razonamiento de Óscar. Temo haber caído en la carrilla del barrio. Trazo mentalmente los dos kilómetros de distancia que hay entre nuestra ubicación y el penal, y cobra sentido que la afluencia de automóviles venga a parar hasta este punto. Rebobino: definitivamente Óscar, también conocido como Rufo, tiene la pericia de un microempresario.

Neta yo no vengo a malandrear, carnal. Aquí trabajo y de aquí la saco. Ya estuve en la cana y está de la verga. Mejor acá. No soy ningún santo, trabajé para gente mala: droga, robo, secuestro, carnal, es largo el currículum, pero ya llevo mis dos de tres en la cana y está de la chingada, es el puto hotel más caro del mundo… Ni el Peña podría pagar lo que ahí se necesita pagar. Ahí se vive al día y al día se muere... Puedes ser el más cabrón afuera, pero, si no tienes las palancas adentro, o te chingan las pandillas o te chingan los custodios, está de la verga. Para qué me voy a arriesgar por una pinche cartera que igual ni trae cien varos… Nel, ni madres, aquí jodido le rayo a los cuatrocientos en un ratito y todo el día y en horario de visitas me levanto hasta mil doscientos, pa´qué te miento si sí sale y sin arriesgarme…

Toreando los autos compactos o de carga, agita la mano, la detiene y les marca el alto a los que se dirigen al norte de la Ciudad de México. Trinando como canario, les da el siga a los autos que salen de Puente Blanco por Río Pánuco. Gorra en la cabeza, playera tipo polo, jeans y tenis Nike es su uniforme. A sus veinticuatro años de edad, con una esposa y tres hijos a los que responder, realiza una jornada laboral de poco más de doce horas, con distintos intervalos para descansar, fumarse un gallo o atender a Karen, su esposa, y Oscarito, el menor de sus tres hijos. Óscar comparte su área de trabajo con el parque de diversiones de Oscarito, que se entretiene jugando a las escondidas entre una caseta telefónica y los postes de luz, a escasos pasos de una de las principales arterias citadinas.

Me muestra la fecha y firma que delineó sobre concreto fresco de una banqueta que se rehabilitó una semana después de que llegó por primera vez. A diferencia de hace un año, ocho meses y un día atrás, Óscar se ha ganado la confianza y la aprobación de los colonos, incluso de ahí han surgido otras chambitas como lavar carros, chalanearle a algún may o pintar los paredones de la casa de Juan, uno de los vecinos. Deja un momento su puesto de mando y me muestra el resultado de varios días trabajo.

‘Ira, aquí han salido otros trabajos (Cuéntale sobre lo de Pepsi, interrumpe Karen). Sí, mi carnal, aquí está (saca una credencial con los colores característicos de la compañía y su foto, me la da), ésta me la dieron cuando anduve trabajando cargando y descargando los chescos. Me daban mis doscientos varitos al día. Me metí con la idea de empezar desde abajo y crecer en la empresa. Yo quería ser chofer, pero como lo ven a uno todo malandro por el pasado en la caja, la cosa se pone culera. Empezaron a detenerme la paga y a darme largas… Yo le chingaba, ya me sabía mis rutas y hasta me fletaba horas extras, pero al final nada de papa y pues tú sabes, carnal, que hay que comer… Me empecé a endrogar en el barrio: cien, doscientos, cuatrocientos, ya debía a un chingo… Así fue como llegué aquí con otros dos cábulas: uno ahora está recluido y el otro no vino hoy, anda de frito, pero éste es nuestro spot.

Los automovilistas lo ubican: a la distancia se los ve con cuota en mano. Cuando reciben de Óscar el buen día, madre, gracias; gracias, padre, suerte; jefe, buen viaje, siguen su tránsito sin el menor de los retrasos. Naturalmente, no todos los automovilistas se muestran conformes con pagar peaje por recibir un servicio que, además de ser necesario por lo concurrida que es la zona, está pagado implícitamente a través de los impuestos que como ciudadanos tributan al gobierno, pero eso no es motivo de desánimo para Óscar. Luego de que hace una pausa para descansar, nadie tiene intención de ejercer el uno por uno: es ahí donde le saca vuelta al civismo mexicano.

