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RESEÑA / No. 73

Coleccionar faros



Cuaderno de faros
Jazmina Barrera
Ediciones Era, 2017



Cuando era niña, Jazmina Barrera tuvo el deseo de atrapar las aves del jardín de su madre. Un instante es todo lo que pedía para admirarlas. Las ganas hicieron que aprendiera a manejar una cámara Nikon. El vuelo de aquellos colibríes quedaría eternizado en una imagen palpable y la pequeña podría admirarlo cada vez que quisiera. Eso esperaba; sin embargo, todas las capturas salían movidas: invariablemente aparecía un lado borroso en la fotografía. Esos intentos de conservar las aves con el disparo de la cámara fueron el primer acercamiento a la tarea imposible de terminar una colección.

La obsesión por lo imposible regresó en un viaje a la ciudad de Newport, a la orilla de un mar grisáceo, durante un viaje familiar donde Barrera se hospedó en el Sylvia Beach Hotel. Las habitaciones de la casa eran temáticas: el decorado cambiaba de acuerdo con la época y la personalidad de un escritor famoso. Avizorar el faro de Yaquina Head en esos días de playa coincidió con la lectura de la novela To the Lighthouse, de Virginia Woolf. El faro de Oregon y el faro de Woolf motivaron a Barrera a documentarse sobre la historia de estas torres costeras y su relación con el mar. La lectura absorbente de su figura, desde la literatura y la arquitectura, desembocó en los deseos de conocerlos.

Este avistamiento casual derivó en una inquietud que se convertiría en Cuaderno de faros (2017), un libro de ensayos en el que Jazmina Barrera registra las visitas a los faros de Yaquina Head, Jeffrey's Hook, Montauk Point, de Goury, Blackwell y de Tapia. Se podría decir que este cuaderno es la bitácora de una coleccionista.

La ensayista menciona que escribir es un modo de estar en el mundo, por lo que estos ensayos tomaron el tono de la bitácora de un farero sobreviviendo a la soledad de la isla. En uno de sus primeros ensayos, Barrera confiesa que al principio vivir en New York fue como estar encerrada dentro de un faro, era sobrevivir a la angustia causada por la falta de horizontes en una ciudad de rascacielos. Mientras temía que su pensamiento se acortara sin el estímulo visual de unos bordes, escribir sobre faros se volvió el modo de resistir:

[…] cuando visito faros, cuando leo o escribo sobre faros, me voy de mí. A algunos les gusta mirar dentro de los pozos. A mí me da vértigo. Pero con los faros dejo de pensar en mí. Me alejo en el espacio y voy a lugares remotos. Me alejo también en el tiempo, hacia un pasado que sé que idealizo, en el que la soledad era más fácil. […] Es difícil hablar de los temas asociados a los faros: la soledad o la locura.

A la manera de Jonathan Franzen, la ensayista encuentra un escape por medio del coleccionismo. Barrera sabe que la crisis personal de este escritor fue controlada por el anhelo de observar pájaros de diferentes lugares del mundo, una pasión parecida a la que ella siente hacia los faros. En el apartado de ensayos “Faro de Goury” escribe sobre un viaje que Franzen realiza a la isla chilena Alejandro Selkirk —antes conocida como Más Afuera— para soltar las cenizas de David Foster Wallace. A diferencia de otros con sus colecciones, Wallace no pudo sortear la idea de escribir una novela que no cumpliera sus exigencias y, años después de la publicación de Infinite Jest (1996), se suicidó. La ficción era lo que dirigía la vida de Wallace, la huida que le permitía crearse un sentido, tal como las colecciones de aves y faros que terminaron siendo material de creación para los ensayos de Franzen y Barrera, respectivamente. “Quizás es cierto que me gustan los faros porque soy desorientada. Me siento todo el tiempo a la deriva y por eso la imagen del marinero perdido en altamar me parece tan angustiante”, se lee en Cuaderno de faros.

Encontrar faros en las novelas, analizar lo que significan dentro de la trama y la repercusión que tienen en los personajes permitió a Barrera deducir la cercanía con la condición humana, principalmente hacia quien vive en carne propia la soledad y el tedio de habitar estas edificaciones: el guardafaros. En todo el libro hay características, anécdotas y testimonios de antiguos fareros. Seres solitarios que deben sobrellevar los días en el mar, al modo de cualquier marinero, lejos de las poblaciones y a la intemperie de catástrofes marinas, para salvaguardar el faro que debe encenderse y guiar las embarcaciones, o advertir de zonas peligrosas. Sin embargo, en otros ensayos desmitifica el imaginario romántico del guardafaros y asegura que han existido comunidades alrededor de los faros, mujeres que fueron fareras y familias de los guardafaros que vivían con ellos en noches de mar embravecido por tormentas.

En La corrupción de un ángel (1974), novela de Yukio Mishima, el huérfano Toru es un faro más que pasa el día observando el mar. Cuando es alejado de la estación de transmisiones en la costa, los problemas comienzan y pretende suicidarse. Barrera se pregunta si el cielo vacío con el que cierra el libro sería visto por Mishima mientras se realizaba el seppuku. Es después de esta lectura que la ensayista decide concluir la colección de faros: “Me estoy enamorando de una idea de belleza que por momentos se parece demasiado a la muerte. Ciertas colecciones estarán para siempre incompletas y a veces es mejor no persistir”. Terminar la obsesión hacia esta reencarnación de Polifemo es aceptar que nunca verá todos los faros del mundo, los que sólo existieron en la ficción y los extintos, como el de Alejandría:

[…] esta clase de coleccionismo busca satisfacer el vano deseo de poseer con una especie de posesión inmaterial, intangible, parecida a la que se siente hacia el ser amado. […]  nunca poder adueñarse por completo del otro o de lo otro, de saber que habrá para siempre una distancia infranqueable entre uno y lo que se desea.

La colección de faros va más allá de la simple acumulación de réplicas en miniatura, mapas y libros. Coleccionar es contemplar y aprehender experiencias mediante el ensayo. Cuaderno de faros es una bitácora de imágenes en la mente de Barrera y viajes familiares en compañía de amigos o realizados con fines académicos. Al final, la colección consiste en rescatar historias de la humanidad junto al mar, con el faro como mediador:

Me pregunto si algún día serán abandonados por completo, si entonces volverán a ser templos de fuego para el mar, fetiche de supersticiosos y esotéricos que conocerán las leyendas de naufragios, de fareros y fantasmas que los rodean. O si se volverán (como parece ser su destino) hoteles, museos, reliquias para el disfrute de millonarios, retirados, arqueólogos, historiadores y curiosos. Ya despojados de su función se vuelven objetos coleccionables.

Desde el ensayo, Jazmina Barrera es la última farera de la memoria de estos faros de la ficción, del pasado remoto y también de los que nunca serán vistos pero que sabemos que están en alguna playa gélida.





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Guadalupe Gerónimo Salaya (Tabasco, 1992). Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Columnista sobre temas de literatura y educación en el periódico Milenio Novedades. Becaria del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) 2017 en la especialidad de ensayo. Profesora en la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes de Yucatán.