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CRÓNICA / No. 70-71
Historia de los peces tristes



This is how the Great Khan came by
these relics you have Heard about

Marco Polo


Tiananmen 天安门

En diciembre los rusos se fueron, incluyendo a Veronika, mi compañera de cuarto, quien regresó a Moscú hace tan sólo una semana. Uno por uno desaparecieron dejando pequeños rastros a su partida. Una de ellos, Victoria, se fue dejándome una edición en inglés de Los hermanos Karamazov, con una dedicatoria donde se lee: “Para aquellos que necesiten un pedazo de eternidad.” Tal vez es eso lo que necesito. El libro descansa en el alféizar de mi ventana, esperando nuestro último traslado. Ahora me doy cuenta de que quisiera haber tenido una planta en mi habitación como fiel compañera hasta el día de mi partida.

He vuelto a Tiananmen en repetidas ocasiones en el lapso de una semana. Es aquí donde comienzan y terminan las historias. Vine a ver a Mao específicamente, su cadáver preservado, lo que queda de él. Veronika dice que Lenin debería estar enterrado, que es mucho más que una atracción o, como yo le llamo, un souvenir comunista. Mao es eso hoy en día: un imán que adorna mi refrigerador. Para usos imprácticos, me atiborré de recuerditos que contienen las fotografías más usadas de la cara del chairman: el colguije chino con hilos rojos, la caja de cigarros de metal con una de sus fotografías, un reloj de bolsillo, el imán del refrigerador, la taza y, por supuesto, el famoso libro de citas del presidente Mao.

El chico japonés con quien fui a ver al chairman desistió de entrar pues, como parte del protocolo de acceso, necesitaba tirar su encendedor en los arcos de seguridad. Yo continué el camino, pasé por los arcos de seguridad y salí al umbral del recinto, donde un hombre vendía flores blancas por tres yuanes. Decidí realizar todo el ritual y compré un ramo aun sabiendo que mi manojo sería revendido a la mañana siguiente, si es que los pétalos preservaban su color. Mientras subía las escaleras rojas para internarme en el mausoleo pensaba hasta dónde me había llevado esta persecución del comunismo. Al entrar, una estatua blanca me esperaba: era Mao sentado, mirando a todos los pedestres que caminábamos hasta su último santuario. Dejé las flores blancas frente a él, lo observé durante unos segundos y continué sobre el corredor.

Y ahí estaba.

Era un Mao muerto y envejecido, arropado con una bandera roja de terciopelo oscurecido que ostentaba la hoz y el martillo en un amarillo vivo y delicado. Era el gran hombre que había liderado la Larga Marcha, el hombre del Gran Salto Adelante, el hombre del Gran Salto Atrás, el hombre que en 1949 había proclamado el inicio de la República Popular China.  Pude ver, de costado, su distintiva verruga. Me detuve unos segundos, mas un policía me pidió que avanzara. Continué sobre el camino alfombrado y salí del mausoleo. Nunca me había sentido más irrelevante. La historia de los grandes hombres me había cobijado bajo aquella heterotopía de mármol. Pero mi instinto me habló claro y sonoro en ese momento, y supe lo que tenía que hacer: volví a la fila para entrar al mausoleo una segunda y última vez.

 


 


Fata Morgana

Xi’an y Beijing poseen el viejo artilugio de aparecer y desaparecer. Podríamos llamarlas Fatas Morganas, mas no debido a la niebla, sino a la contaminación que las ahoga. Los edificios aparecen y desaparecen como espejismos entre las calles chinas. El espectador no logra discernir si lo que contempla son rascacielos y multifamiliares o los espectros de las dinastías medievales que nos reprochan el presente.



18 de octubre de 2016


Apunto en mi libreta: atrapados en el trafico pekinés, en el kilómetro 106, una música china suena de fondo y nos acompaña junto con esta bandada de automóviles que busca, desesperada, un punto de fuga fuera de la urbe. Hay fiesta nacional y, por qué no, se nos ocurrió desplazarnos 1075 kilómetros en automóvil. Vamos rumbo a Xi’an. Partimos una noche de la semana dorada, esas irónicas vacaciones en las que los chinos festejan, a través de un capitalismo despiadado, la conmemoración de la República Popular China. Bajamos de la camioneta a fumar, el cielo se muestra incapaz de revelarse: un cúmulo de contaminación se mueve a nuestro lado como una neblina intentando retenernos, fungiendo como nuestro memento mori.