Hay días en los que la banda anda eriza y por más no dan, pero no falta el que ya te ubica y te dice “sale, moreno, ahí te va una frutita” o “¿qué pasó, mi Rufo?, ahí a la vuelta” o “mira, te dejo un toquecito”. ¿Ves? Yo no me desanimo, sé que mañana saldrá. Esta labor no se paga de a huevo: se paga de cora. Además no falta la jefa que de seguro viene del penal de visitar al hijo, sobrino o lo que tú quieras, y que se da cuenta de que ya estuviste recluido y te avienta que el tostón, que el cien... Pero déjame te digo, carnal: con todo y todo, no falta el cabrón que quiere venir a mover, y pues ni madres: le saltamos y nos sacamos un tiro. Ya hubo dos que me probaron, ¿cómo ves? Vienen todos monosos o a chupar el Tonayán, y nada más espantan a la clientela, o peor: se les bota la cuica y les da por jalar que los celulares, que las carteras… Ya te imaginas: los automovilistas van distraídos, y encerrados en el tráfico se vuelven la pichoneada perfecta. Pero a la verga, acá no vienen a mamar. Yo sé que ni soy de aquí, carnal, yo soy de Tláhuac, pero tu casa está en San Lorenzo y aquí es mi chamba y pues hay que saltar por ella. Llueva, truene o relampaguee: un paraguas y a chingarle. ¿Qué puedo hacerle, carnal? No me alcanza mi tercero de secundaria. A diferencia de mis dos carnales y mi carnala, de morro yo elegí la vida loca, el desmadre. Yo elegí a los que consideraba mis amigos y que ahora ni me pelan: están muertos o en la cana. Sí, nada más les aprendí puras cosas malas, y pues no me queda de otra más que aceptarlo y chingarle. Mi vieja y mi morrito me dan ánimo, los cuatro años y nueve meses en la cana me sirvieron para agarrar el pedo. Por eso, güero, échale ganas y nunca vayas a caer en el agujero porque está de la verga.

Luego de darme tan caro consejo, interrumpe su relato y le abre paso a un auto, guarda las monedas en la bolsa trasera del pantalón y no vuelve a la orilla de la banqueta donde estoy parado. Por un momento se queda a mitad de la calle, ningún auto viene, pero él se petrifica con la mirada perdida hacia el penal. Parece redimirse, parece como si aquellas palabras le abrieran un pasadizo al pasado.


II


Un micro acelera y un tráiler doble remolque brama suspiros de negro diesel convulsionado, los pulmones se nos llenan de humo y las mentadas de madre de los frenéticos automovilistas se escuchan distantes entre la penumbra. A siete metros de nosotros, de una combi emergen veinte sujetos entre carcajadas y empujones, nada extraordinario para la surrealista Ciudad de México; de pronto la jauría corre hacia nosotros, carcajeándose y pendejeándose, al tiempo que una damita y una anciana invocan a las veinte madres de los hooligans y les arrojan piedras. Me hago a un lado procurando evitar los proyectiles, Óscar parece no sorprenderse: está acostumbrado a la efervescencia callejera, al gran circo en acción.

¿Cómo te explico, carnal? Así como estos güeyes de película, así pasan varios. A todo mundo, a todas horas. A los que viven aquí, a los que van de paso, a mí mismo... Aquí pasa de todo y a la vez pasa de nada, ¿o a poco tú te enteras?

Son casi las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre, el sol cae prudente rodeado de un cielo azul. Óscar vuelve a marcar el alto y cruzan cinco peatones, nos miran con curiosidad sin detener su andar. Baja la afluencia automovilística, podemos charlar a gusto, aunque de pronto el estridente ruiderío de una estampida de autos nos interrumpa.

Y bueno, ¿no hay problema con la policía?, le pregunto.

