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ENSAYO / Abril-mayo 2018 / No. 73
Los rituales del espectáculo






S.

(Escuchas el sonido del obturador y el flash de la cámara te golpea las pupilas. Intentas evadir la escena, pero una voz gruesa te amedrenta, te ordena que no te voltees. Miras al camarógrafo que se muestra como una sombra efervescente: todo te parece borroso. Las lágrimas no te dejan ver con claridad. La misma voz gruesa te pide que te levantes. Sientes un par de manos que te toman de los brazos y te dejan sin posibilidad de forcejear. Las piernas te duelen y las luces que te apuntan directo a la cara te ciegan. Te pones de pie, pero los golpes que recibiste con anterioridad hacen que te tambalees. Pareces un ciervo recién nacido. Tu vestido festivo está hecho jirones. Sientes la humedad del cuarto, el ambiente te pesa y quieres tomar asiento. Lloras. El agua ennegrecida que desciende por tus mejillas encuentra asilo en la tela brillante del vestido que compraste en Bershka para ir de antro y se mezcla junto con las manchas de sangre que ya anidaron sobre el tejido lustroso de acetato. Las manos que te han sujetado todo este tiempo comienzan a explorar la geografía titilante de tu cuerpo asustadizo. Sientes la presión de aquellos dedos que, intuyes, están llenos de la suciedad sanguinolenta de otros cuerpos. Te dan ganas de vomitar. Tu cuerpo se estremece cuando el hombre de la voz te pide que sonrías a la cámara y luego le pide a tu captor que te desnude lentamente. Sientes que las luces se incrementan, que tus ojos se deshacen entre lágrimas de miedo y odio. Te quieres morir antes que sufrir aquel martirio. Pronto, dice la voz como si leyera tus pensamientos. O quizá estás pensando en voz alta. La voz habla de nuevo, pero ya no escuchas nada. Tus oídos han bloqueado los sonidos. Los aromas han disminuido hasta desaparecer. Tu tacto ya no ofrece sensaciones. Te recuestan. Poco a poco te abandonas. No ofreces resistencia cuando el miembro endurecido del captor te parte las entrañas una vez tras otra. No es que el abandono sea una muestra de debilidad: el cuerpo te pesa tanto por el miedo que sabes que jamás podrás moverte de nuevo. La voz gruesa dice: Le gusta, lo está disfrutando. Y ríen. Ríen. Ella llora aunque ya no solloza. La cámara se posa sobre los dos cuerpos que combaten sobre la colchoneta, en el suelo húmedo de aquella bóveda. La muchacha no responde. El grueso captor que la sostiene de los brazos mientras se introduce en ella sonríe con avidez y malicia hacia la cámara. La golpea con los puños cerrados y luego, de pie, apalea el cuerpo maltrecho y asustado que ya ni siquiera emite un quejido. La escena se alarga. Los minutos transcurren y en la pantalla sólo se ve el martirio de aquella muchachita. Tú, acomodado al otro lado de la pantalla, con una sonrisa bien marcada sobre el rostro, aprecias la escena mientras acaricias tu sexo hirsuto. Sientes esa emoción latir. El captor toma un revólver, le apunta directo a la sien y la muchacha cierra los ojos, como añorando que todo por fin se acabe. La cámara enfoca su rostro. Hace un paneo de la escena, luego se abre la toma y suena la detonación. El director aplaude. El captor sonríe. Los números de la transmisión en vivo se incrementan a una velocidad alarmante. El captor se acerca a la cámara y, con una voz oculta entre jadeos intermitentes, dice el nombre de la página de internet que ha transmitido el espectáculo. La cámara deja de grabar y tú, detrás de una pantalla, en algún lugar del mundo, sonreirás satisfecho cuando la imagen se vuelva negra; después cerrarás la ventana de tu navegador Onion con un link que finaliza en .tor e irás a checar tu perfil de Facebook en tu celular, como si nada de lo que has visto fuera parte de la realidad).

Se dice que el término snuff, cuyo significado deriva de snuff off (que en ingles coloquial es “matar”), fue utilizado por primera vez por el escritor Ed Sanders, a raíz del asesinato de Sharon Tate a manos del grupo delictivo llamado “La Familia”, liderado por el ya fallecido Charles Manson. Hoy en día, sin embargo, el término engloba no sólo la filmación de un asesinato, sino que, además, dicha grabación debe ser destinada para su explotación comercial. No hay más: los videos se realizan con la única idea de generar ganancias. Si las imágenes vistas en pantalla no fueron ideadas, en un sentido primigenio, con la intención de generar dinero a través de ellas, entonces no es snuff. Es sólo violencia en video.

