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ENSAYO / Octubre-noviembre 2018 / No. 76
Terremotos


Imaginemos cosas chingonas.
JAVIER “CHICHARITO” HERNÁNDEZ



Tal vez no sea casualidad que México se haya fundado en el corazón de una zona sísmica, pues algo debía contrastar con la vida rutinaria del mexicano promedio. Rutina del que sobrevive de mes en mes, rutina de quien soporta intensas jornadas laborales para darle de comer unas cuantas tortillas a su familia, rutina producto de la precariedad, rutina monótona, rutina de quien no espera mucho de la vida, rutina de la resignación, rutina del “no tengo de otra” pues no queda lugar para las aspiraciones, rutina de un país que está con ansias de movimiento, de resurgir. Naces, creces, trabajas, mueres; naces, creces, trabajas, tienes hijos, mueres; tus hijos repiten el mismo ciclo: nacen crecen, trabajan, mueren…

Doña Mari vive en el campo, alimenta a su bebé recién nacido esperando a que su marido llegue de la chamba; ya ha terminado de cocinar, enciende la televisión para ver su telenovela o enterarse de alguna novedad que seguramente le parecerá ajena; se encuentra con una sorpresa: terremoto.

Terremoto (sustantivo masculino):

1. Sacudida violenta de la corteza y manto terrestres, ocasionada por fuerzas que actúan en el interior de la Tierra.

2. Movimiento sísmico cuyo epicentro se localiza en tierra firme.

3. Movimiento telúrico, fenómeno de sacudida brusca y pasajera de la corteza terrestre producida por la liberación de energía acumulada en forma de ondas sísmicas.

Miedo, catástrofe, devastación; la gente grita desesperada, corre, llama por teléfono a sus seres queridos; edificios se desploman, estructuras se vienen abajo. Pasada un poco la alteración inicial, la gente comienza a organizarse para ayudar. Cada quien aporta con lo que puede: rescatistas remueven escombros, paramédicos atienden heridos, psicólogos se ocupan de dar atención postraumática, personas comunes retiran piedra por piedra, amas de casa cocinan para ellos, cuyos músculos siguen trabajando a pesar de que su cerebro les ordene no cargar una piedra más. Los días pasan, pero el movimiento no cesa. Se organizan brigadas de rescate para enviar a distintas zonas afectadas de la república, se recolectan víveres para los damnificados, los centros de acopio están atiborrados tanto de víveres como de trabajadores voluntarios. Todos unidos por una misma causa. El pueblo ha despertado, la sacudida ha sacado a México de la rutina. Parece que las diferencias han quedado momentáneamente a un lado.

Los días siguen pasando y la población no deja de ayudar; “se necesita esto”, “se requiere aquello” y siempre alguien aparece en el momento indicado. Rescatistas de distintos países del mundo acuden también a las zonas de desastre y empresarios no dudan en aportar dinero y recursos para el material que se requiera; psicólogos especialistas siguen dispuestos a escuchar, simplemente escuchar a quien lo necesite.

Los días siguen pasando y poco a poco el tema va desapareciendo de la agenda. El bullicio empieza a apagarse, los noticieros comienzan a transmitir nuevos reportes: “En otras noticias, por segunda vez, UNESCO retrasa declaratoria para proteger a la vaquita marina”, los edificios derrumbados van convirtiéndose en ruinas que la gente mira cada vez con más indiferencia.

La ciudad ha recobrado su curso natural. Los ciudadanos vuelven a ser extraños el uno del otro, sumergidos en la rutina: el oficinista escribe en su computadora y hace dos o tres llamadas mientras piensa en la cuarta transformación; el albañil prepara la mezcla pensando en que México se convertirá en potencia mundial; la madre campesina prepara tamales imaginándose que se rencuentra con su hijo, al igual que las mamás de los otros 42 estudiantes desaparecidos; el vendedor ambulante ofrece su mercancía pensando en que se acabará la corrupción en el gobierno y don Arturo, el estilista, experimenta un nuevo corte de cabello mientras imagina que esta vez por fin México es campeón del mundo. Piensan, se imaginan, sueñan, pues ¿quién puede impedírselos? Es lo mejor que pueden hacer en una realidad que no les permite mucho más.

Doña Mari vive en el campo, alimenta a su bebé recién nacido esperando a que su marido llegue de la chamba; ya ha terminado de cocinar, enciende la televisión para ver su telenovela o enterarse de alguna novedad que seguramente le parecerá ajena; se encuentra con una sorpresa: terremoto.

Terremoto (sustantivo masculino):

1. Conmoción ocasionada por un suceso inesperado.

2. Cosa que produce desconcierto y agitación.

3. Movimiento producido por el salto de millones de personas al mismo tiempo en un espacio determinado.

Emoción, euforia, frenesí: México ha anotado a Alemania, el marcador señala uno por cero, termina el primer tiempo y los jugadores van al descanso; en el segundo, la portería de Ochoa se ve amenazada un par de veces, los mexicanos miran constantemente su reloj, ansiosos por que el árbitro dé el último silbatazo; finalmente lo da. México le ha ganado a Alemania, actuales campeones del mundo; miles de personas salen de sus casas a festejar, las calles aledañas al Ángel de la Independencia se van tornando de verde, los cláxones se hacen sonar, banderas ondean en todo lo alto. Cada vez más gente se amontona en torno al monumento cargados de pelucas, sombreros, banderas, matracas… Corean el "Cielito lindo" a todo pulmón. Todos unidos por una misma causa. El pueblo ha despertado, la sacudida ha sacado a México de la rutina. Parece que las diferencias han quedado momentáneamente a un lado.

“Y retiembla en sus centros la tierra”, cantan millones de mexicanos al unísono, mientras miran cómo se le escapa una lágrima al Chicharito. Se repite el resultado contra Corea, ¡6 puntos en dos partidos!; la gente de nuevo festeja, empieza a pensar en cosas más grandes, ¿por qué no habría de lograrse? Pero se confirma que México juega en el grupo de la muerte, aún no está asegurado el pase a la siguiente ronda.

“Y retiembla en sus centros la tierra”, cantan millones de mexicanos al unísono, mientras miran cómo se le escapa una lágrima al Chicharito; “aficionaaaaados que viven la intensidad del futbol”; Suecia anota gol en contra, pero no importa: el resultado aún clasifica a México; meten el segundo y ahora sí el nerviosismo se hace sentir al máximo; “híjole, ya nos clavaron el tercero, pero todavía hay chance”, un ojo en el partido de México y el otro en el Corea vs. Alemania, que sigue cero por cero; “¡Gooooooooooooool!”, “¡Corea, hermano, ya eres mexicano! ¡Corea, hermano, ya eres mexicano!”

“Y retiembla en sus centros la tierra”, cantan millones de mexicanos al unísono, mientras miran cómo se le escapa una lágrima al Chicharito. Esta vez toca contra Brasil: una potencia futbolística, sin duda, pero también un rival conocido. No hay motivos para pensar que no se puede; después de todo, México venció en el Mundial Sub-17, en los juegos olímpicos, y les sacó un empate en su propio mundial. Bien podría repetirse el resultado.

El árbitro da el silbatazo final; México ha quedado eliminado en octavos de final. Doña Mari toma el control remoto y apaga la televisión. Ni modo: a seguir chambeando y a imaginar cosas chingonas, sabiendo que en cualquier momento puede venir el próximo terremoto.






Mauricio Nakash Stern (Ciudad de México, 1995). Estudiante de Filosofía en la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en la revista Opción. Obtuvo el primer premio de Cuento Breve en el Concurso 48 de Punto de partida.