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CUENTO / No. 69


Me llamo Raymunda Zamora Sedano, pero todos me conocen por Munda. Creo que tengo 86 años, nací un 15 de marzo en la tarde, pero te digo, no me acuerdo de qué año. Mis padres fueron Gregoria Sedano Solís y Jesús Zamora.

De mi papá no recuerdo el segundo apellido, el de su mamá, machita Viviana. Ella buscaba un macho y otro y otro. No sé por qué no se acomodaba con ninguno, por eso mi tío Tirso era Cuevas, mi tía Guillerma era Rosas, Chona y Juan eran Díaz, y mi papá, Zamora. Machita Viviana fue partera: lo aprendió de su mamá.

Desde siempre, la familia de mi papá ha vivido aquí, en Teayo, pero a mi mamá la fue a traer a La Palma. Ella fue hija de machita Rita, que también era partera y curandera de espanto allá donde nació, en la Lima Vieja.

Mi mamá y mi papá se acomodaron a vivir en casa de machita Viviana. Ella se dedicaba a hacer pan y a lavar ajeno, y él se iba a la milpa a sembrar maíz, frijol y plátano. Nos tuvieron a Linda, a mí, a Pedro, Ufemio, Julián y Petra.

Yo no tenía ni ocho años cuando empecé a lavar ajeno para ayudar a mi mamá y a irme a la milpa con mi papá. Solamente iba yo porque mis hermanos estaban muy chiquitos y a Linda no le gustaba, siempre se andaba escondiendo.

Me acuerdo que estaba chamaca cuando ya me echaban en las ancas del caballo de mi papá, un animal grandote y colorao, y me iba a escardar, a sembrar y cosechar. Unas veces me echaba debajo de una platanera a comer plátanos y ahí los esperaba; otras, mi papá se iba a la tirada con Chencho Marmolejo y yo los seguía. Ellos corrían atrás del venado, y los perros y yo atrás de ellos.

Es que andaba espantada porque una vez me salió el duende. Andaba cosechando y me dijo mi papá, “vete por delante a juntar la lumbre”. Cuando llegué al jacal que teníamos en la milpa, vi a un viejito que estaba bien tendido, parecía que de veras era cristiano, con las barbas hasta la cintura y los cabellos blancos blancos. Al verlo ¡que me pelo a juir! No supe ni cómo subí el cerro. Al llegar a la ladera donde estaban trabajando, mi papá me recibió enojado y que me grita: “¿Ya juntaste la lumbre pa’ las enchiladas?”. “¡Qué voy a juntar la lumbre! Vaya a ver al duende que está tirado en el jacal”, le contesté. Nomás dije eso y que se desparraman todos los diez peones pal’ jacal. Pero se despareció la malhora. Después de eso yo tenía miedo, y más me daba porque todos me decían que el duende me quería llevar. Antes sí salía el duende, ahora no, ahora somos más diablos nosotros.

Cuando le platiqué de ese susto a mi mamá, me dijo: “el duende te quiere llevar y no te dejes, porque si te gana se lleva tu espíritu”. ¡Pues menos me quedaba sola! Por eso cuando mi papá se iba a la tirada yo también me iba, allá andaba en los cerros y en el monte, aunque sea oliéndoles el pedo, porque eso sí, tenía que ir a trabajar con él. No me gustaba quedarme sin hacer nada.

Pasaron los días y yo seguía pasmada y miedosa, por eso me llevaron a curar de espanto con Cenaida Guerrero, conocida por todos como doña Cheno. Me untó en todo el cuerpo cebo de vaca revuelto con polvo de hojas de aguacate oloroso y de tabaco, luego roció aguardiente con su boca sobre mi cabeza al tiempo que me la apretaba bien fuerte; siguió con el cuello, los brazos, y así todo el cuerpo. Me gritaba “¡vente, Munda!, vente y no te espantes, que aquí está tu sombra, en tu cuerpo y en tu casa. ¡Vente, Munda!, no andes penando por la milpa, por el monte”. Así le gritaba a mi sombra, porque si no, el mal se me iba al estómago y me iba a morir. De eso se muere mucha gente, porque el espanto hace agua la sangre.

