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CUENTO / Febrero-marzo 2018 / No. 72
Glorioso pasado
 





Señor técnico:



Yo no duermo en el jardín, ni como en el piso, ni muerdo los sillones. Pero si en algo nos parecemos yo y Frijol es en que ninguno escogió a su amo, ni podemos cambiar de casa por voluntad propia. En vista de esto, cada vez que despertaba agradecía al Creador que me hubiera tocado un amo tan bueno e inteligente como el señor Becerra.

La mayor parte de nosotras está condenada a cumplir papeles mediocres: almacenar inanes juegos donde un guerrero interestelar aniquila cien mil aliens o malabarear, a un ritmo frenético y en tres ventanas distintas, una conversación virtual, la búsqueda de un dato irrelevante y el video en que la estrella del momento se desnuda en un programa de concursos. Pero cuando te prenden todas las mañanas a la misma hora y te emplean para escribir profundos pensamientos sobre culturas antiquísimas, entonces puedes decir: tengo un propósito en la vida.

El señor Becerra es un erudito. Seguramente ha oído usted su nombre. Historiador ilustre, se especializa en el estudio de la civilización azteca. No es el típico conocedor de medio pelo que no ha leído más que a los cronistas españoles y que reduce la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos a un puñado de conocimientos pintorescamente absurdos contemplados desde un enfoque occidentalizante. Como lo constatan los documentos Word en mi memoria, él ha consultado todos los códices de que se tiene noticia. Además, domina la lengua del pueblo elegido por Huitzilopochtli. Es autor de una propuesta para que el náhuatl sea incluido como materia obligatoria en las escuelas.

Estos documentos Word son como al padre las confesiones de su grey o como al psicoanalista los sueños de sus pacientes. En ellos, abiertamente o entre líneas, está el dibujo, el jeroglífico por así llamarlo, del espíritu del señor Becerra. Pero yo lo conozco por otros signos además de lo que escribe en mí. La música que yo solía reproducirle, por ejemplo.

Sé, por un artículo autobiográfico que mi amo publicó en una revista digital, que al ver de niño los murales en que Diego Rivera dejó plasmado el esplendor de Tenochtitlan, quiso saber todo sobre los antiguos mexicanos. Cuando años más tarde volvía a ver los murales de Diego Rivera o leía alguna descripción sobre la laguna de Texcoco, el bullicioso y colorido mercado, los volcanes nevados, el cielo azul y el aire cristalino de ese entonces, le parecía escuchar, en el fondo de su corazón, el soplo milenario de un atecocolli, de un caracol de mar. En ciertas ocasiones no sólo le parecía escucharlo, sino que en efecto lo escuchaba, en sus audífonos, mientras trabajaba en sus proyectos y yo reproducía el disco compacto que él compró en la tienda del Museo Nacional de Antropología a ciento veinte pesos, el treinta por ciento de los cuales se fue, como aseguraba el folleto, al financiamiento de un programa social para la integración de los pueblos originarios.

Otro ejemplo: el hecho de que me bajara a la cocina todas las noches. El señor Becerra es muy limpio y en su estudio no consume ni un chicle. Pero su ínclito magín es una fábrica inagotable que funciona a todas horas, y es así que durante la cena en la cocina no dejaba de teclear, con mucho cuidado de no ensuciarme, interesantísimas observaciones sobre la Triple Alianza o los cuatro Tezcatlipocas. Con un amo así, una se quebraría el lomo gustosa, incluso a riesgo de que una gota de capolchichic, de café, o de hueyxolomolli, de molito de guajolote, llegara a mancharme la pantalla. Y vaya que trabajaba duro, a veces ocho, doce horas al día, pero siempre con la certeza de que todos mis sudores se encaminaban a un objetivo mayor: la revalorización de las raíces y el glorioso pasado de México. Los frailes españoles no cejaron en lo que ellos suponían la salvación de las almas de los indígenas; el señor Becerra y una humilde servidora trabajábamos diaria e infatigablemente en el rescate de su dignidad.

