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CRÓNICA / No. 70-71
San Marcos



No turbaban la tierra elemental ni poblaciones
ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al
mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto.


Jorge Luis Borges, El sur


I

Nos dirigimos a San Marcos, un pueblo ubicado en el corazón de la Sierra Purépecha, con apenas 70 habitantes. Acompaño a un grupo de maestras que participan en las misiones religiosas que las parroquias de Michoacán emprenden cada año, durante la Semana Santa. Viene con nosotros Germán, un músico purépecha de 18 años. Me gustan las ironías; me gusta colocarme en las antípodas de lo que soy. Sin ser creyente, me pongo sin pudor la cruz en el pecho y me sitúo en mi papel de misionero.

Salimos a las calles de Pamatácuaro, el sitio donde se congregan los religiosos de todo el estado. Un campesino se acerca a nosotros y nos dice que él se encargará de llevarnos a San Marcos. Es algo huraño y sube nuestras maletas con desgana. Nos dice que él no debía trasladarnos al pueblo. “Nadie quería venir, y me tocó venir a mí”, confiesa entre dientes. Las maestras suben a la parte trasera de la camioneta; a mí me toca ser el copiloto. El campesino me cuenta que las cosas no andan muy bien en San Marcos, que las comunidades indígenas se están organizando para levantarse en armas contra el gobierno y el narco, que “a final de cuentas son la misma cosa”. “Ayer mismo vinieron a pedirnos apoyo los comuneros de Cherato”, me cuenta.

Durante el trayecto, permanezco en silencio. La camioneta es muy vieja y asciende con dificultad la brecha de terracería. Luego se vislumbra una calle empedrada, en cuyos entresijos crece la maleza. Más arriba, un cielo despejado, hermoso y azul. Es San Marcos. Hemos llegado y nadie nos espera. Sólo se escucha el traqueteo de la camioneta y el murmullo constante del viento entre los árboles.

II

Todo es tan elemental: el pueblo, la casa de madera, el borrego, las milpas al atardecer, el viento, la pendiente empedrada, el heno amontonado. El mundo latiendo fuertemente.

Los habitantes de San Marcos son milperos o se dedican al cultivo de la zarzamora. Se levantan a las cuatro y media de la madrugada y regresan a sus casas a las seis de la tarde. Una jornada de sol a sol. Por eso los misioneros se tienen que levantar más temprano, media hora antes, para dar la oración a los habitantes, según nos explica Germán, el joven músico que se ofreció para ser nuestro guía. Es un talentoso guitarrista y el próximo año desea probar suerte en la Escuela Popular de Bellas Artes, en Morelia. Tiene una orquesta que interpreta pirekuas; le he pedido que me diga la letra de algunas y me dé su traducción al castellano; le he pedido que me enseñe tantas cosas…

Nos quedaremos en una pequeña casa, tan parecida a la que dejé en la infancia, sumergida en mis recuerdos. En la casa hay dos camas: en una dormirán las maestras; en la otra dormiremos Germán y yo, envueltos en varias cobijas y gabanes, ya que por las noches el frío es inclemente.

La Sierra Purépecha es inmensa y majestuosa. Nunca, en toda mi vida, había contemplado tanto verdor en el horizonte, extendiéndose en interminables líneas difusas; más allá de la sierra, un sol desangrándose. Junto a nuestra choza, otras casitas donde se escuchan las voces de los niños, que todavía platican en purépecha.

Algo había leído sobre esta cultura milenaria. Principalmente los escritos de Marian Storm, una mujer admirable que emprendió varios viajes arriesgados por las regiones inhóspitas de Michoacán, en la primera década del siglo pasado; algo había leído sobre la vertiginosa geografía de la sierra y el carácter impenetrable del pueblo purépecha. Hoy, en la comunidad de San Marcos, con apenas 70 habitantes, estoy convencido de que es un mundo aparte, una tierra maravillosa y secreta en la que siguen conviviendo los dioses antiguos.

III

El amanecer en San Marcos es un remanso de luz. Son las siete de la mañana y hace mucho frío. German y las maestras se levantaron antes que yo para dar la oración a los campesinos.

A medida que transcurren las horas, la tierra se calienta con el sol; las mujeres purépechas salen a trabajar y se escucha la campana en una parroquia precaria, de madera, donde sólo hay una mesa para oficiar la misa y algunos bancos que construyeron los agricultores.

