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CUENTO / Febrero-marzo 2018 / No. 72
Los viejos se mudan
 





Mamá era la única contenta. Siempre quiso una piscina en casa, del tamaño que fuera, siempre y cuando el agua le diera a la cintura. Ahora iba a gozar de una en el nuevo hogar, aunque estaba consciente de que debía compartirla. En cambio mi padre se resistía, le preocupaba el dolor de su columna. Tenía años batallando contra algo que sabía de sobra que ya estaba perdido. Cada día le costaba caminar mejor o levantarse. Ya no se podía agachar cuando una moneda o cualquier cosa se le resbalaban de las manos. Estaba cansado, muy viejo. En el camino me preguntó varias veces qué iba a pasar si el dolor le reaparecía durante la madrugada, su mayor terror en la vida. No le vi caso responderle entonces.

Pensé animarlos en el trayecto: viajar horas en carretera resulta a menudo fastidioso. Llevé un disco con algunas de sus canciones favoritas. Parecían contentos. Tararearon un par de canciones y luego mi madre comenzó con un dolor de cabeza insoportable, así que tuve que bajar todo el volumen. Traté de hablar con mi padre sobre los dos volcanes que íbamos a toparnos: cumbres apagadas, nevadas cuando venía el invierno. A mí padre le encantaban los volcanes soñolientos y misteriosos. Pero no tuve éxito. Viajaba muy desanimado. Nos fuimos callados el resto del camino, los tres. Pronto atravesamos la llanura verde para toparnos con algo más verde y así hasta que perdimos la cuenta de cuántos verdes hay en un bosque. Comenzó el frío. Vimos, entonces, la casa. Blanca y redonda como una gran dona. Nadie se hubiera atrevido a negarle su encanto.

Mi madre decía siempre que los hijos estábamos a préstamo y metía a Dios como su prestamista estrella. En cambio, mi viejo exponía otra opinión al respecto. En el último año discutimos acaloradamente la situación. Yo estaba a punto de casarme, después de cinco décadas de soltería y rumor. Me mudaría con mi mujer a otra ciudad y ellos se quedarían solos. Una alternativa era llevarlos con nosotros a Sacramento y buscarles una casa cómoda. Pero no pude encontrar una que le agradara a mi madre. Le gustaba Casa Madero porque años atrás fue benefactora del hogar. Entretenía a los viejitos que vivían ahí llevándoles una obra de teatro de la compañía que dirigía. Siempre regresaba a casa motivada por el sitio. Cuando llegó el momento de tomar una decisión sobre su futuro, ella también se decidió por mi padre. Eligió Casa Madero porque tenía recámaras limpias y una alberca techada con agua templada. Mi padre no se negó a ir, pero nunca estuvo contento. Él es de esos hombres comunes que no pueden disimular su enfado cuando algo los está haciendo sufrir.

Casa Madero era espectacular. Tenía un jardín en el centro, arbolado y espacioso, también un kiosco de cantera en miniatura copiado de algún lado. Estaba bien iluminado y los viejos organizaban un coctel un día a la semana. Podían beber moderadamente y bailar danzón o cualquier cosa tranquila entre sus adoquines. ¿En serio no te da gusto, padre? El viejo guardaba silencio, se ponía cada vez más tenso. Yo había pecado de inconsciente, apenas si podía andar el pobre, acepté que me recriminara lo del baile. Ya con la disculpa ofrecida, nos trasladamos a la alberca con el fin de que se le compusiera el ánimo. Era todo un caso. Se negó a usar la silla de ruedas y prefirió sentarse en una de las bancas del jardín. Lucía preocupado.

Alquilar en Casa Madero costaba, pero eran tiempos en que podía pagar la estancia sin problema. Un grupo de ancianos vinieron a saludarnos en cuanto lo vieron posible. Se veía que eran gente de buena entraña. Las mujeres fueron muy amables con mi madre. Ella también es encantadora cuando se lo propone. Mi padre seguía postrado en la banca, alejado. Contemplaba el cielo, luego distraía su mirada en otro lado y perdía los ojos entre los arbustos y la hilera de pinos que no acababa. No quería presionarlo, me dolía en el alma la separación, pero era cosa inevitable. Me senté junto a él, quise intentar una charla. Tarde o temprano íbamos a despedirnos:

—Padre, yo no voy a abandonarlos. No sabe lo bien que van a tratarlo.

—Este lugar no me gusta. Hay unos hombrecillos escondidos detrás de aquellos árboles.

—En un mes voy a regresar. Viene Lourdes también.

—Esa cretina, bah.

—Padre, no empecemos. Quiero que se quede tranquilo.

—¿Qué hay de mi espalda? ¿Qué hay de esos hombrecillos?

—No pasará nada. Aquí hay médicos, enfermeras. Está mi madre.

—Tu madre es una vieja.

—Usted también, por eso estarán mejor juntos. Ayudándose.

—Entonces vete si ya lo decidiste.

—Lo quiero, padre.

—Anda, vete.

Me levanté de la banca sin ánimo de hacer más difícil la separación. No me despedí de mi madre porque así lo habíamos acordado. Volvería en un par de meses para visitarlos, ahora no valía la pena dramatizar la situación. Seguramente a esas alturas la estancia en la casa les habría sentado muy bien. Subí al auto y puse nuevamente el disco de las canciones favoritas. Eran buenas canciones. De niño las escuchaba casi a diario y había aprendido a quererlas, me hacían recordar a los viejos. Cuando abrieron la verja, mi padre seguía mirándome desde la banca del jardín. Yo estaba viéndolo desde el retrovisor del auto. Aceleré lento para que sintiera mi cuidado. Luego pasó eso que no podría creerme nadie. De reojo vi que unos hombrecillos diminutos se escondían en los árboles: entre sus troncos y sus altos follajes. El corazón me latió fuerte, pero me convencí de que mi padre me había sugestionado. Pasé el camino con el corazón hecho un tambor y llegué al entronque de la carretera. Ahí entró una llamada a mi teléfono móvil. Era de Casa Madero, mi padre quería hablar conmigo:

—¿Todo bien, padre?

—Sí, aunque quiero decirte que me pegó el dolor de espalda cuando quise levantarme, pero una señorita me dio una pastilla y se calmó. La casa es cómoda. Tengo una cama grande. Una mujer vendrá a darme masaje.

—No sabe el gusto que me da. Me alegro, papá.

—Ve tranquilo, a mí también me asustaron. Los vi desde que íbamos entrando por la verja. No son pocos. ¿Cómo pueden escalar tan alto? ¿Viste que sonríen?

—De qué habla, padre. No me sugestione.

—Olvídalo, son inofensivos. Maneja con cuidado. Salúdame a Lourdes. Te quiero, hijo.

—Yo a ti, padre. Hasta pronto.

—Hasta pronto.

Después colgamos y me quedé pensando, tan profundamente como pocas veces. Bajé los cristales del auto y el viento entró durísimo y helado golpeándome los ojos. Se me llenaron de lágrimas que parecían cristales. Atravesé el camino entre el terror y la esperanza, sólo Dios sabe cuánta dicha y miedo sentí a la vez.

 


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Diego Armando Arellano (Ciudad Guzmán, Jalisco, 1984) Periodista y docente. Ha escrito cuentos, crónicas, así como entrevistas para diversas publicaciones en México, entre las que destacan: La jornada semanal, Punto en línea, Luvina, Cuadrivio, La rabia del axolotl, Ecos de la costa, El comentario, entre otras. Actualmente es profesor de redacción y literatura.