Después de los apretones, doña Cheno me volvió a untar todo el cuerpo, pero con las yerbas que había martajado en el metate, que muchos años después me regalaría: chilacuaco, naranjillo, estafiate, yerba del ojo, quebrache, cogollos de orcajuda, pata de vaca, mirto, nido de papán, un diente de ajo, una hoja de lima de chichi, una de naranjo y otra de limón. Todo eso revuelto con aguardiente.

Después de las untadas y los apretones ahí me dejó, entre el petate y unas hilachas, bien enrollada. Porque tenía que sudar, tenía que sacar el espanto y esperar a que regresara mi sombra; pero no terminé la curada, deben ser tres apretones de cuerpo, uno cada día, y yo no pude estar nomás echada. Antes del último me fui con mi mamá al velorio de doña Emma, que se había muerto de parto (su criatura se salvó, gracias a Dios, se llama Flora). Allá me vio doña Cheno y me regañó, me dijo que me iba a hacer mal, que ya no me iba a terminar de curar, ¡por celemba! Nomás dos apretadas me dio y nunca más me han curado de espanto.

Si me siento mal, tomo yerbas: pongo a hervir siete ráices de chilacuaco cuando me duele la cabeza, y con eso me compongo; si no, hojas de chaca en las sienes, y para cualquier otra cosa pongo a hervir hojas de aguacate, manzanilla, barquilla y llantén. Todo eso lo sé porque las otras mujeres que son más viejas que yo me decían que era bueno, como antes no había doctor…

Tenía yo como diez años cuando murió mi papá; mi mamá Goya se quedó baldada. Nomás pudo vender los puercos, porque no había matrimonio, y perdió la milpa. Entonces que nos ponemos a hacer cazuelas. Eso era como una devoción. Tres o cuatro meses nos tardábamos haciéndolas y las ventas más buenas eran las de Todos Santos, como antes ofrendábamos a los difuntos en trastes nuevos.

El día de los muertos chiquitos se estrenaba una cazuela y el día de los grandes, otra. También hacíamos comales, jarros pa’l café, ollitas pa’ los frijoles, cajetes pa’ la levadura, chilchapales, lebrillos, copaleros en forma de palomitas con ojos, pico y cola. A ésos se les echaba brasa y copal, eran para darles luz a los difuntos. Yo sabía que la gente de antes también hacía todas esas cosas, y hasta muñecos de barro. Así me decía mi mamá, y todavía te los encuentras hechos cachos en la milpa.

El barro lo hacíamos con la arena del arroyo que secábamos y colábamos, y con el lodo del llano. A los lebrillos, que se ocupaban para lavar los trastes o el niscón, antes de ahumarlos les pintábamos ramos de margaritas alrededor, con una pintura que sacábamos de machacar en el cajete una piedra colorada que había debajo de la chorrera del arroyo.

Para las cazuelas de los tamales de Todos Santos, desde julio empezábamos a amasar el barro. Cada pieza tardaba ocho o hasta nueve días en secarse, y luego las raspábamos con piedras del arroyo, conchas y agüita, hasta que quedaban bien lisitas. Te digo que era como una devoción, pero de lejos parecía que estábamos jugando.

Una vez que estaban lisitas o pintadas las piezas, las ahumábamos con tarro bien seco: primero poníamos cuatro piedras grandes en el suelo, les decíamos tenamaztles, en forma como de cuadro, encima las rajitas del tarro, luego le poníamos la cazuela, el comal o la olla y luego más tarro, pa’ que flameara arriba y abajo y lo que estuviéramos ahumando se pusiera colorao.

Eso lo hacíamos de noche, y a lo lejos la gente sólo veía unas bolas de lumbre, como flotando en el aire, y decía, “doña Goya está cociendo cazuelas”. Al final, les echábamos tantito nijayote por dentro y cal por fuera para curarlas. Así ya no se tronaban.

A veces para san Lucas, cuando se hacen las primeras ofrendas a los difuntos, la gente ya las estrenaba. Los comales los dábamos a veinticinco centavos y las cazuelas, que estaban por acá de grandotas, a veinte pesos. Se vendían bien, ofrecíamos de casa en casa. Pero ahora ya no hay nada de eso, ni arena ni nada, porque el chingao arroyo está lleno de pura mierda, por eso poco a poco dejamos de hacer cazuelas; aunque todavía de casada llegué a pedir fiado a cuenta de comales. Acabándose la arena del arroyo ¡ya no hice una puta chingada!, me aplaqué y mejor me puse nomás a lavar ajeno y hacer de comer para la gente.