El grupo que viaja en la combi está compuesto por cuatro chinos, tres croatas, un checo, cinco alemanes, dos rusas y cuatro mexicanos. Albertina, la señora croata de la combi, me cuenta brevemente, en una estación de servicio de Xi’an, cómo conoció a su esposo una tarde lluviosa de 1992. Ambos se encontraban en medio de una protesta en contra de la guerra de Croacia. Su esposo, en aquel entonces un refugiado serbio, iba acompañado de sus camaradas. En un principio, Albertina les ofreció refugio bajo su paraguas. Varios aceptaron y comenzaron una amistosa conversación. El hombre que sería su esposo le dijo que ella podría platicar con los demás, pero ellos dos compartirían más que simples palabras. Ahora, mientras tratamos de sobreponernos a las oleadas de calor en esta eterna carretera, pienso en la fisonomía de su semblante envejecido, lo observo leer apaciblemente a Ivan Lovrenović junto a una de las pocas ventanas de la camioneta.


Call me Jasmine

Hoy me bautizaron. Antes de que me hubiera dado a la tarea de desentrañar el porqué de los fonemas orientales, recibí mi nombre chino por azares del destino. Nada sabía de las razones por las que los chinos otorgan nombres orientales a los extranjeros que estaremos tan sólo unos cuantos meses en este país extravagante; sin embargo, al andar por las calles y realizar transacciones, comprendí la necesidad de adquirir fonemas que permiten una vida más llevadera dentro de una lengua que difícilmente capta ciertos sonidos occidentales. En fin. Mi nombre chino es Mòlì, significa jazmín. Para llegar a él pasé por un pequeño interrogatorio. La señora que me bautizó, mi profesora de mandarín (o la lengua del Han) me preguntó por mis gustos orientales esenciales. Le respondí escuetamente: me gusta el té de jazmín y Mo Yan. Me dijo que pensaría en un nombre. Al regresar del descanso me indicó, con un gesto delicado, que me acercara; acto seguido, me mostró los caracteres de mi nuevo nombre: 莫莉. Me dijo que había decidido cambiar el primero por uno que representaba el apellido de una familia china. Sin embargo, fonéticamente hablando, mi nombre es Jazmín. Jamás imaginé tener una nueva palabra que me designara, una oportunidad emergente por intentar disociarme entre las mujeres orientales.


Blair

11: 40 pm. Chengdu, provincia de Sichuan. Unos irlandeses gastan sus noches inhalando enervantes en un bar neón ubicado en un dieciseisavo piso. De fondo suena el hit chino de los Chopstick Brothers: Xiaopingguo. Uno de ellos, Blair, un chico de Newcastle, había sufrido un accidente en motocicleta mientras manejaba en estado de ebriedad. Al parecer, iría a la cárcel china. Todo esto fue relatado con perfecta dicción por el protagonista de la historia, sin embargo, mis ojos distraídos lo dejaron por unos segundos, y cuando regresaron a mi interlocutor, éste se hallaba tirado en el piso, echando espuma por la boca. Aquella decadente escena me indicó que era momento de partir, y al día siguiente abandoné la ciudad para trasladarme a Leshán, donde el buda gigante de la dinastía Tang me esperaba sentado en su montaña.


*


A mi lado se alzan imponentes los condominios de Leshán. No puedo culparlos, yo estoy en uno de ellos. En un dieciochoavo piso, oscuro y solitario, se esconde un departamento acondicionado para hospedar huéspedes ocasionales que peregrinan hasta esta ciudad para ver al inmenso buda que, en teoría, apaciguó las aguas antaño salvajes del río que corre frente a él. En efecto, el buda logró su cometido místico debido a que el restamadral de piedras que extrajeron de la montaña lo arrojaron al río, reduciendo su profundidad. Bajé al lobby del edificio y ahí encontré un gato lisiado y tuerto. Se había batido en duelo con una paloma que, vicotoriosa, logró arrancarle uno de los ojos. A veces China se convertía en una historia propia del Gótico Sureño Norteamericano, con las abuelas enfundadas en sus ropajes de terciopelo mientras transitan las avenidas sentadas sobre sillones atados a las cajuelas de las pickups.


*


El tren se propulsa veloz como un rojo dragón a través de las llanuras chinas pobladas por grupúsculos de condominios. Vine al sur a observar las montañas, los ríos, las linternas rojas, los campos de arroz. ¿Por qué insisten en cerrar las cortinas del tren?


