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CUENTO / No. 73
La autoridad del calzado
 





Yo lo voy a agarrar por la espalda. Juan, como es el más chaparro, le va a dar de patadas en los huevos. El Bizco está medio pendejo, pero ya teniéndolo bien sometidito le puede hacer lo que sea, que lo agarre a mordidas si quiere. Luis es el más partemadres de todos nosotros, por eso él le va a dar en la mera jeta. Me vale madre que nos diga montoneros o lo que sea que quiera decirnos, esto es para que aprenda a no andar de bocón. Por su culpa me voy a tener que hacer cargo de Carolina. Si ya la tenía bien quietecita, ya le había dicho que le echara la culpa a su padrino, pero no, ahí va de pendeja a contarle al cabrón de su primo, y para mandarme a la mierda, él va y le dice a mi jefecita. Ahí está que me tengo que hacer responsable de esa pendeja. Lo del morrillo no me pesa tanto, pero a esa piruja no la voy a mantener. Ya ni modo, todo por andar de caliente.

El pensamiento de Rodolfo se convirtió en odio mientras esperaba a Luis y compañía. Los había citado a las cinco, y desde media hora antes ya estaba acostado sobre unas macetas afuera de su casa por si se les ocurría llegar antes. Las manos le molestaban con un ligero temblor, tenía las axilas completamente mojadas de un sudor sin aparente causa. No dejaba de comerse las uñas ni de voltear a los costados esperando vislumbrar a sus compinches. Otro sentimiento que no sabía nombrar se estaba apoderando de aquel odio que logró sembrar de inmediato. Tal vez no era miedo porque solía pelear con cualquiera que se la buscara, aunque siempre lo hacía en grupos. Nunca se había enfrentado de uno a uno, y no pensaba hacerlo esta vez porque Amalio, el primo de Carolina, tenía fama de invencible. Su leyenda se difundió por toda la comunidad cuando dos boxeadores cubanos quisieron abusar de Carolina. Amalio los sorprendió en el forcejeo y no pasaron ni diez minutos cuando la ambulancia ya estaba arrancando, con los frustrados violadores, rumbo al hospital.

Ya llegaron estos güeyes. Nomás voy por las manoplas a mi cuarto. A ver si no me cacha mi jefa saliendo con los fierros. Ya me vio, ya va a empezar con su cantaleta de que me van a matar por ahí o que un día de estos me van a cargar los puercos, que por qué chingados no estudio. Mejor le doy un beso en la frente para que no se agüite y me salgo en corto. Ese mi Luis anda bien prendido, ahí está dándole en la madre a las macetas. Al Juan lo veo muy tranquilo, creo que se acaba de levantar, sí, anda bien modorro. De una vez les digo cómo va a estar la movida porque ese güey no se anda con mamadas, solito nos puede partir el hocico, por eso hay que organizarnos chido. Una para cada uno, el que tiene piquitos en los nudillos es para mí, le quiero destripar la cara, lo quiero dejar bien marcadito para que vea con quién se metió. Al pinche Bizco se le cayó la manopla. Seguro anda todo ariscado, pero ya se le quitará. Una vez que se ponga caliente la cosa, se le va a quitar su temblorina.

—¿A dónde lo vamos a buscar? —dijo Luis.

—Seguro el bato está en su chamba, pero sale a comer como a las seis. Juan dice que a veces va al pollo, pero si va a su casa lo agarramos por el callejón que da a la avenida —dijo Rodolfo.

—Trabaja en las tarimas, ¿no? —dijo Juan.

—¡Sobres, vamos! El güey no sabe la que le va a caer —dijo Luis.

—Fito, pero tú empiezas —dijo Juan tomando a Rodolfo por los hombros—. En cuanto le caigas por atrás nosotros salimos y le partimos su madre. Que todo sea rápido para que no se pueda ni defender. ¡Ándale, Bizco! No te quedes atrás.