Sí, en el día las mujeres nos llevábamos una chinga, pero en las noches de baile en Teayo nos desquitábamos. Allá iba a dar con Genoveva, Idolina, María y Hermila. Éramos tremendas de chamacas para bailar, ¡Hijas de la chingada! Me acuerdo que hacían huapangos y que el difundo Flaviano tocaba el violín, el difundo Celerino la sexta y el difunto Prisciliano echaba la décima. También bailaban muchos de los viejos, de los de antes, como los difuntos don Cirilo y don Fortino.

Los huapangos eran allá, en una casa de tablón que estaba donde ahora está el kínder. En uno de esos bailé con un señor que se llamaba don Manuel Trapiche, ¡pero se cayó el bailador! Al dar la vuelta se le enredaron las patadas y ¡juapi!, quedó atravesado arriba de una banca. Luego decían que yo lo había tumbado, pero no, andaba de borracho. ¡’uta! Los huapangos eran algo bonito, eran noches alumbradas con candiles de mechón, de esos de pote, colgados con riata. Ya después llegó la luz y se fueron los huapangos, pero los bailes siguieron con música de conjunto que a veces traían de Álamo o de Tihuatlán.

Era en esas noches de bailada que por ahí veía yo a Primitivo; Primo, le decían. Era hijo de doña Cheno, sí, la curandera. Lo veía en un caballito de andadura, se iba pa’ allá y se iba pa’ acá (de un lado pa’l otro) montado en el animal, bien borracho. Nunca fuimos novios, antes no era así. Una vez él me dijo “te vas ir conmigo”. Y como yo ya me había cansado de tanto trabajar, ya estaba fastidiada, le dije que sí, que ya mejor me casaba. Pero me le adelanté, porque él no me quería llevar a su casa y yo me fui por delante. Luego anduvo diciendo que yo llegué a su casa con todo y el costal de hilachas, pero no es cierto, llegué sin nada.

Le dije a mi mamá “ya me voy a largar, ya me fastidié de trabajar”. Yo no ganaba pa’ otra cosa, nomás pa’ mis hermanos. Y no he perdido la mente, me acuerdo que con los centavos que ganaba les compraba a ellos pantaloncitos de diez pesos y camisitas de a cinco. Pero mi hermano Pedro no se acuerda, dice que es más viejo que yo y que eso no es cierto. ¡Sí lo es!, yo todavía me acuerdo de todo lo que pasé... Ahorita él ya vendió lo poquito que dejó mi mamá, y no me dio ni cinco centavos.

Ya juntada con Primo, para embarazarme por primera vez tardé tres meses. El hombre me decía que si me seguía demorando me iba a mandar a la chingada. Hasta tuve que tomar el remedio de yerbas de doña Agustina Blanco. ¡Sepa qué puta madre me dio a tragar!

Me acuerdo que uno de esos días, en el tiempo en que todavía no teníamos crías, que apenas las andábamos haciendo, fuimos Primo y yo a un baile a Pital, aquí cerquita, pero como a él no le gustó la música que estaban tocando, que nos vamos a otro que había en El Mante, más pa’llá. De ahí nos regresamos a Teayo hasta la madrugada. Todo el camino a pata, pero con la bailada yo ni sentía. Como nomás en esas noches usaba zapatos, terminé lastimada, pero de la felicidad ni sentía.

Como te decía, a los tres meses me embaracé de Paca, luego de Natalio y luego ya me seguí como mazorca. Tuve diez hijos, todos los paría en el suelo y de ahí me levantaban para echarme en una cama hecha con puros tarros. No gritaba, nomás de la primera sufrí, pero creo que me empedé, porque ni supe cómo le hice, nomás cuando vi ya tenía la criatura en brazos.

Yo paría y no por eso dejaba la chambeada. Además tenía que madrugar para hacer el lonche de mis cuñados Delfino, Martín y Mateo, el de Primo y el mío. A las cinco de la mañana ya había hecho la masa y juntado lumbre para echar las tortillas, hacer el chile remoloteao y los frijoles sancochaos. Primero pasaba el niscón por el molino de mano y ya martajado lo echaba al metate; de ahí sacaba los cuechos (así le decíamos a las bolitas de masa) y a puro aplauso hacía las tortillas, de ahí las echaba al comal y luego las enchilaba. Ellos cuatro se adelantaban y yo me quedaba a terminar los lonches, llegaba a la milpa al poco rato.