Nada me conmovía tanto como atestiguar que el respeto que le merecían los aztecas como civilización también se lo inspiraba una mujer indígena de carne y hueso. Mi amo era cortés en sumo grado al pedirle a Xóchitl que le sirviera otro vaso de agua de limón o que le recalentara la carne. Ahora bien, la cortesía no debe confundirse con la debilidad de carácter: nunca, en los pasajes más difíciles de su trabajo, sucumbió a la tentación de hacerle conversación o de preguntarle sobre su pueblo, pues bien sabía que una pequeña pregunta habría bastado para que Xóchitl se soltara hablando cuatro horas. ¿Y cómo iba a permitirse una distracción, teniendo asuntos tan importantes que atender? El señor Becerra posee una voluntad de acero.

De acero, pero no es un fanático cascarrabias a la manera de Beethoven. La hora de la cena en la cocina, cuando Xóchitl veía la tele y el señor Becerra continuaba la elaboración de sus escritos entre bocado y bocado, podía catalogarse como una situación amena. Y eso que, con la calidad de los programas que Xóchitl veía, una a veces quería romper la tele a martillazos. Puede ser que a esa altura de la noche yo ya estuviera un poco irritable, con eso de que el señor Becerra y yo habíamos picado piedra todo el día. Ambos mostraban un semblante de paz. El señor Becerra murmuraba cosas, probablemente el nombre de algún tlahtoani, y en la pasión que le causaba el estudio su rostro se encendía y su quijada se apretaba. Nunca se importunaban, al menos de que fuese absolutamente necesario:

—Recuérdame dejarte el dinero para el gas. Por cierto, ¿Frijol volvió a hacer aguado?

Habiendo dicho lo cual, el señor Becerra regresaba a la importancia de revalorar las raíces y el glorioso pasado mexicano, de poner en alto la dignidad de los pueblos indígenas. Su concentración era digna de respeto. Me daba la impresión de que en esos momentos a mi amo lo protegía una burbuja hermética a la que Xóchitl no podía acceder. Era impresionante: mi amo no le dirigía ni una mirada, aun cuando, por lo que yo alcanzaba a oír desde su estudio, era lógico que la sirvienta traía locos al jardinero y al chofer. Y Xóchitl, por su parte, quedando fuera de esta burbuja, seguía viendo sus telenovelas, muy concentrada también, aunque dudo que entendiera mucho de lo que allí se dice.

Xóchitl nació en Puebla, en el municipio de Tlacotepec. Vive en el Estado de México. Su lengua materna es el náhuatl, y no habla mucho español. Es bonita, y la verdad es que hace honor a su nombre. A veces, cuando al amo lo visitaba su hermana, ellas platicaban un rato mientras el señor seguía ensimismado en su proyectos. De allí aprendí algunas cosas sobre su infancia, las hambres que pasó, lo mucho que quería conocer la playa. Cosas interesantes desde un punto de vista antropológico, si queremos llamarlo así, pero por las que no valía la pena distraerse cuando nos ocupaban tareas de tanto peso.

Y esto no ocurría sólo en la cocina. Era frecuente que mi amo me dejara prendida en el estudio mientras bajaba por un café o sacaba a Frijol al jardín. Entonces yo podía escuchar todo lo que pasaba en la casa. Podía seguir a mi amo con los oídos, y también me daba cuenta, por ejemplo, si Xóchitl estaba barriendo la sala o trapeando el comedor. Si mi amo estaba hojeando un libro en la biblioteca al tiempo que Xóchitl limpiaba los estantes, mi amo no rompía el hilo reflexivo que había dejado pendiente en mi pantalla, permitiendo que las anécdotas de Xóchitl invadieran su cabeza. Un silencio sepulcral llenaba la casa.