El snuff es la última frontera del entretenimiento. El vórtice por el que el humano común y corriente desahoga y expía sus sentimientos más oscuros. ¿De qué manera este fenómeno ha repercutido en la cultura popular? Si bien no hay pruebas fehacientes de tales filmes, hablar del tema nos impulsa a reflexionar acerca de los límites del entretenimiento y, sobre todo, de la condición humana. Es un tipo de cine que, en términos comerciales, resulta tan rentable como un bestseller de terror o de romance, aunque no exista un punto fijo de comparación. Me explico: hay un sinfín de ejemplos que hablan, desde distintas perspectivas, del fenómeno: videojuegos, novelas y películas que tratan el tema son tan rentables como podría serlo una película de acción protagonizada por Tom Cruise o la nueva novela de Stephen King.

La existencia material de un video snuff real es tan real como los cientos de videos de contacto extraterrestre. Como dice Bernardo Esquinca en Carretera Perdida: “miles afirman haber visto uno, pero hasta el momento no hay pruebas contundentes de que existan”. Del morbo inherente a este fenómeno deriva la siempre fiel explotación: escritores, guionistas, directores, productores, etcétera, han desarrollado cientos de argumentos que giran en torno al tema para crear tensión en sus historias y dotarlos (¿cómo no?) de cierto interés primario que hará que la gente se interese por ellas.

La explotación sólo se encarga de incrementar la fuerza del mito.

El snuff habla de cómo el tedio ha incrementado hasta el punto en que la única manera de entretener al auditorio es cometiendo asesinato. ¿De qué está hecha esa membrana finísima que detiene la cordura y nos impide asesinarnos? No es un material tan resistente, al parecer, pues a pesar de que exista la idea como un simple mito, un secreto a voces o una mera leyenda urbana, no deja de ser inquietante saber que en algún lugar del mundo hay gente disfrutando, en este preciso momento, de la ejecución de algún malaventurado personaje que está a merced de un asesino que funge de actor y director amateur y que, además, lucra con el dinero de un auditorio sediento de sangre.


N.

Manhunt (2003) es un videojuego desarrollado por la compañía estadounidense Rockstar Games para distintas plataformas. Es considerado uno de los juegos más violentos de la última década y ha sido prohibido en varios países.

Desde el intro del videojuego se aprecia su estética. Sólo con ver los primeros minutos nos podemos hacer una idea: los créditos aparecen en pantalla y junto con ellos se ven, en escena, tomas que muestran todo a través de una cámara de video convencional. Las escenas dejan ver que la violencia es algo que estará presente a lo largo de la historia: hay desde un cadáver calcinado sobre una cama, hasta un hombre que mira de lleno a la cámara mientras usa una máscara semejante a la de Jigsaw o un sujeto que, maniatado a una silla y con un casco lleno de cables, se retuerce de dolor mientras es filmado; sin embargo, no es hasta que empieza el juego que nos damos cuenta de lo que realmente ocurre: somos parte de una oscura maquinación que nos pone en la piel de James Earl Cash, un peligroso convicto que es el protagonista de una oscura cinta snuff.

La historia, al inicio, es contada por una reportera. Habla de cómo es que James Earl Cash fue hallado culpable y condenado a muerte. Las secuencias iniciales del juego muestran al personaje, que somos nosotros, yendo hacia una silla para recibir una inyección letal, no sin antes forcejear un poco. Pero, en realidad, Cash sólo fue sedado. La próxima escena nos muestra al protagonista encerrado en una habitación oscura con patrones ajedrecísticos en la duela. Una voz le habla a través de un auricular y le cuenta que ha recibido “una segunda oportunidad”. James Earl Cash, pues, ha recibido “un indulto inesperado”, como dice la voz.

La primera misión nos lleva a la calle de un barrio semejante a un reclusorio. Estamos en constante observación, cual novela de Orwell. La voz nos da indicaciones y nos explica la mecánica del juego: podemos matar a los rivales con casi cualquier objeto que se presente, desde bolsas plásticas, hasta pedazos de vidrio o bates de béisbol. Cuando cometemos el primer asesinato, la voz nos dice que esto es sólo una “audición”, entre vítores que nos animan a seguir asesinando. Cada nivel es una progresión exhaustiva de la violencia: todo es una muestra de la perversión humana y cada nivel se vuelve más oscuro, como en una metáfora de la condición humana y sus límites inexistentes: apenas se cruza un límite cuando ya se quiere cruzar el siguiente. Eso es lo único que importa.

Por sí mismo, el juego ya es bastante delirante, pero la trama ofrecida merece un análisis mucho más riguroso: la idea de que un criminal esté suelto por las calles de Detroit, mientras un tal “Director” le da órdenes de que asesine mientras él graba, permite que nos cuestionemos la endeble frontera del entretenimiento. A menudo, en el juego, encontramos escenarios variopintos que sirven de señales: cuartos abandonados en donde se encuentran materiales de tortura, lámparas profesionales, cámaras en tripiés y manchas de sangre que son la evidencia de un crimen pasado.