Allá me ponía a escardar, a sembrar, a cosechar o lo que hiciera falta. Cuando el maíz ya estaba hecho mazorca lo deshojaba con uno de los pizcones de palo de zapote que me había dejado mi papá, y llenaba hasta dos costales, de esos de ixtle que les decíamos trigueros. En la tarde que llegábamos todos a la casa, mi suegra ya nos había echado tortillas. Nos íbamos a bañar al arroyo, cenábamos y yo me tiraba a dormir. Al otro día, otra vez se repetía el cuento, aunque estuviera panzona.

Me acuerdo que en el monte hacíamos milpas bien re’bonitas y de ahí salía todo. En la orilla les poníamos matas de plátano de castilla, del macho o raután. En cualquier temporada nacía el chonacate solo, y el chiltepín también, el tomate chiquito abundaba en marzo y abril; por ahí de mayo sembrábamos sandía, melón y una poca de calabaza. La caña también se sembraba en cualquier temporada, pero eran pocas matas, nomás para chupar, porque para hacer molienda se necesitaba cundir hasta una hectárea.

Antes de que empezaran las lluvias preparábamos la tierra. Dejábamos bien picadito el monte para sembrar maíz y frijol. El maíz era dos veces al año: en junio y en diciembre. Pero la fecha favorita era el 24 y 29 de junio, días de san Juan y san Pedro. En la tierra preparada dábamos un paso largo y ahí hacíamos el hoyo con un espeque, un palo de pimiento o zapote con punta, luego en el hoyo poníamos cuatro granos de maíz y lo tapábamos.

El frijol también lo sembrábamos dos veces al año, por ahí de mayo y septiembre, pero en septiembre le tocaba al frijol de bejuco para los tamales de Todos Santos (eso sí, cualquier frijol que se guardaba para sembrar en la siguiente temporada era con su propia basura, sí, con todo y su matita y tierra, para que no se picara); en septiembre también sembrábamos calabaza, flores de mano de león, de cempasúchil y de la rosa de bolote, para el altar de los difuntos que se ponía desde finales de octubre.

¡A mí me sorprende que haya hombres que no sepan hacer nada! Yo sé sembrar maíz, frijol, sé cosechar, sé desgranar con bolotera, ¡nomás me faltaron los huevos y el chile! Yo creo que por eso todo está tranquilo acá: por un lado, no quiere llover y por otro la gente que ya no quiere sembrar. Antes, qué nos iba a faltar maíz para las tortillas, pa’ tamales, pemoles, chámiles o atole, nunca.

¡Ah!, pero cuando no me iba a escardar a la milpa era porque me iba a lavar ajeno, a hacer uno que otro comal o a leñar. Hasta cinco viajes de leña me echaba en la güira y a mamachi, para nosotros o para venderle a don Hermelindo, el marido de doña Ana. A él le daba a veinticinco centavos el tercio, pero tercios buenos: de espino, olín, rabo cojolite, chileaguacate, laurel, guácima o sangregao.

Con el hacha yo rajaba bonito la leña, y si estaba bien seca echaba una lumbre que daba gusto, pero ahora lloro nomás de verme, porque a veces no tengo ni un puto palo para cocer mis frijoles. Otra vez tengo miedo de andar sola en el monte y aquí tengo que esperar a que alguien me traiga leña, aunque sea vendida. Hasta quinientos pesos he tenido que pagar por un viaje de leña de naranjo, pero ahora son en camioneta. Me da tristeza, yo decía que nunca me iba a hacer así, yo corría para allá y pa’cá en la milpa, haciendo comales y cazuelas, leñando o lavando ajeno.

Cuando estaba criando me convenía ponerme a lavar ajeno, porque dejaba tirada en el petate a la criatura con un peine, un sombrero, una mazorca, lo que fuera, hasta una cabeza de ajo, para que se entretuviera, y me largaba a la zanja, que está allí cerquita. A las horas me gritaba doña Cheno: “¡Munda, te habla el becerro, ven a darle de mamar!”, y corría con las chichotas bien llenas de leche; luego me largaba otra vez, mientras, el hombre andaba en la milpa o metido en la borrachera.

