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ENSAYO / No. 74
Breves apuntes




De pasteles

Mi primer cupcake de terciopelo rojo lo comí en Houston, Texas, a dos horas cincuenta minutos (165.4 millas) de la ciudad en donde John A. Adams comenzaba a hacerse rico vendiendo colorante comestible hace 78 años. Durante la Segunda Guerra Mundial, el red velvet llevaba jugo de remolacha para retener la humedad y mejorar su tono. Ahora, en vez de la planta fresca, se utilizan el E-120 y el E-160 de Adams. Entre otras cosas, por eso el pastel de terciopelo rojo, con su intenso colorante artificial y su adictiva dulzura, es visto como un aliado más del lucro y el industrialismo. Red velvet vodka, red velvet vela, red velvet labial. Un postre popular por más de seis décadas, "but not with me, which is not to be taken as a criterion"1, diría la famosísima cocinera Irma S. Rombauer.

A pesar de las malas reseñas históricas en contra del pastel de terciopelo rojo, aquel día conseguí el mío en una máquina expendedora rosa. Le pedí un postre carmesí a la máquina parlante que respondió: "One vegan red velvet to go. Your total: three seventy five dollars".2 Escupió, por uno de sus huecos, un bizcocho encarnado con icing blanco de coco y una V roja en la parte superior. Llevaba 821 días sin comer pastel, y ahí, mientras lo devoraba sentada en la banca de un centro comercial, recordé que cuatro años antes la novelista Jenny Éclair afirmaba: "There's no such thing as an individual cake, a cupcake it's neither a cup or a cake. Cupcakes are like stupid shoes; they serve no purpose and are thrown to women like grenades. It's not an honest cake".3 Quiere decir, entonces, que el pastel nunca debería ser banal. Pero, ¿en realidad un alimento con tanto peso social y cultural como éste puede llegar a ser frívolo?

En 1960 se imprimió por primera vez una receta de pastel en latas de sopa, tres años antes de que Sylvia Plath muriera. De hecho, era su postre favorito y, cuenta la leyenda, lo estaba horneando mientras escribía su funesto poema Death & Co. La receta del pastel de sopa de jitomate se perfeccionó durante 16 años y fue hasta el intento número 38 que Campbell's dejó de modificar la mezcla. Sobre estas complejidades culinarias la poeta solía decir: "instead of studying Locke, for instance, or writing, I go make an apple pie, or study The Joy of Cooking, reading it like a rare novel".4 Todavía me pregunto si el novio de Plath la molestaba a causa de su obsesión por la comida. El mío solía decirme: "You just care about yourself and your stupid cakes!"5 Y es que, si bien engullir pastel es un agasajo, una actividad para compartir y disfrutar con el otro, para contagiarnos de agradecimiento y festejar a lo grande, a veces también debería ser un acto de egoísmo puro. En inglés hay una palabra que desafía a los cocineros y comensales puristas, se usa para describir el sentimiento al preparar y comer pasteles sin compañía: self-indulgence. Nunca se subtitula con precisión porque en español el vocablo traducido literalmente no tiene el mismo significado; la self-indulgence británica se refiere a la satisfacción inmoderada de los deseos propios y la indulgencia española es sobre el perdón o la remisión ante Dios. En español no existe la autoindulgencia. "I, indeed, just care about myself and my stupid cakes!"6, le respondí en inglés.

Pero los pasteles de Plath no eran ni festivos ni self-indulgent, eran un antídoto para acabar con el bloqueo de la escritora, y más aún, eran un refugio para evitar la depresión, un asunto de supervivencia. Quizás por eso no le importaba si el ingrediente principal de su postre favorito podía encontrarse en el pasillo de enlatados; esto lo hacía más accesible, más rápido. Simple. A veces, la solemnidad gastronómica sale sobrando. Mi primer pastel después de tanto tiempo fue uno de pasado enigmático y de presente mercantil y egoísta: un cupcake, una comida rápida, el pastel más self-indulgent de mi vida. Y lo compré en una máquina expendedora. Lamentablemente, en el caso de Plath, sus comilonas no pudieron salvarla una vez que su matrimonio se vino abajo y terminó siendo la gran poeta torturada que acabó con su vida clavando la cabeza en un horno encendido.