La violencia que impera en Manhunt, a pesar de su carácter ficcional, no deja de ser ajena a la idea concreta que existe detrás: el snuff existe, al menos como leitmotiv y, como se puede ver, es un fenómeno que acarrea interés desde principios de siglo, incluso desde antes. Una vez que el fenómeno logra colarse de manera explícita, el catálogo de las transgresiones crece de manera exponencial hasta que es muy difícil detener sus consecuencias.


U.

Fue gracias a Raymond Grauer, miembro del grupo conservador anti pornografía Citizens for Decency through Law, que, alrededor del año de 1974, el snuff cobró vida como una leyenda urbana. Grauer decía que en los Estados Unidos circulaban algunos videos de índole pornográfica en la que el clímax era alcanzado cuando una mujer era brutalmente asesinada, y aunque aseguraba que ni él ni su informante habían visto alguno de los videos, estaba seguro de que existían y de que estaban destinados al entretenimiento de los altos magnates de Hollywood.

Estas afirmaciones de Grauer sirvieron como el caldo de cultivo idóneo para que la industria cinematográfica se apoyara del mito y lograra trascender con ello. Para muestra, la película Snuff (1976). Su productor, Allan Shackelton, compró los derechos del horrible filme original y le creó un final que buscó la forma de adaptarse a las inquietudes del momento: el final preparado muestra el asesinato de una de las actrices y, en su momento, generó tal polémica que la ley tuvo que intervenir. Shackelton pagó a gente para que se manifestaran afuera de los cines y, además, la película se vio impulsada por el odio generado por la misma sociedad. Publicidad gratuita, le llaman. A pesar de que muchos estaban conscientes de que las escenas mostradas en la película (que se promocionaba con el eslogan: “Filmado en Sudamérica, en donde todo es barato”) eran completamente falsas, no dejó de existir una histeria colectiva que orilló a que el mismo productor confesara la falsedad de este filme cuando se vio asediado por la policía.

El snuff, al igual que la mayoría de las leyendas urbanas, es un rumor que “no requiere de evidencias para poder sobrevivir”, como comenta Naief Yehya en Pornografía. Obsesión sexual y tecnológica. Basta con que se hable de ello para que exista. Pero, es curioso: en dado caso de que la leyenda fuera cierta, ¿no debería de existir ya, cuando menos, a estas alturas del partido, una prueba fidedigna? En la red circulan títulos de videos snuff que, de nuevo, muchos afirman haber visto pero, por equis o ye razón, perdieron el link o el video fue eliminado (“Dafu love” o “Daisy’s destruction”, por mencionar algunos).

El contenido político de la cinta A Serbian Film (2010), a diferencia de la trama de la película Tesis (1996) u 8mm (1999), en donde el fenómeno es tratado más como un fetiche o una brecha moral que como una transgresión, pretende demostrar que las buenas conciencias han quedado en segundo plano cuando la misma sociedad se ha deshumanizado al punto en el que todos somos personajes de una horrible cinta de terror: al final, el snuff es “la vida de una víctima. Amor, arte, sangre. Cuerpo y alma de una víctima, transmitido en vivo para el mundo, que lo ha perdido todo, y que ahora está pagando para observar desde la comodidad de un sofá”. Porque las víctimas venden y son lo más caro de este mundo. Es por ello que el snuff funciona: refleja, en palabras de Yehya, “la tentación de nuestra cultura de hacer de la muerte un espectáculo, especialmente cuando es real, brutal y cruel en exceso”.


F.

Con la llegada de las cámaras de video, la posibilidad de filmar casi cualquier cosa estaba, literalmente, al alcance de la mano. No es de extrañarse, pues, que la industria de la pornografía se haya visto amenazada ante la creciente ola de videos amateur que, en un inicio, tenían la intención de crear una cultura hermética que servía sólo en función de los participantes.

La concreción de un género tan arbitrario como lo es el cine porno amateur se amplió a tal punto que logró colarse a las “grandes ligas” de la industria pornográfica. En poco tiempo, los pornógrafos se vieron obligados a renovar su catálogo de géneros en aras de seguir en el mercado y generar ganancias. (Un buen ejemplo para apreciar de primera mano esta evolución es la cinta Boogie Nights (1997), de Paul Thomas Anderson). Poco a poco el género amateur ha ido derivando en una extensa gama de subgéneros entre los que podemos encontrar variaciones del snuff que, concretamente, no son más que una variante del hardcore más explícito, pues, como hemos visto más arriba, no existen asesinatos verídicos aunque la producción es tan buena que los efectos hacen que creamos lo contrario.