Salgo a San Marcos. Un niño de aproximadamente 10 años saca agua del único pozo del pueblo; es moreno y tiene la mirada triste, como empañada por el sueño. Utiliza un recipiente de plástico con una piedra amarrada en el borde para que se sumerja fácilmente; Germán me explica que en Pama (así le dice a Pamatácuaro) derriban los árboles y escarban la raíz hasta que brota el agua y se forman los pozos.

En el pueblo hay muy poca agua. Los niños pasan horas enteras con su recipiente rudimentario, en cuclillas frente al pozo, para llevar agua a sus hogares. La usan para lavar los trastes, darle de beber a las gallinas o a los perros, bañarse y regar sus macetas. Porque los habitantes del pueblo aman las flores. Además, contra lo que se suponía, han sido muy cordiales con nosotros.

Ellos tienen muy poco. Apenas un fogón, una pila de piedra, un banquito de madera, un borriquito, el viento, la tarde en calma, el cielo despejado, un montón de heno. Tienen muy poco pero son felices. Ayer por la tarde vi a dos niños correr por el pequeño atrio de la iglesia, dos niños con pantalones cortos atravesando el espacio sin límites de su infancia. Antes de que anocheciera, jugamos futbol en la explanada de la parroquia.

IV

Los niños se prosternan ante el cáliz dorado. Piensan que es el cuerpo de Jesús transfigurado y adoptan una actitud grave. En el altar abundan las ofrendas que los purépechas trajeron del campo a la parroquia: sandías, plátanos, naranjas, uvas, un panal de abejas adornado con flores silvestres, manzanas rojas y amarillas, el pan cotidiano. En las bancas traseras se sientan los adultos y miran fijamente el cáliz como si estuvieran frente a Jesús.

Al concluir la hora santa, las personas se persignan y regresan de su ensoñación; los niños más pequeños se protegen en el rebozo de su jefecita, porque afuera hace mucho frío. Un halo de niebla circunda la luna. A lo lejos se escucha el llanto de un niño, el ladrido de un perro, el mugido de una vaca. Una oración extraviada llega hasta mis oídos: Dios te salve, reina y madre, madre de misericordia…

Poco a poco, la parroquia se va quedando desierta; los misioneros apagan las luces y se dirigen a sus casas tras una dura jornada de evanescencias y lírica ingenuidad. El cuidador de la parroquia protege el altar de los hurtos: en un pueblo de hambre y miseria es peligroso abandonar las ofrendas, tan repletas de pan, fruta y variedades gastronómicas. A toda costa, hay que resguardar los regalos hechos a Nuestro Señor Jesucristo. 

V

La gente se congrega en la entrada principal del pueblo para representar la pasión y crucifixión del rey de los judíos, Jesús de Nazaret. En los techos de las casas ondean listones morados que señalan las dolorosas caídas del nazareno. Mientras el cielo de San Marcos adquiere un tenue color ceniza, los niños arrojan al piso el ramito de flores que trenzaron resguardados del sol, bajo los techos de palma; las ancianas se santiguan, se dan simbólicos golpes en el corazón, entonan cánticos religiosos y lloran lágrimas fingidas; los hombres, en el fondo sonrientes, caminan al lado del joven descalzo y taciturno que carga la cruz.

Sin embargo, esta imagen tradicional de la marcha de Jesús hacia el calvario, esta imagen de Viernes Santo, representada en diversas partes del país, tiene en San Marcos un aire completamente triste; lo pienso así porque entre la multitud hay un niño que se llama Abelardo, de apenas cinco años, que trae puesta una playera de la selección mexicana de futbol –de cuando jugaba Luis Hernández, el Matador. Abelardo tiene las mejillas reventadas y los zapatos rotos; anda buscando a su mamá y se topa con un Cristo ensangrentado e inverosímil.

Es una representación desmedidamente triste porque San Marcos es un pueblo que se vuelve desteñido y polvoriento en las procesiones religiosas, como un enmarañado daguerrotipo familiar. Y observamos en esa vieja fotografía a numerosas personas abatidas por la preocupación y la miseria; observamos al Hijo del Hombre cargando su propia cruz.

Poco después el Cristo comienza a sentir los latigazos de los fariseos; cae una, dos, tres veces; Verónica se inclina a llorar por él; el Cirineo lo alivia momentáneamente del peso de la cruz; los ladrones formulan juicios acerca de su divinidad; los soldados le ofrecen vinagre en un cuenco miserable; finalmente, el Mesías escarnecido eleva al cielo sus postreras palabras: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Abelardo se queda mirando la cruz. Tiene las manos metidas en los bolsillos. Hace unos minutos encontró a su madre entre la multitud; es una mujer ennegrecida por los fogones. Ella lo rodea con sus brazos. Mientras tanto, una nube de polvo ensombrece la tierra.