Antes de repente, pero son de los que no te conocen. ¿O no, hija? (Karen asiente). Porque cuando ya te ubican, ya nada más pasan a echar el lente, te piden que para el chesco, que si no compras mota de la incautada a los morros fresas… Sí, mi carnal, si te contara… No chingues, sale rebarata y chingona, pero no te creas, mi carnal, hay que estar al pedo porque en una de ésas es una torcida de brazo… Por eso les digo: “a ver, rey, ¿de qué va la onda?, porque ahorita te la armo y después viene tu pareja y me trepa para llevarme con el capi y mamar que ya atrapaste al bueno”, y como uno tiene antecedentes ya ni preguntan: ¡a la verga!, vas pa´dentro… Una vez que me cae la tira, carnal; no por mota, sino por uno de esos pinches puercos tercos que no ceden, porque los más chichos te piden la mochada, pero los que no ceden se cuelgan de que uno está obstruyendo la vialidad y te trepan… No te la hago larga: yo vi venir uno en chinga de Puente Blanco y ¡pum!, que me echo a correr al camellón, eran como las siete de la tarde y ¡pum!, ¡pas!, que me sale una pick-up y ¡madres!, que me la dejan ir, no te miento: por mi San Juditas salí volando, me abrí la cabeza y estuve seis meses en cama.

Volteo a ver a Karen y vuelve a asentir. Óscar se da cuenta de mi incredulidad y se levanta la playera para enseñarme una cicatriz en el costillar izquierdo, lo mismo hace con la gorra que oculta la marca de guerra. En su cara no hay resentimiento. Aprovecho para preguntarle:

Entonces tenemos dos caras de la moneda respecto a la ley… Menuda situación. Y bueno, ¿qué pasaría si de los colonos saliera pedirte y darte uniforme, además de tu paga por hacer esto que ya haces? ¿Lo aceptarías?

No, pus claro, padre. Yo ya soy de aquí, te digo que la gente bien que me ubica. Saben que soy bien grifote porque el huatazo ni cómo disimularlo, pero yo no les cargo la mano. Luego que dejan las luces prendidas o el carro abierto, y por mi San Juditas voy y les toco y te ganas su confianza… O por ejemplo: ¿ves ahí donde está la lona roja? Ahí vive un cábula al que se lo está comiendo la piedra, empezó vendiendo las cosas de su casa hasta el zaguán. Una vez iba a sacar un estéreo por un cien, a mal venderlo, y pues su carnal, es mi camarada y ¡piff!, que se lo compro… Al otro día fui a devolvérselo a mi camarada y que me pasa mi ciego: es como hacer mi servicio a la comunidad. Te digo que yo ya estuve ahí, pero ahora pura motita, ya ni alcohol porque luego uno se clava y cuando se da cuenta ya está bien ahogado.

La insinuación es constante y bien disimulada, Óscar enciende el gallo de la paz, Karen me mira con complicidad, se para y se une a la humareda; ambos muy a gusto con la propuesta. En la clandestinidad se está expuesto: Óscar lo sabe, por eso su mano se vuelve una cuñita y el gallo pasa a ser uno más de sus dedos. Nota que lo observo y me dice:

Ya te la sábanas, no hay pedo, pero siempre el respeto: eso te lo enseñan en la cana a putazos diarios y lo aprendes porque lo aprendes, o pagas.

La tarde se nos viene encima. Por su parte, Oscarito se divierte en el pequeño universo que es esa carriola con juguetes parqueada en la banqueta. Seguramente crece imaginando cosas que tienen que ver con máquinas enormes que braman y escupen oscuridad y pestilencia, y seres abstraídos que no tienen ojos y caminan… y caminan… y caminan… porque Oscarito de ahí aprende: es con lo que está en contacto. De Óscar y Karen dependerá, entonces, de qué forma Oscarito plasme lo que imagina: es una moneda echada al aire.





 




 
Jovani Hernández Claudio (Ciudad de México, 1994). Estudia Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha publicado en la gaceta electrónica Código Tezonco. Descifrando tu cultura, de la UACM. Fue becario del Festival Interfaz en Pachuca de Soto, Hidalgo, en 2017. Actualmente forma parte del consejo editorial de la revista Palabrijes. El placer de la lengua.