Zevik

Zevik, el judío israelí que habita en el mismo hostal que yo en Chengdu, tiene cuarenta años faciales. Su único interés son las motocicletas y todo lo relativo a ellas. Cree fervientemente que Obama es musulmán. Tiene velas de Hanukkah en su habitación y no mezcla la carne con el queso. Alguna vez leyó fragmentos de la Torá, y tiende a descartar los argumentos de terceros con un “I don’t care about that” y es cierto; nunca dudé de su total desinterés.


Haidian

Un hombre toca una triste melodía bajo un paso a desnivel. Su pianola se detiene y comienza a reír mientras sus brazos intentan asirse una vez más al pequeño instrumento musical. Mientras tanto, una charola vacía descansa frente a él, esperando que algún estudiante extranjero se apiade de su condición. Beijing era eso, una unión dispar de elementos que ya conocía, pero que hasta ahora no había vislumbrado en conjunto. Cuando nuestros ojos se encontraron, el hombre dejó de tocar. Al término de unos días renuncié a la expectativa de volver a encontrarlo sentado en el paso subterráneo que conecta los campus de la Universidad de Estudios Foráneos de Beijing; un corredor que, con el paso de las semanas, tendría nuevas personas en su interior, incluyendo a dos cantantes de ópera un miércoles por la madrugada.


Diálogo sobre la marea

9:00 pm. Mongolia Interior. Año nuevo chino: todo está cerrado. Temperatura: -24°C. Estoy en un taxi con Michael, envuelta en una chamarra demacrada en contraste con mi gruesa bufanda. Las calles vacías están parchadas con pedazos de nieve sucia aquí y allá. Estamos en una misión: nos dirigimos a Wanda, el centro comercial más cercano, para cenar en un McDonald’s.

No queremos volver al frío departamento en el que nos dedicaremos a fumar y ver películas hasta quedarnos dormidos en sillones separados. La renuencia es tácita.


*


—Sabes, está este hombre que fue muy famoso en la Edad Media, no sé si hayas escuchado hablar de él. Se llamaba Galileo Galilei —le digo.

Michael se ríe en el sofá, sus ojos también ríen. Con cariño, empuja mi hombro mientras sus ojos bermejos se contraen como si ellos mismos fueran un universo.

—No hubo tal hombre. Rechazo su existencia. Niego sus principios —responde sardónicamente.

—¿Entonces eres tolemaico? —pregunto.

—Deja de mentirme —dice Michael. Sus ojos resguardan los riesgos que deseo. Nuestras sonrisas han revelado más de lo que hubiéramos querido. Estamos atrapados en el paradigma del movimiento. El sol invernal resalta algunos detalles inertes en la angosta sala; todo luce descuidado. La vida sedentaria de Michael me inquieta. Antes de venir a Mongolia asumía que su trajín consistía en un entusiasmo inagotable aunado a una serie de desplazamientos histriónicos alrededor de la ciudad. Pero ahora, tirado en un viejo sillón, los hechos probaban lo contrario.

—Eres buena contando historias —dice él.

—No lo soy —le respondo mientras lo miro.

Michael ríe y continúa viendo Sin aliento, de Godard. Su falta de interés contiene la implicación de un desaliento más profundo. Mis ojos lo miran de vez en cuando, pero él se mantiene completamente embelesado por las imágenes en blanco y negro

—He estado cada vez más deprimido en este apartamento de mierda. Todo el mundo se ha ido y afuera está frío como la mierda —dice Michael sin dejar de ver la pantalla. Hace una pausa y por fin se vuelve a mirarme mientras levanta la mano derecha para tocarse la nuca. Ya había visto su profundo corte debajo del pulgar, pero no me había atrevido a preguntarle. —¿Ves esto? —inquiere al advertir mi mirada— Me metí en una pelea mientras estaba borracho en un club hace algunas noches. Este hijo de puta se me acercó y me empujó contra una pared. No recuerdo muy bien lo que sucedió después, estaba deshecho y drogado. —Decido no responder, pues sé que la persona que conocí viajando es una memoria que ha quedado anclada a los acantilados de Leshán, al río otrora turbulento que corre frente a sus montañas.

—Lamento no haber sido cariñoso últimamente —dice.

—Está bien.

—No sé, desde que Jess se fue no he podido hacer mucho.

—Yo también la extraño.

Silencio.

—El otro día mataron a un cerdo en la sala de estar, ya sabes, mis vecinos —dice Michael.

—Pero ¿no se han ido todos? —pregunto.

—No los chinos. Ellos siguen aquí; lo hicieron para el Año Nuevo. Vinieron algunos parientes de visita.

—¿Viste cómo murió?