VI

Siempre murmura el viento. Lo escuchamos andar con nosotros, a nuestras espaldas, presidiendo nuestro trabajo. Lo escuchamos manejar sin hastío la vida de los árboles, la ruta de las aves, la trayectoria del polvo. Ahora mismo, mientras caminamos, oímos su murmullo entre los altos encinos, como un hermano generoso que guía nuestros afanes.

Nos hemos internado en el espesor de la sierra. Hay caminos ocultos que conducen a San Benito, Oruzcato, San Antonio, San Isidro, Cherato y Cheratillo; oscuros y bruscos atajos que conocen a la perfección los niños de San Marcos. Ellos me pidieron que los acompañara a derribar un panal en las cercanías de San Benito. Según me dicen, lo vieron ayer mientras recogían el huinumo para la ofrenda de la iglesia. Como pudieron, llenaron sus costales y regresaron por la tarde al pueblo para comunicarle a Peligro su importante hallazgo.

Peligro es un niño que tiene dificultades para hablar; le cuesta trabajo pronunciar la “r”. Sus amigos lo apodaron así porque en una ocasión atrapó una víbora de cascabel y la mató a pedradas en el atrio de la iglesia. Además, hace honor a su apodo porque se la pasa molestando a los niños más pequeños. Su nombre verdadero es Gerardo.

A pesar de que tiene catorce años, no es más alto que un niño de diez. El papá de Peligro está en la cárcel porque cierta noche intentó matar a la mamá del niño a machetazos tras una juerga de aguardiente. Quería cortarle la cabeza, y Gerardo corrió a avisar a los vecinos. Desde esa noche comenzó a tener problemas de dicción.

Peligro es un muchacho muy trabajador; a las cinco de la mañana sale a cortar madera para los fogones de las casas de San Marcos. Es un leñador bastante diestro en su oficio; lo he visto cortar leña con una fuerza y precisión admirables. En recompensa, los habitantes del pueblo lo invitan a comer a sus casas o le dan unos cuantos pesos. Peligro jamás se queja.

Tiene unos ojos diminutos y negros. Sé que en el fondo de su ser esconde una determinación propia de verdaderos criminales. Su cabello es hirsuto y azulado; una cicatriz afea su frente amplia y poderosa… Confiesa que se debe a que en una ocasión su padre lo golpeó tan fuerte que fue a estrellarse contra una piedra puntiaguda. Fue tan profunda la herida que se desmayó y lo tuvieron que llevar al hospital de Pamatácuaro, porque en San Marcos no hay doctores.

Peligro, como los otros niños, se divierte derribando panales de abeja en la sierra. Todos ellos trepan a los árboles con sorprendente facilidad. No le temen a las alturas ni tampoco a las abejas. Uno los ve jugando con las lianas colgantes de los árboles o lanzando guijarros inútiles desde los techos de las casas. Así transcurren sus tardes, sumergidos en el lento río del tiempo.

Me dice Peligro que soy su amigo, por eso quiso que lo acompañara a las cercanías de San Benito para cortar el panal. Me acompaña Germán, con el rostro ensombrecido por un pensamiento pernicioso; detrás de nosotros van los niños: Daniel, Nando, Gustavo, Ángel y Matías. Con su machete de labriego errante, Peligro va cortando los ramajes que estorban nuestro camino, en una actitud bastante formal para su edad, como queriendo impresionarnos. Cuando por fin llegamos al punto de la sierra donde se encuentra el panal, Peligro sopesa su objetivo. Amarra el machete con un lazo que saca de su mochila, se arremanga el suéter mugriento y trepa al árbol con suma lentitud, examinando cada una de las ramas, con increíble seguridad. Tarda una hora en subir. Luego, con su machete da golpes estratégicos y certeros a la rama de la que pende el panal, hasta que nosotros, desde abajo, vemos huir una mancha oscura y homogénea que se difumina entre las copas de los árboles. Los niños me piden que me tire al suelo. El zumbido de las abejas es intolerable. De reojo, miro hacia arriba y noto que Peligro baja lentamente, después de lanzar el machete al suelo. Pasados quince minutos, los niños se levantan y tiran del lazo para que la rama del panal caiga. Peligro les pide que tengan cuidado; no quiere que el panal se despedace en el descenso. Sus amigos lo obedecen.