Una de las pocas veces en que mi amo relajaba la disciplina era al escuchar su disco de atecocolli. El doctor Becerra solía trabajar sin distractores, pero había momentos en que le daba play a su grabación favorita y subía el volumen a todo. Los nahuas creen en la depuración del espíritu por medio de una abstinencia rigurosa de estímulos sensoriales superfluos, y mi amo se adhiere, no hace falta decirlo, a los preceptos médicos y espirituales de los mexicanos. Por otra parte, el señor Becerra ha manifestado en muchas ocasiones su admiración por la retórica de Bernal Díaz del Castillo, sobre todo en el empleo que hace del precepto renacentista del instruir deleitando, muy presente, según él, en los momentos chuscos que decoran la obra del cronista militar. Con base en esto yo deduzco que si esporádicos deleiteshacen la lectura más amena, lo mismo puede aplicarse al acto de escribir. Mi amo, aunque muy disciplinado y constante, no es inflexible.

Lo del disco sólo llegaba a ocurrir entre semana, casi siempre por la tarde, y coincidía, no sé por qué, con el momento en el que el mozo de la casa doce venía a pedirle un limón a Xóchitl; aprovechando la visita, se ponían al corriente. Itzcóatl es de Hidalgo. Habla una variante del náhuatl distinta a la de Xóchitl. (Lo sé por los estudios detalladísimos que mi amo ha hecho de todas las variantes del idioma mexicano). Aunque con dificultades, lograban entenderse, y cuando no, los equívocos sólo eran razón para romper en risas. Las risas en ocasiones llegaban desde el cuchitril de Xóchitl en la azotea, cuando hablaba con su primo por el celular. Entonces el señor también ponía el disco y subía el volumen. Mi conclusión, partiendo de las palabras laudatorias que mi amo le ofrenda en sus escritos a la grandeza mexicana, es que oír a Xóchitl hablando en mexicano le inspiraba visiones de un pasado esplendoroso que era imperativo ambientar con el sonido milenario del atecocolli. El modo en que su rostro se encendía, cerraba los ojos, se mesaba la barba y murmuraba probablemente versos de Nezahualcóyotl, mientras la músicasonaba fuerte en sus oídos, no me deja ninguna duda de que entonces experimentaba una pasión sin límites por México.

No sé por qué los fines de semana, cuando la casa estaba sola, nunca escribía con música de fondo.



La otra diferencia entre Frijol y yo es que yo no cago, y eso me convierte en un objeto susceptible al robo. Es una simple hipótesis. Hago la advertencia en caso de que en poco tiempo me halle dormida bajo la anestesia inducida por usted, señor técnico, y usted, señor técnico, leyendo esta carta ubicada en un documento Word y dirigida precisamente a sus ojos, me acuse de discriminación. Lo cierto es que ya el señor le había comentado a su hermana, un sábado que lo visitó, que tenía la sospecha de que Xóchitl se quedaba con parte de la despensa. Su hermana le dijo que no fuera así. «¿Así cómo?», me pregunté. Nunca he podido deducir a qué se refería la señorita Becerra.

Pero me estoy adelantando. Es difícil acertar en dónde estoy ahora. Mi presente es un abismo ciego y sordo. He dicho en anteriores párrafos que, cuando mi amo me dejaba prendida, yo podía escuchar todo lo que pasaba en la casa. Esta afirmación era válida siempre y cuando mi ahorrador de energía no se activase, porque tan pronto como esto sucede, yo me quedo en una celda oscura, sin posibilidad de recibir estímulos del exterior, aunque mi cerebro aún siga funcionando y pueda, como lo demuestra este escrito, desarrollar pensamientos en documentos escondidos que sólo un hacker o usted, señor técnico, podría hallar. Lo mismo ocurre cuando estoy apagada.