El Bizco en realidad no era bizco. De hecho, Pablo nunca tuvo ningún indicio de estrabismo, pero una hipermetropía detectada desde la infancia lo obligó a usar anteojos. Pronto se vio señalado por sus compañeros de clase, que veían como motivo de burla hasta el simple hecho de lavarse las manos. En cambio, Luis, quien marcaría a Pablo con tal apodo, sí sufrió de estrabismo en sus primeros meses de vida. Afortunadamente, unos anteojos, que no recuerda haber usado, le repararon el defecto. Tal vez, al ver a su amiguito con las gafas sobre la nariz, el inconsciente lo traicionó haciéndolo expulsar el apodo. Los lentes de Pablo se empañaban de vez cuando, se encontraba demasiado asustado. Antes había acompañado a sus amigos en bastantes peleas: que si ése me vio feo, que si aquél me quitó a la novia, que si cualquier cosa que no me guste. Muy bien sabía con quién estaba a punto de meterse y por eso, sin decírselo a nadie, ocultaba en su pantalón un pequeño revólver que había hurtado del guardarropa de su abuelo.

Es el puto que trae una playera rosa, pinche maricón, ahora sí que se venga. No puedo hacer que se doble, ¿dónde están Luis y Juan? Ya, ya vienen. Ya se soltó este cabrón. En su cuello, en mi frente, en mi nariz, en mi nariz, en mi panza. Le escupo, pero el gargajo le cae a Juan, que llegó agarrándolo por el cuello. Termina dándole patadas a Juan, el pobre, y acostado se tapa la cara con las manos. Luis, con una varilla que no sé dónde agarró, en las zancas de ese cabrón. Parece que no siente nada, jala a Luis del brazo y le da puñetazos en los meros ojos. Otra vez a mí, en la boca, en el cachete, en la oreja. Me dejo caer para hacerme pendejo un rato, si no aquí me mata. Ya le agarró cizaña al Juan y le está dando con la varilla en la espalda. Luis le grita al Bizco, yo también le voy a gritar, que haga paro el cabrón. Sabe dónde se escondió. Mejor hay que agarrar a Juan y pelarnos de aquí, ese cabrón ya se está poniendo como loco. Luis le dice que ya estuvo, ese bato se queda parado viéndonos muy mamón. Levanto a Juan y nos vamos corriendo. Volteo y nos sigue por un buen tramo, luego se detiene. Me estoy cagando del miedo.

—¡No mames, pinche Pablo! ¿Dónde estabas? —dijo Juan.

—Pues ¿qué no vieron cómo los traía? Hasta a Luis se lo arregló en corto, a mí me iba a matar de un putazo —dijo Pablo.

—Pinche Bizco joto, en éstas nos metemos todos, tú te quedaste parado viendo—dijo Luis.

—No, pero…

—Pero nada, güey, ya cállate —dijo Rodolfo.

—Puto maricón de mierda, miedoso, mierdoso, pinche virolo, joto. Al que le voy a partir la madre es a ti, por culo, pinche bizco, viscoso. Eso no se hace, cabrón, nunca se deja abajo, nosotros no lo hicimos cuando puteamos a tus primos —dijo Juan—. Ellos eran más y nos valió madres, los madreamos con tal de que te dejaran en paz. Pero ve con lo que nos sales. Nunca lo habías hecho, pero te rajaste, hoy que teníamos que estar los cuatro.

Se metieron a la casa de Luis, quien prácticamente vivía solo. Sus padres y su hermano mayor trabajaban hasta noche. Al entrar, Rodolfo se dejó caer al suelo exagerando las dolencias. Luis fue por hielo para los ojos. Juan se recostó en el sillón y se quedó en silencio, aún arrastraba la modorra con la que había despertado. Pablo tomó asiento en otro sillón, adolorido del orgullo. Le había quedado muy mal a sus amigos, era consciente de que pudo hacer que el sujeto corriera. No era necesario dispararle: con sólo dirigir el arma a su sien sería más que suficiente. Aun así, no iba a confesarles que traía un arma, él sabía que sería un grave error, pues, pronto, Luis o Rodolfo, entregados al calor de la golpiza que se llevaron, le arrebatarían el revólver e irían directo a hacer una estupidez. Lo último que buscaba era terminar involucrado en un asesinato; en todo caso, Pablo, como dueño del arma, sería el culpable.