Ya abajo, Peligro separa el panal de la rama y lo cubre con un trapo viejo; corta un pedacito y me lo ofrece: “¿Sabe bueno, verdad?”. Lo pruebo: verdaderamente sabe bueno.

Regresamos al pueblo porque está a punto de oscurecer y es la hora en que los coyotes salen de sus escondites. En el camino, los niños se tiran al suelo y se arrojan huinumo. En el cielo se dibuja una luna amarillenta, plena y redonda.

En San Marcos, los pobladores regresan a sus casas después de una agotadora jornada en los cultivos de zarzamora. En una esquina, vemos a José Santos, el cuidador de la parroquia, dialogando con un grupo de jornaleros. Lámpara en mano, nos grita a Germán y a mí: “¿Dónde estaban? Los he estado buscando toda la tarde”. Yo le respondo: “Acompañamos a los niños a cortar un panal”. “Tienen que volver a Pamatácuaro. Hay problemas en Cherato; hoy regresaron los comuneros. Se están organizando para bloquear la carretera de Los Reyes porque un grupo armado levantó al encargado del orden. Las maestras están muy asustadas”. Fueron las palabras que alcanzamos a escuchar, no sin cierto estupor, antes de que la noche desdibujara nuestras siluetas.

VII

Yo he visto llover en la gran extensión de la Sierra Purépecha. Yo he visto, con la lluvia, desmoronarse uno a uno mis recuerdos. Yo he visto la salida de los campesinos a las primeras horas de la madrugada; los he visto replegarse en sus casas, cuidar a sus hijos, atender a sus mujeres. También he visto la aguda y remota melancolía de los indígenas; inclinados en el decurso de su historia, ven trasladarse sus esperanzas a un país inexistente.

Germán, el joven músico purépecha, tiene llagas en los brazos. Se queja de un dolor pretérito, incomprensible para mí. Sus ojos duelen cuando lee; sus manos tiemblan cuando toca la guitarra; sus pies declinan al anochecer. Yo lo he visto evocar la sierra como si reconociera en ella los anhelos perdidos de su raza.

Porque el purépecha tiene llagas en los brazos.

VIII

El profesor de la escuela rural de San Marcos es un hombre robusto, de mirada hundida y rostro circular. Tiene las cejas pobladas, los labios gruesos y la nariz chata. No mide más de 1.60. Siempre trae puesto un gabán que le queda grande y su esposa atiende el único negocio de abarrotes del pueblo, aunque, a decir verdad, vende muy poco porque la gente no tiene mucho dinero.

Me lo imagino como un Sócrates moreno y remoto, un pensador purépecha. Nos invitó a su casa a desayunar frijoles de la olla y huevos cocidos; su esposa está junto al fogón cuidando las tortillas. Es una muchacha bonita, de aproximadamente dieciocho años, con lindas trenzas cayendo sobre sus hombros desnudos. Tiene un inmenso lunar en la mejilla izquierda y unos ojos negros y luminosos. Su belleza física se contrapone a la desmesurada fealdad de su marido. Ambos se hablan en purépecha; Germán es el único que los comprende.

Hace unos días, el profesor habló largamente con los comuneros de Cherato y entiende que la situación que padecen los agricultores de las comunidades indígenas es inestable. Con suma lentitud, como sopesando cada una de sus ideas, nos informa lo siguiente:

“Los campesinos de Cherato se dedican al cultivo de la caña de azúcar, la zarzamora y el aguacate; son un gremio muy unido y organizado. Muchas de sus ganancias están destinadas a la pavimentación de las calles y al abastecimiento de agua potable en su comunidad. La gente los quiere y los respeta. Pero hace un tiempo, los narcos comenzaron a cobrarles una cuota fija, no sólo en Cherato sino en todo Michoacán. Esto generó un ambiente de zozobra entre la población. Días atrás desapareció el encargado del orden y los comuneros bloquearon la carretera de Los Reyes; exigen al gobierno de Michoacán que se haga justicia. Nadie les ha hecho caso. Ésa es la principal razón de que soliciten ayuda a las comunidades hermanas; ésa es la razón de que organicen, al margen de la ley, una policía comunitaria.