Antes de que se activara el ahorrador de energía, el señor Becerra había estado analizando el video de un artista pop en You Tube. La canción se llama «Malinalxóchitl» y va sobre una hechicera que encanta computadoras, celulares y electrodomésticos para que electrocuten a sus enemigas. Mi amo quería estudiar la influencia de la mitología mexica en la cultura popular de nuestros tiempos. Estábamos en la sala, en uno de los sillones. Y lo diré con todas sus letras: en el video sale un tostador con un cuerpazo… Este galán sólo aparece durante cuatro o cinco segundos, de modo que, cautivada por su musculatura y sus facciones, no hallé mejor recurso para no dejar de verlo que fingir un fallo en el sistema y regresar a la misma toma una y otra vez. El señor Becerra cliqueaba el botón de refresco como loco, pero yo seguía en lo mío.

Hay que decirlo también: con el doctor Becerra, aparte de la música de atecocolli, eran pocos los momentos en que una podía echar relajo. Y no sé qué me entró ese día, que me puse a repetir la toma del tostador, dale que dale, como disco rayado. No fue sino hasta el quinto minuto de lo mismo que el señor Becerra se paró y salió de la sala.

¿Qué pasó después? Seguí viendo el video, es decir, la toma donde sale el tostador. He dicho que el señor Becerra, con lo que tiene de constante y disciplinado, se da sus apapachos una que otra vez. Pero sólo en lo que a él respecta. Porque, sin ánimo de berrear, nosotras, a diferencia de las miles de Xochimeh —plural de Xóchitl— que hay en todo el país, no tenemos derechos. Una vez que te han comprado, las personas pueden hacer contigo lo que se les antoje. Te pueden quemar viva, si ése es su capricho, y nadie les va a decir nada. Según la hermana del señor Becerra, la situación de Xóchitl no es justa, e insiste en que por lo menos debería tener contrato. Lo que se le olvida a la señorita Becerra es que Xóchitl tiene dos piernas y puede cambiar de casa cuando quiera, o quejarse con alguien si algo llegara a pasar, que lo dudo porque mi amo es un caballero. Además de todo, come bien, tiene agua caliente, su cuchitril en la azotea no debe de ser muy frío, Frijol y mi amo son muy limpios, los miércoles se le da una salida al súper, y tiene todo el fin de semana para descansar en su casita en el Estado de México. Pero yo sólo cambio de lugar cuando me mueven, y si escribiera una carta similar a ésta, pero dirigida a la SOFADEC (Sociedad en Favor de los Derechos de las Computadoras), en la que externara mi inconformidad por el exceso de trabajo que se me hubiera impuesto, sería, señor técnico, como gritarle a la pared, primero, porque la SOFADEC no existe, y segundo, porque las computadoras somos peores que esclavas.

En fin. Trabajaba duro, señor técnico. Siempre, claro está, con el objetivo mayor de servir a los indígenas, a gente como Xóchitl. Hacía de tripas corazón. Pero la disciplina había sufrido una fisura, y todas las aguas contenidas durante ocho años se desbordaron. No me justifico. Sé que estuvo mal. Simplemente pasó. Y de repente, negro. Como estoy ahora. Negro, pero consciente. No sé cuánto tiempo llevo así. Puede que haya pasado una semana, o un mes, o varios. Y sigo sin saber en qué lugar me encuentro y por qué no me han prendido.

¿Acaso Xóchitl me llevó a su casita en el Estado de México? ¿O al señor Becerra se le ha olvidado que me dejó en la sala? ¿O acaso, y me da terror de sólo imaginarlo, acaso me ha tirado a la basura?

