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ENSAYO / No. 70-71
El gran esfuerzo de apoyar las nalgas (en el transporte público)



“Sentaos en nuestro banco”, fue dicho,
pero el banco que daban era una piedra
quemante; al sentarse en el banco,
se quemaron; verdaderamente se escurrieron
de aquel banco sin encontrar alivio: verdaderamente
se levantaron, aquel asiento les quemaba.
Popol Vuh


Más que una comodidad, ir sentado en el transporte público de la Ciudad de México puede representar el primero y/o último de los logros del día. El tener la fortuna —y pericia— de ocupar un asiento en el metro o metrobús es un acto de astucia que uno se pone como reto, es el suceso que determinará el estado de ánimo para el resto de la jornada o el humor con que se llegue a casa. Es probable que si alguien nota enojo o desgano en su compañero de oficina, en vez de preguntarle si se levantó con el pie izquierdo, le pregunte si le tocó ir parado en el metro.

Aunque muchos le achacan al destino o a la gracia divina el que se les presente una localidad vacía, los que tienen práctica en estas odiseas han aprendido que la experiencia la da el camino, y no hay metáfora en la frase. Alguien entendido en estos menesteres sabe que la competencia comienza en el andén; llevan las de perder los que, teniendo tiempo para caminar hacia los extremos, se quedan ahí luego, al bajar las escaleras, donde desemboca el pasillo o en el típico “abajo del reloj”.

Ya en alguna orilla, los novatos simplemente esperan el tren justo a la altura de alguna puerta del convoy que ha llegado en sentido opuesto. Los experimentados saben que eso muy rara vez funciona. En todo caso, éstos ya tienen las señas (un letrero, una mancha, un extintor) que les indican dónde va a quedar la puerta; están en ligas mayores los que a ojo de buen cubero detectan de inmediato la parte más desgastada del piso en la orilla del andén, pues saben que ahí es donde entran y salen cientos de zapatos al día.

Si se ha logrado entrar al vagón pero no hay asientos disponibles, viene la segunda prueba: calcular cuál butaca se va a desocupar primero para posicionarse en un sitio estratégico y poderla ganar. En automático se descartan lugares ocupados por personas que ya se acomodaron para completar sus horas de sueño o que de plano ya van roncando; ésas, aunque se tengan que bajar en la siguiente estación, seguro se irán hasta la última parada.

Lo demás dependerá de la línea en que se viaje. Por ejemplo, una opción muy concurrida para trasladarse de norte a sur en la Ciudad de México es la Línea 3. Quienes la utilizan con frecuencia saben que nunca será opción echarle el ojo a una butaca ocupada por un joven con mochila que vaya leyendo o estudiando; tampoco lo será codiciar el lugar de alguien que porte en cualquier lugar de su atuendo el escudo de la UNAM, pues es muy probable que vayan hasta Ciudad Universitaria, la última estación. Sí será factible aguardar junto a una enfermera (que seguramente se bajará en Hospital General o Centro Médico) o a personas con trajes ejecutivos (que tal vez vayan a algún juzgado u oficina del centro). Lo que nunca se ha visto, y que sería lo más sencillo, es que los que van parados le pregunten a los que van sentados en qué estación bajarán, para que de esa manera sepan cuál lugar es el más conveniente para aguardar. En el ambiente del transporte público la convivencia, comunicación y buena voluntad casi siempre serán la última opción.

Ahora bien, el que se llegue a ocupar un asiento no sólo dependerá de los exámenes psicométricos arriba mencionados, sino también de la manera en la que el aspirante se coloque. Hay personas que toman las posiciones más inverosímiles —por no decir ridículas— porque entienden bien la repercusión que tendrá esta tarea si es bien elaborada. Por ejemplo, abarcar con pies, brazos, bolsa, lonchera, periódico y todo lo que se pueda, un pasillo completo lleno de asientos ocupados, es decir, repleto de posibilidades para alcanzar la meta. Si a alguien se le ocurre meterse a uno de estos territorios marcados, los empujones, pisotones y miradas de enfrentamiento de ese competidor no se harán esperar. Alguien así es ya un sensei en el transporte público (término exacto si acudimos a su acepción: el que ha recorrido el camino). A uno sólo le queda mirar y aprender.

Ya acomodado en un asiento, saboreando el triunfo, sólo es necesario mantenerse con la cabeza fría, pues mucho trabajo ha costado llegar ahí. No importa que sea un asiento reservado, el esfuerzo lo vale, así que sólo será suficiente distraerse, ocuparse en algo, dormirse o disimular esa acción, para que a nadie se le ocurra pedir el asiento ganado. El smartphone vino a facilitar esa tarea, pues ya en el ansiado descanso, sintiendo el peso del cuerpo en las nalgas y no en los pies, sólo falta agachar la mirada hacia la pantalla y dejar que el mundo gire. Pero en todo caso, se debe tener un gran carácter para que ningún anciano, embarazada, persona cargando bebés o con alguna dificultad física haga flaquear al cómodo pasajero (coachings personales, empresariales o deportivos: no pierdan el tiempo, su mejor ejemplo está en el trajeado, en la estudiante, en la entaconada de los vagones del metro de la Ciudad de México).

Por eso sentarse es un acto glorioso, porque se gana a través de las aptitudes, experiencia y carácter. Poco tiene que ver el descanso, la comodidad o el espacio delimitado con el que se va viajando, eso realmente pasa a segundo plano; lo mejor es la satisfacción de haber optimizado la estrategia para alcanzar el objetivo.

Un día en el metro, me encontraba expectante, esperando a que se desocupara un lugar. De repente una persona ciega que iba sentada comenzó a hablar sobre una mariposa azul cobalto, de inmediato llamó mi atención; ya me disponía a prestarle oídos, pero fue él quien desocupó el lugar que yo esperaba impaciente. Definitivamente hubiera dado hasta mi asiento por seguir escuchando a un ciego hablar sobre azules mariposas.
 

 





Sara Regalado (Ciudad de México, 1985). Periodista y fotógrafa. Se desempeñó como reportera, editora y articulista en el ámbito cultural y educativo en el estado de Chiapas, donde publicó reportajes, entrevistas, crónicas, notas y artículos de opinión en el periódico Cuarto Poder y la revista Universa. En esa misma entidad estudió la especialidad en Apreciación Artística, impartida por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Se desempeñó como coordinadora de Difusión Cultural en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Cuautitlán y publicó diversos textos en la gaceta de esa facultad. En 2015 concluyó el diplomado Comunicación y Filosofía: Multiculturalismo, Conocimiento, Ética y Estética, en la FES Acatlán.