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ENSAYO / No. 73
Viento aparente


Se arrojan a muertes furiosas o colapsan llevados
por el puro exceso de sus energías; abren tiendas
de puros y jamás se vuelve a oír de ellos.
Allan Kaprow



1.

Discutir furiosamente contra el vacío, lanzar carcajadas independientes y exhibir de forma aislada cualquier otro comportamiento que implique la participación de dos o más personas, constituyen métodos efectivos para anunciar el deterioro mental. Así como la ausencia de compañía es un parámetro estandarizado que delata los distintos grados en la pérdida del control, cualquier indicio de controversia con la nada suele desatar una avalancha de acusaciones y señalamientos públicos contra quien parece estar hablando solo.

Si bien los protocolos y normas de convivencia son ejercitados únicamente durante el encuentro con los demás, lo cierto es que hay otra enorme reglamentación que inunda el resto del día: los inevitables momentos en que sólo nos escolta nuestro vacío. Se trata de un impuesto y colosal esfuerzo por mantenerse dentro del porte y no violar los límites de la caminata civilizada: destino fijo, pasos decididos, brazos columpiándose con ritmo. El mecanismo es sencillo. Opuestos a los hilos de los que colgamos y que dirigen nuestro movimiento al saludar, hablar y toser, aquellos otros cordones que nos atan al suelo son las ataduras responsables de la estabilidad corporal, las anclas encargadas tanto de evitar el tambaleo como de mantener la prudencia durante la mayor parte de la jornada. Son, pues, correas que nos pasean como animales de exhibición.

Ya sea por habilidad o negligencia, quien ha logrado desamarrarse y ahora camina con rumbo inestable, agitando la cabeza enloquecido y frotándose las manos mientras enuncia palabras incomprensibles, naturalmente es clasificado como embajador de la desgracia y el mal gusto. Sin embargo, ya que la auténtica razón para asumir como demente a quien sostiene polémicas con el aire reside en la invisibilidad del escenario de su delirio, en la ausencia del acompañante que justificaría sus arrebatos, bastaría con recrear precisamente esa mitad oculta para que la persona recuperara su certificado de equilibrio.

En este sentido, los ademanes extraños de un episodio de desvarío serían perfectamente razonables al estar acompañados de las siguientes circunstancias:

Mirar hacia abajo y
mover la cabeza
hacia los lados con
los ojos sorprendidos

Entrecerrar los párpados y
mover los labios como pro-
nunciando lentamente
una idea complicada

Susurrar repetidamente:
por supuesto, por su-
puesto, sí, sí, por
supuesto, bien, muy
bien, yo creo que
está todo bien
una niña sujeta un martillo
sobre un jarrón y nos mira en
espera de la señal de salida,
sonriendo todo el tiempo

la oculista nos pre-
gunta cuáles son las
letras proyectadas so-
bre la pared blanquecina

mientras otro sujeto
nos dice: corroboremos
sus datos. 34 años, soltero,
antecedentes familiares
con calvicie. Usted necesita-
ría probar nuestro tratamiento


Omítase el lado derecho y quedará la mera coreografía de los maniáticos que deambulan por las calles. Tápese, en cambio, la mitad izquierda y el resultado será más alarmante por tratarse ya no de una persona, sino de un mundo entero sin quien lo justifique. Por ello, ante la mutua dependencia entre ambas partes resulta improcedente cualquier juicio que intente suprimir una u otra, como ocurre al afirmar que alguien más se encuentra “hablando solo”.


2.

Superada la pregunta por la existencia del paisaje de las alucinaciones, ahora la cuestión reside en cómo poder observar esta caravana de espejismos. Consideremos el momento de Un paseo por los mundos de los animales y los humanos, propuesta experimental dentro del género del tratado científico, en la que Jakob von Uexküll intenta penetrar en la percepción de las especies de la pradera:

Para ello, primero debemos soplar, en fantasía, una burbuja de jabón alrededor de cada criatura para representar su propio mundo, lleno de las percepciones que sólo ella conoce. Cuando nosotros mismos entramos en una de estas burbujas, la pradera familiar se transforma. Muchas de sus características coloridas desaparecen, otras ya no permanecen juntas sino que aparecen en nuevas relaciones. Un nuevo mundo nace. A través de la burbuja vemos el mundo del gusano madriguera, de la mariposa, o del ratón de campo; el mundo como se les aparece a los animales mismos, no como se nos aparece a nosotros. A esto podemos llamarlo el mundo fenoménico o el mundo propio del animal.

Entre las cosas que se divisan desde la nueva burbuja no se descarta que el ratón de campo pueda percibir aquella porción del espacio que normalmente nos parece desocupada como una niña que sujeta un martillo sobre un jarrón y que mira a un adulto en espera de la señal de salida, sonriendo todo el tiempo. De ahí que muchas veces los animales se comporten indiferentes ante nosotros y decidan voltear hacia otro lado, como dando la impresión de que hallan más interesante el vacío.