En cuanto a la primera pregunta, la verdad es que lo veo poco probable. No dudo en la palabra del señor Becerra al afirmar que Xóchitl se quedaba con parte de la despensa, porque una inteligencia como la de mi amo, capaz de entender la lengua mexicana, que tan complicada es con eso de las aglutinaciones y los prefijos sujeto y objeto, no podría juzgar mal a una joven que, venida del campo, seguramente caería en la tentación de acrecentar su capitalito pellizcando un poco por aquí, otro tanto por allá. Ahorita podría estar rezándole a los santos para que le den la contraseña que sirve para acceder a mí. Pero, la verdad de las cosas, no creo que Xóchitl sea culpable. ¿Cuánto podría sacarle a una computadora con ocho años de antigüedad comparado con lo que podría obtener de los collares de turquesa que mi amo exhibe sobre repisas de vidrio en la sala, a la vista y al alcance de todos? Ojo, no estoy diciendo que yo esté vieja. Lo que es un hecho es que los aparatos electrónicos nos devaluamos a una velocidad impresionante. Y si de arriesgarse se trataba, que fuera por algo que en verdad le deje.

La segunda teoría es más verosímil, porque al señor Becerra, aficionadísimo al trabajo, le gustaba traerme de aquí para allá, y no era raro oírlo preguntarle a Xóchitl si no me había visto, estando yo debajo de un suéter y a cuatro metros de él o, como le llegó a pasar un día en que por fortuna no llovió, en el jardín, donde había salido a tomar un poco de aire. Xóchitl lo ayudaba a buscarme y, cuando retiraba el cojín y aparecía yo, le decía al señor Becerra que un día se le iba a olvidar la cabeza. El señor Becerra se reía y, alejándose, murmuraba afablemente vocablos que parecían pertenecer al francés. Y yo pensaba que Xóchitl debía de haber sufrido una contusión, porque una persona no puede extraviar una parte de su cuerpo. La sudadera sí, como la vez en que el señor Becerra se pasó horas buscándola sin darse cuenta de que la traía amarrada a la cintura. Dos días después se metió a la regadera con los anteojos puestos, como lo confesó en Facebook. A Frijol una vez lo dejó en la azotea cuando fue a checar el gas.

Y en cuanto a la tercera pregunta… No soy nueva ni mucho menos. Fui comprada hace ocho años. Eso, para nosotras, son siglos. No porque no seamos duraderas. En lo que atañe a mi compañía, nos hacen resistentes, y en mi caso, el señor Becerra, con todo y que me usaba de mañana y de noche, me ha dado un trato ejemplar. Lo que pasa es que la mercadotecnia le vende al público la idea de que somos desechables. Cada año salen nuevos modelos. Te tienes que estar actualizando cada mes. La publicidad es terrible: te quieren hacer creer que las máquinas de este año son muchísimo mejores que las de hace dos. Todo depende del uso que se nos dé. Cuando tienes un amo como el señor Becerra, que te respeta, que te cuida bien y que no fuerza tu memoria con juegos estúpidos de alienígenas, aun cuando te baje todas las noches a la cocina porque no puede dejar de parir conceptos elevados, entonces no hay necesidad de estar comprando nuevos equipos.

Pero enseguida reflexioné. Conociendo al señor Becerra, de haber sospechado que algo andaba mal con mi sistema seguramente me habría llevado a arreglar antes de botarme. Es por eso, señor técnico, comoquiera que se llame, que me dirijo a usted, con la esperanza de que, de validarse esta hipótesis, no realice intervenciones quirúrgicas innecesarias y sepa que el aparente fallo fue sólo un momento de debilidad propiciado, si así quiere verlo, por la ardua disciplina a que diariamente me sometía mi amo en la persecución de un noble intento: restablecer la dignidad de los pueblos indígenas y revalorar la historia de nuestro país…

¿O será que Xóchitl, en un retorno a los ritos sangrientos de sus antepasados, ha drogado al señor Becerra, lo ha subido a su cuchitril y, arrancándole el corazón con el cuchillo para carne, ha hecho rodar su cuerpo por la escalera de servicio?

 


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Rodolfo Ruiz Vázquez (Ciudad de México, 1987). Estudió algunos semestres de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Escribe relatos y novelas. En 2011 ganó el segundo lugar en la categoría de Crónica en el Concurso 42 de la revista Punto de partida.