De olores


Esos aromas purifican y despiertan nuestros sentidos
y nos hacen más aptos para la contemplación.
Michel de Montaigne


Hay gente que parece atraer ruedas de humedad bajo los brazos. Dentro de este rango, existen quienes desprenden un aroma a sudor puro, de ese que se genera solamente en los camiones públicos de Guadalajara, cuando la primavera castiga sin lluvia y no deja caer a la tierra nada más que rayos amarillos. Pero también están las personas con humedades extravagantes, quienes fusionan esencias naturales con las sustancias extrahumanas. Es decir, huelen a talco para bebé y a gotitas de trabajo; ponen a pelear al químico con el clima y no logran una mejor fragancia que los del otro grupo, los que no intentan disimular los charcos axilares con perfumes potentes.

En cuanto a los afortunados que poseen olor agradable y socialmente aceptado, no se puede decir que siempre se salven del dedo acusador o, mejor dicho, de la nariz acusadora. Es claro que los gustos se manifiestan hasta en la preferencia olfativa, por eso algunas veces uno no puede entender cómo es que el body mist de coco se venda menos que el de té verde. Las gigantescas diferencias en la aprobación del olor provocan que hasta la señora más atenta en su aspecto sea evitada por el transeúnte que se cruza en su camino o hasta por sus conocidos. Si una loción resulta muy dulce, muy fresca o muy cítrica, se hace tan repulsiva como una secreción amarga y violenta.

Puedo decir que, en mi caso particular, aprecio las fragancias delicadas, pero no por eso sería capaz de mostrar disgusto por unas buenas gotas de perfume dulzón, pues, como en los postres, las lociones nunca llegan a tener demasiado caramelo. Sin embargo, el secreto para tener siempre el mejor olor es encontrar el balance perfecto entre humanidad y manufactura. No exagerar con los movimientos que se realicen durante el día y no exagerar con el número de botellas y frascos que se vierten sobre el cuerpo llevan a un éxito fragante seguro.

Ahora, no podemos olvidar los aromas que no conciernen tanto a las personas, sino más bien al ambiente. Éste sería el caso, por ejemplo, de los restaurantes, parques y aulas. Es común que, si alguien pasa un tiempo considerable encerrado en alguna habitación repleta de gases olorosos, su ropa y su cabello adoptarán la esencia y no la dejarán escapar hasta que la saque a golpe de jabón y champú. Mientras, la fetidez se guarda en cada rincón y delata si el sujeto ha andado en bicicleta o si llegó a su destino en camión, incluso si le tocó transportarse de pie o sentado, solo o aplastado entre la multitud. Si fue a comer a algún merendero fuera de casa, también el olor echará pistas del alimento que habría podido ingerir. Cuando los antojitos mexicanos se presentan como una buena opción, ¿no termina uno oliendo a fritanga? O si se elige el sushi, por ser alternativa más ligera y saludable, ¿no es verdad que hará desprender un miasma parecido al de un mar con algas?

Los sitios conservan los aires de los objetos que en ellos contienen y, si uno decide entrar en esas cápsulas de fragancia, lo que obtendrá serán perfumes, que si bien algunas veces son indeseables, en otras surgen como un alegre recuerdo que transporta a una ubicación más pintoresca que a la de la realidad. Ya bien lo decía Cortázar: "cada memoria enamorada guarda sus magdalenas", cuando hablaba del olor a tabaco rubio que lo llevaba a pensar en la más profunda y arrugada piel de su amada. Así ocurre con cada hedor y con cada esencia placentera que disfruta paseándose por nuestro sistema respiratorio. Se vuelve una huella del momento, una foto del preciso instante en el que algo ocurre. Y todo algo tiene su aroma característico. Pero lo verdaderamente importante del aroma de las cosas es que se queda pegado como un adhesivo, sin pedir permiso y condenándonos a seguir olfateando el aceite hirviendo que tan grato sabor le brindaba a la quesadilla frita o aquel tubo de acero de autobús que tatuó manos y dedos con su hediondez metálica.

Lo curioso es que, sea cual sea el lugar donde nos encontremos, siempre habrá alguien que parezca atraer ruedas de humedad bajo los brazos. Y ésas, a pesar de oler peor que todo, con y sin perfume, también son las que despiden los vahos más insistentes, crueles y memorables; los que hacen llorar ojos y despedazar cavidades nasales. Inevitablemente, las personas de horribles hedores nos obligan a recordar, ya no por enamoramiento sino para distraernos de su asquerosidad, el olor de aquellas dulces magdalenas que alguna vez devoramos, tanto con la boca como con la nariz.