—¿La traes parada, pinche Bizco? —dijo Luis.

Juan saltó como un resorte para ver la entrepierna de Pablo. Rodolfo corrió a la cocina por un vaso de agua y regresó para arrojárselo en los pantalones.

—Estás bien enfermote, nos acaban de madrear y tú con lo que sales —dijo Rodolfo entre risas.

Luis se acercó muy lento a Pablo, que, en cuclillas sobre el sillón, se ocultaba la evidencia con las dos manos. Recibió un puñetazo. Una extraña dureza hizo agitar la mano de Luis. Pronto reaccionó: lo sujetó de los brazos y metió las manos al pantalón de Pablo.

—¡Traes una fusca!

—¿Por qué no se la sacaste a ese maricón, maricón? —dijo Juan.

—¡Con esto, con esto le partimos su madre! ­—dijo Rodolfo.

—¡No, no, no! En serio no hay que hacer tanta pendejada, ya regrésamela, Fito. Es de mi abuelito. Es más, ni balas tiene —dijo Pablo.

Una detonación hizo saltar a todos. El impacto lo recibió una pared aislada de las ventanas, calendarios y figuras religiosas. Rodolfo, apoyado por Luis, escondió el revolver.

—Te juro que no haremos nada culero, no lo vamos a matar. En cuanto nos arreglemos, te la voy a regresar —dijo Rodolfo.

Nos subimos a la casa de su vecino, nos escondemos bien por ahí, que no nos vaya a ver. Allí lo vamos a esperar todo el pinche día hasta que salga al patio. Cuando ande por ahí le damos un balazo en la pierna, cuando caiga le damos en la otra, luego en los brazos. Vamos a tener que darle al tino, puritita puntería, porque el Bizco tiene razón, no hay que hacer una pendejada. Mi mamá tiene razón, puedo terminar en el bote. Yo no quiero terminar encerrado con esos pinches criminales, yo no soy un criminal, nada más quiero arreglar asuntos de hombre. Cerrarle el pico a un bocón. El pinche Bizco tiene puntería, yo sé que sabe usar esa madre mejor que yo. Luis también sabe, Juan no creo, pero tenemos que estar todos ahí. Ahora sí, no va a saber ni por dónde le cayeron los putazos. El punto es que se entere Carolina y que no se haga a la idea de que yo me voy a hacer responsable, que se quede con su morrillo, ojalá así entienda que a mí me vale madre, yo nada más quería coger un rato.

La venganza era la afición de ese muchacho con apenas 17 años. Nunca se interesó en nada, ni en las drogas, ni el alcohol, ni tanto en las mujeres. Su perdición era matar el tiempo. Tal vez lo que en realidad buscaba era una muerte temprana, algo que lo salvara del ocio. La sensación de una venganza bien consumada era lo único que le daba la emoción plena de estar vivo, como si estuviera en este mundo para salvar su orgullo. Como aquel día en una de sus primeras clases de primaria, cuando sus nalgas se vieron abatidas por una tabla después de que golpeó a uno de sus compañeros por haberle ganado en las canicas. Respondió a la agresión con un puñado de tachuelas bajo la almohada ortopédica en el asiento del profesor. Y aunque se vio encerrado en la dirección el resto del día de clases y no salió al receso durante un par de semanas, el sabor del desquite tomó fuerza hasta convertirse en la afición favorita de Rodolfo, que arrastraba a sus amigos hasta cumplir sus falsas reparaciones.