Pero prevalece un dato desalentador: no es un secreto que varios funcionarios públicos se benefician de las cuotas elevadas que el crimen organizado pide a los agricultores, pequeños comerciantes, empresarios, profesionistas, para permitirles trabajar en paz. El poder del gobierno es el poder del narco. Y resulta imposible que los comuneros de la Sierra Purépecha confronten semejante poder. Por ahora siguen resistiendo, a sabiendas de que muchos de ellos corren peligro”.

De pronto el profesor se queda pensando. Impera un silencio incómodo en la cocina de la casa. Su esposa se levanta del banquito y recoge los trastes para lavarlos en la artesanal mesita de Pamatácuaro que utilizan como fregadero. El profesor intercambia algunas palabras con Germán en purépecha. Únicamente alcanzo a escuchar palabras como “ejército”, “retenes”, “policía federal”. Después, German le pregunta en castellano: “¿San Marcos apoyará a los de Cherato?”. El profesor, dubitativo, le responde: “No lo creo. Apenas somos 70 personas. Hay muchos niños y personas mayores. Pero apoyamos la causa; somos solidarios con ellos”.

El pireri de Pamatácuaro, Germán, guarda silencio. En el fondo intuye un peligro inminente. El profesor lo entiende así y no agrega nada más. Le estrechamos la mano y le agradecemos el desayuno. Él nos mira con afabilidad, como a dos entrañables alumnos. Afuera se escuchan las campanadas en la parroquia de San Marcos. Es la misa del Domingo de Resurrección. Las maestras nos esperan en la vana tarea de evangelizar. Mañana a primera hora nos iremos a Pamatácuaro; de ahí, cada quien regresará a su ciudad: unos a Uruapan, otros a Zamora, los más a Morelia. Después de todo –le digo a Germán con profunda tristeza– a eso vinimos aquí: a traer la palabra de Dios a esta tierra de nadie. 

IX

Desperté a las cinco y media de la mañana. Hacía mucho frío y se distinguía una densa humareda en lo alto de la sierra. La luna me parecía una gran moneda de cobre enclavada entre dos montañas. Al poco rato, Germán salió de la casa de madera envuelto en un gabán pardo; se quedó contemplando fijamente la humareda y dijo: “Debemos irnos. Hay enfrentamientos en la zona. Ayer me avisaron que varias carreteras habían sido bloqueadas”. Pero yo no le creí. Parecía más bien que un incendio arrasaba los árboles.

Al mediodía, justo cuando subíamos a la camioneta que nos llevaría de regreso a Pamatácuaro, unos desconocidos arribaron a San Marcos. Estaban armados y tenían el rostro velado por un pasamontañas; iban en dos camionetas 4×4 que se detuvieron en el atrio de la iglesia. Se estuvieron un rato ahí, esperando a varios jornaleros, platicando con los niños. “Son los comuneros de Cherato”, me dijo Germán.

Era la confirmación de mi sospecha: hay severos conflictos en las comunidades indígenas de Michoacán. Y, como desde hace años –me atrevería a decir décadas, siglos–, el Estado ignora las peticiones de los campesinos; por ineptitud e indolencia de los gobernantes, los primeros organizan policías comunitarias para defenderse a sí mismos. Cherán es un ejemplo de pueblos que se gobiernan bajo sus propios “usos y costumbres”.

Pienso en todo ello mientras salimos de San Marcos. Ayer fue Domingo de Resurrección, el día en que Jesucristo ascendió a los cielos para vivir eternamente al lado del Padre. La Semana Santa ha terminado; los misioneros regresaremos a nuestras vidas rutinarias. Voy en la parte trasera de la camioneta, con Germán. Los niños se congregan para despedirnos. Veo que Peligro corre tras la camioneta, agita los brazos y grita: “Adiós. Espero que vuelvas pronto.”

Germán le responde en purépecha. Yo levanto la mano con timidez y le grito: “Adiós, Peligro.” El cielo es azul y resplandeciente; la calle empedrada se pierde en la lejanía. Y en mi mente resuenan las últimas palabras del nazareno: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

San Marcos, Michoacán, primavera de 2013.






Ilustración:
Benjamin Earwicker http://es.freeimages.com/

Héctor Andrés Echevarría Cázares (Uruapan, Michoacán, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía Samuel Ramos Magaña de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Ganador del Premio Michoacán de Literatura 2013 por su libro Xavier Villaurrutia: poesía, nostalgia y finitud. Con la presente crónica obtuvo una mención en el Concurso 48 de Punto de Partida de la UNAM.