No sólo en la pornografía existe este fenómeno. El cine convencional también ha hecho de las suyas. Películas como la saga de Guinea Pig han logrado transgredir las normas y hacerse de cierto renombre dentro de aquello que se llama “cine de culto”. El caso de esta serie de películas japonesas es un tema que puede desarrollarse en un ensayo aparte. Lo que me compete aquí es la mención de la legalidad dentro del mito: al igual que en la película Snuff, de 1976, los realizadores de Guinea Pig tuvieron que demostrar que los asesinatos mostrados en cámara eran más que meros efectos especiales. Existe, incluso, un documental que muestra la realización de dichos filmes, titulado Behind the Scenes.

Los mondo videos o shockumentaries, a los que pertenecen las series de Faces of Death (1978) o Traces of death (1993), los narcovideos que circulan en la red o los videos proporcionados por las Dashcams no son snuff en tanto que no son destinados en su forma primigenia para lucrar o generar placer (las parafilias o los fetiches derivados de estos videos son caso aparte). En el caso de los narcovideos, la intención principal es amedrentar, no generar goce ni, mucho menos, ganancias, muy a pesar de que en el capitalismo tardío se pueda lucrar con cualquier cosa. Sí existe un vínculo muy estrecho entre la pornografía y el narcotráfico que nos permite ligar al snuff con el crimen organizado, pero éste es otro tema.


F.

La manera en la que el snuff convive con la tradición de lo policial es simple y evidente: hay siempre un crimen de por medio. La idea de que exista un cuerpo cuyo asesinato ha sido filmado es ya una premisa digna del hardboiled y nos hace pensar en flashazos visuales que muestran a un detective vagando por oscuros lugares tratando de desentrañar una extensa red de corrupción que envuelve a personas poderosas y criminales de la más baja calaña por igual. El snuff como idea ficcional es un género endémico del género policial.

Novelas como Por amor al arte, de Andreu Martín, Less than cero, de Breat Easton Ellis u Otras caras del paraíso, de Francisco José Amparán, son una prueba fehaciente de que el snuff sirve como la idea central de una novela negra.

Aunque la idea de que en el mundo exista gente grabando asesinatos para deleitar al espectador no parece lejana, es preciso mencionar que, hasta ahora, es mera invención y su constructo pertenece enteramente al mundo de la ficción. En dado caso, es preciso mencionar que, al hablar del snuff, hablamos de novela negra, pues siempre existe un crimen que desentrañar. El cuerpo siempre nos resultará ajeno; pero, al ver cine de este tipo, estaríamos jugando dentro de un pacto policial: al ser espectadores jugamos el papel del verdugo o, en su defecto, del detective que se pregunta ¿quién es?, ¿por qué está ahí?, ¿quién hace esas películas? La idea del snuff es tan descabellada que podría ser posible. No es de extrañar que la idea surja de Estados Unidos, un país paradisíaco y lleno de maldad, que sirve de terreno idóneo para la práctica de este fenómeno.

El snuff es un género que adquiere una doble intención lucrativa en tanto que originalmente el fenómeno está destinado a generar ganancias. Sin embargo, al ser, hasta ahora, sólo un mito, ha servido de asidero para que el cine, la literatura, la música y otras tantas disciplinas encuentren un modo de acrecentarlo y, a su vez, utilizarlo como punto focal de sus argumentos.

Existe, pues, una cultura del snuff. No me refiero solamente a la idea de que en los lugares más recónditos del Internet prolifera una gran cantidad de foros dedicados a la discusión del tema, sino a la idea de que se ha generado una vertiente artística que lucra con una idea para hacer de ella un argumento más que explotar. El snuff es mero efecto de presencia: simplemente es y carece de un significado inmediato: el espectador dará su propio juicio en torno al fenómeno y, con ello, éste ha de estar en constante resignificación hasta adquirir una gama de matices variopintos. Pero, al final, la idea misma es una joya más en un panteón de ideas moribundas que intentan recuperar su jovialidad: el cine slasher de los 80 y 90, los pulps de los años 40… El snuff es un refrito entero, una idea terrorífica y, sin embargo, socialmente aceptada: la idea que genera pánico aun cuando no existe una evidencia real y que, además, llena los bolsillos de creadores, cineastas, pornógrafos y embusteros por igual.







Marco Antonio Toriz Sosa (Ixtapaluca, Estado de México, 1996). Es estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el séptimo Curso de Creación Literaria y becario del Festival Interfaz “Los signos en rotación” en Acapulco, en la edición 2016. Ganador del segundo premio en el concurso 46 Punto de Partida de la UNAM en la categoría de Cuento y del primer premio en Crónica en la emisión 48 de este certamen. Actualmente es dictaminador de narrativa en la revista Primera Página, hecha por estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras. Algunos de sus cuentos y poemas han sido publicados en OsarioPrimera PáginaCírculo de PoesíaCuadrivioPalabrerías y Punto de partida.