De mares

El líquido amniótico envuelve la cápsula, mece el pedazo de carne y lo mantiene caliente durante todo el proceso de gestación; finaliza cuando las aguas de la madre cumplen su cometido y el desarrollo del embrión termina. Al expulsar el feto sano, se piensa que éste se encuentra preparado para conservar en el mejor estado posible su propio mar interno. Nace con un nivel perfecto de hidratación, por lo que sus órganos funcionan excelentemente, su piel brilla y envuelve músculos jugosos, blandos. Así comienza una vida fresca en un cuerpo nuevo al que se le tendrá que enseñar a controlar lo mejor posible la entrada y salida de fluidos, la conservación de humedad hasta el día de su muerte.

Los litros de agua dentro del cuerpo conceden la satisfacción de las necesidades básicas humanas. Incluso responden a cualquier estímulo emocional o corporal y al mismo tiempo resultan ineludibles para experimentar adecuadamente tanto las sensaciones anímicas como las físicas. Son tanto causa como efecto. En el caso del placer gastronómico, por ejemplo, todo tiene origen en la emanación del mar baboso, producto del antojo y cuyo goce no existiría sin esa humedad de garganta, paladar y lengua que impregna en la boca los sabores del manjar y permite tragar las mascadas sin sentir dolor. Pero cuando la ingesta de sólidos resulta dañina, los bocados son rechazados y se combinan con porquería aguada en remolinos de lodo, terminan siendo lanzados lacerantemente por estrechos orificios o, en su defecto, devueltos por la misma abertura que antes les sirvió de ingreso. Esto es llamado enfermedad y también ocurre luego de la aparición de malignos virus y bacterias gripales, quienes espesan los salados zumos para volverlos viscosidades aceitunadas.

De igual modo sucede con los excesos de cualquier sensiblería: el mismo fenómeno náutico es provocado aunque las aguas adopten distintos hedores, sabores y tonos dependiendo de la causa. Por ello, la conmoción afectiva en cualquiera de sus formas impacta al cuerpo ocasionando maremotos, haciéndolos escapar por los lagrimales. El agua salina llega al rostro y lo moja; la alegría, el enojo y la tristeza levantan insólitamente el oleaje hasta que se vuelve incontenible.

Estos caldos íntimos son secretos y generalmente se debe fingir que no existen del todo. La orina, el sudor, la saliva y los fluidos genitales no son compartidos con otra persona hasta que entre ambos haya la suficiente confianza como para admitir que los misteriosos aderezos son reales. Cuando dos humanos deciden que están preparados para reconocer sus mares y compartirlos, se da el paso hacia lo grotesco, lo seductor.

La cópula es el derramamiento de líquidos necesarios para la agradable fricción que acometen los bordes de la carne, los muelles; es el intercambio de chorros amargos que, si bien pueden resultar mortales cuando se trata de aguas contaminadas o putrefactas, también es posible que desencadenen un espectáculo monumental. Por cuestión de segundos, ambos mares se transforman en un gran océano y en ocasiones acaban siendo tres piélagos. Así es como se vuelve al principio, como acontece la preservación: de la falta de pudor aflora el germen de la vida.

El final es simplemente la deshidratación, cuando se interrumpe el ir y venir de la sangre. Se muere cuando la marea muestra empeño en quedarse quieta, cuando el mar deja de producir olas y el reposo de las aguas extingue todo lo que en ellas habitaba; las seca, termina por evaporarse la última gota de energía y se suspende la palpitación de las entrañas. La muerte convierte el líquido en polvo, aquellos epitelios se modifican y adquieren la pinta de corteza agrietada. Los mares del cuerpo, inevitablemente, terminan siendo comida para la tierra.







1 Pero no para mí, que no debe tomarse como criterio.
2 Un cupcake vegano de terciopelo rojo para llevar. Su total es de 3.75 dólares.
3 No hay tal cosa como un pastel individual, un cupcake no es ni una taza ni un pastel. Los cupcakes son como zapatos estúpidos; no sirven para nada y son lanzados a las mujeres como granadas. No es un pastel honesto.
4 En lugar de estudiar a Locke, por ejemplo, o de escribir, hago un pastel de manzana o estudio The Joy of Cooking, leyéndolo como una novela excepcional.
5 ¡Sólo te preocupas por ti y por tus estúpidos pasteles!
6 ¡De hecho, sí, sólo me preocupo por mí y por mis estúpidos pasteles!



Génesis Guerrero (Guadalajara, 1993). Estudió la licenciatura en Letras en la Universidad de Guadalajara y la maestría en Estudios Hispánicos en la Universidad de Houston. Ha publicado en diversas revistas nacionales y fue becaria tres veces en el Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en la rama de ensayo literario (2013, 2014 y 2015). Trabajó como asistente de editor en el suplemento Ocio del periódico Público y como asistente de investigación para la Dra. Teresa González Arce. Actualmente es profesora de español a nivel universitario.