A ver, a ver. Con cuidado, no se vayan a dar cuenta de que nos estamos trepando a su casa. El pendejito de Pablo casi se resbala. Ese Luis parece un chango, ya está arriba dándole la mano al Juan para que se suba. Pinches manos sudorosas, si no me agarro bien del barandal me voy a quedar clavado en los picos. Ahora sí, todos arriba… ¡Ah que la chingada, un puto perro! Ni modo de bajarnos. Aviéntalo, Luis, aviéntalo, si sigue ladrando nos van a ver. Juan es un manchado, un puntapié en las costillas y el perro se fue a esconder en su casa de láminas. Todos bocabajo, todos escondidos bajo el solazo, esperando hasta que salga ese maricón. Mientras, hay que contar las balas. Habría que calar la puntería, pero no, nada más vamos a hacer escándalo. En una de ésas hasta les hablan a los puercos. Ya me cansé de estar acostado, el Juan se quedó dormido, Luis se está comiendo las uñas y se las traga, el Bizco tiene cara de muerto, ese güey siempre tiene miedo de todo.

La voz pitera del Juan. ¡Ya salió, Fito, ya salió! Luis brinca sobre el Bizco para quitarle la fusca, Juan también. Yo me le quedo viendo al puto de Amalio, que no se me vaya a escapar, y si se mete a la casa, lo esperamos hasta que asome la chompa por una ventana. ¡Ya estuvo! Pinche Luis, deja que Pablito le dé el primer plomazo, él es el de la puntería. Luis no me reclama, se pone atrás del Bizco y le empieza a hacer masaje en los hombros diciéndole: tú puedes, Bizquito, tú puedes, dale en la perra mano, en esas perras manos que nos putearon. Juan también se le arrima para echarle porras, uno del lado derecho y otro del izquierdo, tranquilo güey, respira hondo, si le atinas en la pierna no hay pedo, nomás no tiembles. Yo sigo acostado, le tengo clavada la mirada, se está mueve y mueve porque está quitando sus putos calzones del tendedero. Con que se quede quietecito por un rato, con eso estuvo. ¡Ya! ¡Bizco, dale! Se zafó un tendedero y ahí esta entretenido haciendo nudos, nada más mueve las manos. Es ahora o nunca. Juan y Luis zarandean al Bizco. Dispárale, güey, ya dale.

Veo el primer madrazo, justo en la cara, más bien en un cachete, luego otro en la cabeza, otro en la espalda, y otro y otro y otro. Pinche Amalio ni se mueve, Juan y Luis están igual que yo de espantados, nunca habíamos visto que alguien le partiera su madre así a ese cabrón. El Bizco deja caer la fusca, pero los madrazos siguen. Todos van directitos a la cara, unos le dan en la jeta, en los ojos, otros en el cuello y los peor atinados en los hombros. Pinche Amalio, quién lo viera, ahora se pone a chillar como una mocosa. Los putazos siguen y siguen. Te-di-je-que-le-ba-ja-ras-a-la-ta-za, cada pedacito de reclamo y un chingadazo con la chancla que suena igualito que un balazo. Esa señora como de cien kilos, que de seguro es su jefecita, le está partiendo el hocico como se lo merece. Todos nos estamos partiendo de la risa, bajito, que no nos vayan a escuchar. Pero ya, ya estuvo, con esto me doy por servido, nada más quería ver a ese cabrón sufriendo, que entienda que nadie se mete conmigo.

 


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Joselo G. Ramos (Zacatecas, Zacatecas, 1990). Estudiante de la licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas. Ha colaborado en publicaciones como Crítica de El Diario NTR, La Soldadera de El Sol de Zacatecas y ACultura, así como en los blogs Efecto Antabus, Revista Marabunta y El Guardatextos, entre otros. Fue becario del Festival Interfaz “Desdibujando Límites” del año 2017 en la ciudad de Monterrey. Es miembro del Taller Literario Alicia en la ciudad Zacatecas y autor del libro de cuentos Más inquietante (Hijos de Alicia, 2017).