—No, yo estaba regresando y ellos tenían la puerta abierta. El cerdo estaba tirado en el suelo y había algo de sangre en la alfombra. En cuanto me vieron, hablaron en chino y una niña cerró la puerta. A veces no los entiendo, a los chinos, me refiero. O están locos de mierda o su sentido común está totalmente torcido.


*


Llegamos al McDonald’s. Yo pido un Mac Trío, él pide dos. Ambos estamos confinados por las circunstancias. La última vez me llevó a Wang Pang; Wang el gordo. Sus comentarios parecen graciosos a veces, pero hay una soledad que nos separa. Tal vez es la cocacola diluida en agua, postrada inerte entre nosotros. Él vacila. Mira constantemente por la ventana, como si buscara a alguien o algo, en lugar de interactuar con la situación en la que se ha metido. Hemos estado comiendo esta comida chatarra durante los últimos dos días. Realmente no podría decir él está ansioso por mi partida, tal vez yo también anhelo dejar este lugar como mi última enmienda en este otro paralelo del mundo.


*


El viento de Mongolia es despiadado. Y las noches no son diferentes. Tan pronto como entramos en el apartamento, mi pie se estrella con una lata vacía.

—Debería limpiar todo esto.

—No hace falta —respondo.

—Tal vez hoy podemos dormir en la cama.

No contesto. Sé que no lo haremos. Nos quedaremos despiertos hasta tarde quemando un poco de hierba, hablaremos minucias por un tiempo hasta que ambos estemos ebrios o con sueño, o ambas cosas, y acabaré durmiendo en el mismo sofá en el que he estado viviendo desde que llegué.

En el baño hay cucarachas mongolesas. Cada que entro descalza procuro no aplastarlas en su hábitat doméstico.


*


Salimos del McDonald’s y en los pasillos blancos tocan Going Home, de Kenny G. Es la melodía que indica el fin de las actividades por ese día. La canción está en toda China: en los centros comerciales, en el gimnasio de la universidad, en las cafeterías, en los supermercados, en los parques temáticos, en fin. Para mí, en cambio, es la balada de un viaje que concluye. Una balada quebrada, un aforismo extraviado. Banalidades. Banalidades del paraíso chino. Apagan las luces de algunos pasillos, casi todas, menos la que ilumina los peces en su hábitat de cristal como adorno en los corredores consumistas. En China los árboles también son esclavos, los hombres también sufren y los peces también viven aglomerados. Ellos se quedarán ahí, a pernoctar en sus aguas neón.

Esta noche yo también partiré. Entenderé, también, que las cosas acaban; sabré que los fríos vientos de Mongolia han congelado las promesas de Guilin. Tomaré un tren de regreso a Beijing, lloraré en el andén y en el asiento también. Pero antes de irme, te besaré torpemente, te diré que te vaya bien. Sentiremos el frío. Nos sitiará ese viento gélido que yaga la piel. No nos diremos nos volveremos a ver.


Zhongguo 中国

Un mosco asiático revolotea frente a mí; el proyector vibra y el aire acondicionado del salón no es suficiente. Escucho el sonido de mi respiración mientras pedaleo hacia adelante en la carretera de Tam Cốc. Una respiración pausada; sin aliento. Veo los cabellos largos y oscuros de las chicas asiáticas. Sus figuras esbeltas se pasean por la ciudad y sus pieles blancas, con tintes amarillos, combinan con la cadencia de luz de la tarde. Veo mi reflejo en los cilindros dorados que giran y giran en el templo de Dazhao en Hohhot, Mongolia Interior; Michael está a mi lado. Un hombre toma solitariamente una cerveza en las escaleras del dormitorio en Beijing, mira hacia el exterior a través de una pequeña ventana medio escondida entre los barrotes de la calefacción general. Otro hombre habla por celular en japonés a la mitad del pasillo y yo, sentada en el piso frente a las puertas amarillas de los cuartos, espero a que apaguen las luces del corredor, ligeramente adormilada por los efectos de un vaso de vodka. "¡Hasta siempre, comandante!", grita alguien en el corredor, parece ser que Fidel Castro ha muerto de una vez por todas. Las historias de los peces tristes no nos incumben, acontecen a oscuras en los recovecos de los corales, en la soledad de sus aguas neón.





 




Ilustración:
Jonathan Ogilvie http://es.freeimages.com/
susanne wunderlich http://es.freeimages.com/

Carla Moriana Delgado (Ciudad de México, 1993) Estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado en revistas como Círculo de Poesía, Tierra Adentro y Cuadrivio. Participó en el Festival Interfaz: Los Signos en Rotación 2015. Actualmente es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía. Blog: https://elcolornaranja.wordpress.com/.