A pesar de que la imaginación tiene un papel fundamental en el intento de Von Uexküll por traslapar biología y psicología, debemos ser cautelosos al momento de esconder los rasgos invisibles de nuestras alucinaciones en el mundo de los otros animales. No se le puede atribuir la visión de todos los acontecimientos a una sola especie. Parece más razonable suponer que, mientras que el ratón de campo se limita a observar a la niña con el martillo, la mariposa percibe las letras en la pared de la oculista y, por su parte, el gusano madriguera tiene cierta noción del sujeto que corrobora los datos del paciente con calvicie. Y así, el loco no está loco, sino que su delirio sólo puede ser visto por los animales.

Por otro lado, acudir al desfile de entidades inaccesibles para el resto de las especies tiene, sin embargo, sus limitaciones. Tarde o temprano cualquier animal comenzará, casi sin darse cuenta, a interpretar esta colección de fenómenos como un elemento más de la rutina. Lo que en otra época despertaba cierta fascinación ahora empieza a opacarse gradualmente, hundiéndose cada vez más en el tapiz de lo predecible hasta ocasionar un espeso hastío. Insatisfecho con la oferta de acontecimientos, el ratón de campo se aleja del grupo para abandonarse a sus meditaciones. Acto seguido, olvida la coreografía esperada para los ejemplares de su especie. Libre de los amarres de la cordura, se pone de pie en medio de un camino desolado. Abre las orejas, mueve los bigotes y comienza a agitar las patas delanteras como si estuviera haciendo malabares con piedras calientes. Cuando es sorprendido, el resto de la colonia llega al veredicto universal de que su compañero se encuentra “hablando solo”.

Como sería impráctico repetir aquí la demostración de por qué realmente nadie actúa en soledad, sino que más bien la gama de colores de su delirio es compatible únicamente con las córneas de otras especies, baste decir que en el caso del ratón de campo ocurre lo mismo en sentido contrario. Es decir: mientras el mundo causante de los gestos demenciales del roedor resulta imperceptible para sus compañeros, en principio, los integrantes de las demás especies deberíamos palparlo naturalmente.


3.

Cuando a los siete años pasaba junto a los jardines, solía creer que tanto las plantas como los animales poseían un trozo de la “verdad”, que cada organismo guardaba cierta comprensión sobre el mundo y que bastaría con sumarlas para componer el gran mapa del universo. Ahora sé que, lejos de encajar como eslabones, las percepciones de cada especie convierten este mundo en un lugar insoportablemente saturado debido al traslape de realidades incompatibles.

Si consideramos, además, que el movimiento de todo ser vivo involucra cierto grado de torpeza, frecuentemente estamos embistiendo la arquitectura ilusoria de algún desquiciado. Mientras nos creemos caminando tranquilos por la banqueta, las criaturas asomadas desde los balcones y paradas sobre los cables pueden apreciar cómo en realidad arrollamos a la niña del martillo hasta hacerla caer sobre el jarrón; damos vuelta en la esquina y chocamos contra el proyector de la oculista, quien se apresura a recoger las piezas rotas; finalmente levantamos el brazo para detener un taxi y en el acto le hemos picado el ojo al trabajador del consultorio, quien ahora no puede corroborar los datos del paciente con calvicie.

Multiplíquese este fenómeno por la rutina cotidiana de millones de animales que en su andar derriban las escenas de millones de delirios ajenos y el mundo se convierte en una permanente zona de derrumbe y escombros.


4.

En las conversaciones náuticas, el “viento real” se refiere a la brisa que sentimos cuando nos hemos detenido sobre el mar. Al reanudar el movimiento, el barco genera otra corriente que se suma o contradice a la primera. Lo que ahora percibimos es el “viento aparente”.

En otras palabras, el viento real es el que en la vida cotidiana creemos deshabitado, la ilusión de aire puro que rellena los huecos con más huecos. En cambio, cuando cada ser vivo ocupa el espacio con sus alucinaciones, proyectando acompañantes hipotéticos y tribunales espontáneos, el viento aparente es la colisión entre miles de interlocutores invisibles que se aplastan, forcejean, maldicen, recuperan la calma y tratan de alcanzar la embarcación en la que cada quien viajaba.







Mención honorífica en la categoría de ensayo del concurso 48 de Punto de Partida.


César García Campos (Zitácuaro, Michoacán, 1992). Escritor y gestor. Cursó estudios de Ciencias de la Comunicación en la UAM Cuajimalpa. Ha sido publicado en sitios como Mula Blanca, Tierra Adentro, Luvina y Pliego16. Forma parte del Lhabloratorio Colectivo, proyecto de experimentación colectiva con el habla y el lenguaje apoyado por el PECDA en 2017, y coordina junto con Marte Roel el Centro de Estudios Independientes, iniciativa de ciencia ciudadana.