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RESEÑA / Abril-mayo 2018 / No. 73

Claroscuro de Javier Marín:
la 
tensión necesaria entre caer y despertar 

 



La inquietante exposición Claroscuro de Javier Marín, que actualmente se presenta en la Fábrica de San Pedro en Uruapan, Michoacán, es un dardo en los ojos que truena el orden simétrico de los cuerpos y expande la posibilidad de la visión a otras formas imposibles. Javier Marín es un genio: su obra va más allá de lo verdadero y la ficción y lo posiciona como uno de los artistas mexicanos más transgresores, no sólo por su técnica que labra el desorden de manera armoniosa, sino porque nos hunde en ese desconcierto armónico, que provoca preguntas sobre el origen de las cosas, y su acomodo, en estas porciones de realidad y en esas otras posibilidades históricas que son fuente necesaria de las influencias que conforman nuestro pensamiento.

Javier Marín es un hacedor de puentes, no cabe duda, puentes que van desde su mirada hasta los profundos planteamientos que suelen ser cruces por donde andamos unos y otros; puentes personales que le permiten ir y regresar por su memoria y sobre todo a esas sensaciones que lo inquietan; puentes que muchas veces se abandonan para continuar la construcción de otros y expandir esas arquitecturas que levantan, además de nuevos acueductos, los cuerpos incorpóreos de este vacío expuesto; la caída intencional que produce lo que nos curte; cascadas de fragmentos humanos que son espejo de lo que a diario nos violenta; filamentos inmateriales que soportan circunstancias luminosas y oscuras.

Claroscuro es esa invitación clara hacia nuevas búsquedas colectivas y personales. Hay una porción sintética de sisma en cada una de sus piezas, las cuales por separado ofrecen caídas singulares a nuestros propios planteamientos de lo que es la realidad. En conjunto, la obra de Javier Marín propaga un mapa de dudas para irnos ubicando en cada resquicio donde luz y penumbra convergen, a partir de ideas que toman forma en nuestro interior o sensaciones expuestas para que las contemplemos muchas veces con la sangre inflamada.

Los efectos secundarios, al recorrer estas piezas esparcidas en los múltiples espectadores que hay dentro de nosotros, son contracciones no sólo musculares o conceptuales de la lógica en la que hemos sido formados: hay la ruptura necesaria en la constante negación de lo que no somos para reconstruir las piezas que complementan lo que hemos sido y para plantearnos el modelo de persona que necesitamos ser. No hay manuales ni recetas que expongan los experimentos que el arte incita en nosotros, pero es claro que estas contracciones artísticas perturban los nervios e ideas que han sido acondicionados para pensar y vivir de ciertas formas usuales. Lo inusual es otro rasgo de la obra de Javier Marín, porque transgrede la barda perimetral que nos fue impuesta por el canon social que ramifica sus posibilidades a una sola expresión, aquello que es aceptable.

De esta manera, Claroscuro es un campo de batalla. Hay unas piezas específicas que yacen sobre el piso, ciertos bucles que recuperan la edad clásica y que bien pueden ser el cabello despojado de estos tiempos violentos, aunque a la vez reflejan perfección y dominio estético de esta lucha de contrarios al evocar —quizás— los pulcros rizos de la muerte, reunidos en la fluctuación exacta entre el pasado helénico y la caída contemporánea de esta nueva realidad. ¿No es la mayor alegoría dar forma recurrente a cualquier tipo de ausencia?

De esta manera, en la finca emblemática de la Fábrica de San Pedro, antiguo punto textil en el imaginario uruapense, próxima a esta exposición de luz y enjambres, el río Cupatitzio circunda a quien recorra esa zona de provocación. Queda la llave puesta para que otros accedan a esta habitación oscura, en donde el único retorno yace en la posible interpretación de otro espacio con luz.


 




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Armando Salgado (Uruapan, Michoacán, 1985). Egresado de la Normal Rural Vasco de Quiroga de Tiripetío, Michoacán, y Maestro en Educación Básica por la Universidad Pedagógica Nacional. Ha publicado ocho libros de poesía: Relámpago Molido (Mantis Editores/Gobierno del Estado de Guerrero, 2016; Premio Nacional de Literatura Ignacio Manuel Altamirano en Poesía, 2016), Hontanar (Secretaría de Cultura de Michoacán, 2015; Premio Estatal de Poesía Carlos Eduardo Turón, 2015), Cofre de pájaro muerto (Ediciones de Punto de Partida, UNAM, 2014; Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza para obra publicada, 2015 otorgado por el Colegio de México a través del Fondo Xirau Icaza), Fiebrerías (Diablura Ediciones, 2014), Estancia de ánimas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013; Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal, 2013; elegido por la revista Siempre! y el periódico La Razón como uno de los mejores libros del año publicados en México), Azogue Suite (Instituto Cultural de Aguascalientes, 2013; Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos, 2012), Corvus Suvroc (Mantis Editores/H. Ayuntamiento de Hermosillo, 2012; Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, 2011), y Liturgias (SECUM, 2011; Premio Ópera Prima de Poesía, 2011); dos títulos de poesía para niños: Mina «o cómo vivir en un tejado sin usar sombrilla» (2016) y Leoncito Rex (2016), ambos publicados por PuertAbierta Editores e ilustrados por Ángel Pahuamba; dos libros de narrativa: Casa de adobe (PuertAbierta Editores, 2015; Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, 2014) y Variaciones de una vida rota (SECUM, 2011; Premio Ópera Prima de Narrativa, 2011). Entre otros galardones obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2017 y el Premio internacional de Poesía Ramón Iván Suárez Caamal 2017. Ha colaborado en medios como Aldea 21 (México), OtroLunes (España) y Botella del náufrago (Chile), y en los suplementos Laberinto del periódico Milenio y La Jornada Semanal. Coordina actualmente un ciclo de entrevistas a poetas en el suplemento cultural de La gualdra de La Jornada Zacatecas.