Me acuerdo que antes la ropa se remojaba en lejía, el agua compuesta con ceniza y cal, y se desmugraba bien bonito, porque no había jabón de polvo. Mientras reposaba aquello a la orilla del arroyo, me ponía a acarriar agua. Un tambor le llenaba a la difunda Gildarla, la de don Herculano. Cargaba hasta tres cubetas por viaje al manantial, una en la cabeza y las otras en cada mano. De ahí también salía para el café o una mancuerna de dulce. No faltaba quien me diera un cachito de carne y lo partía como palillo para que le tocara a todas mis crías. Me acuerdo y siento feo, me da tristeza y ganas de llorar, pero a Primo no le importaba si teníamos dos, tres o diez.

Para parir al último, a Tito, me tuve que largar sola pa’l Xuchil con doña Buga. Agarré cachos de hilacha y que me trepo a la barra. No llevaba pa’l pasaje, no llevaba ni una cobija. Cuando llegué, doña Buga nomás me vio y me dijo “ya vienes mala, ahorita te voy a untar aceite caliente en la barriga para que te alivies más luego”. En lo que se fue a calentar el aceite y regresó a donde me había dejado acomodada, yo ya había parido, el chamaco ya estaba meneándose. Acabando de arreglarme llegó otra mujer y se alivió, luego otra y otra y otra más. Cuatro y conmigo cinco parimos ese día, pero nomás mi criatura fue varón, por eso doña Buga le puso “el bendito entre las mujeres”.

Su nombre de bautizo es Apolinar, pero le decimos Tito porque después de que lo parí tardó siete meses con la basquiada, la diarrea y malo de un ojito. De repente se quedaba como muerto y yo le decía a las muchachas, llorando, “¡ay, mi Titito ya se murió!”.

Yo nunca vi algo que me dijera que también sería curandera, pero una vez, cuando Tito estaba chico, me dijo doña Cheno “mejor cura de espanto, mujer, ya no laves ajeno. ¡Las patas se te van a llenar de reumas! Tú ya sabes curar”. Me dijo así porque desde antes ya me había enseñado a buscar las yerbas que se necesitan para la curada, como ella ya no podía caminar en el monte; y también porque la acompañaba a curar cuando era en otro pueblo.

Sí, conforme doña Cheno se fue haciendo viejita yo le fui preparando todo lo que necesitaba para los enfermos que venían a verla, ella nomás despicaba las yerbas, se sentaba en una sillita de palma que tenía y se ponía a molerlas en el metate. Todo eso ella lo aprendió de la gente de antes, como su mamá, doña Rosa, que también era curandera.

No le pensé mucho a lo que me dijo y me animé. Así empecé a ser curandera de espantos. El primero que atendí fue Aníbal, luego Juan y Rubén, hijos de mi prima Celina Cuevas y Chindo Reyes. Luego me empezaron a llamar para que fuera a curar a La Palma, Pital, Ojital y más para allá. Primo todo el tiempo me acompañó, salíamos de madrugada y regresábamos en la tarde o en la noche. A los de fuera les daba las tres curadas en un día, para no quedarnos a dormir allá.

Antes la gente se espantaba por un pleito, por haberse dado un porrazo o porque los tiraba un caballo, un puerco, una vaca, cosas así. Yo digo que eso de ser curandera no es cuestión de tener el don, si quieres aprender aprendes, si quieres curar curas, por eso curaba. De ahí salió para levantar a mis hijos, pero, ¿tú crees?, ninguna de mis hijas quiso aprender. Todavía me dicen “¡ay mamá!, yo no, qué voy a andar toda apestosa a cebo”.

Nomás que, eso sí, desde que empecé a ayudarle a doña Cheno, también me iba con ella cada ocho días al Castillo, para que nos barriera don Blas; es que nos encorvábamos mucho, como sobábamos bien, se nos pasaba todo lo de la persona aquella y él nos lo quitaba. Gritaba una oración que nunca pude entender y por eso no me la aprendí, nos barría y como que nos inyectaba, porque nos daba unos pellizcones en toda la cabeza, ¡pao, pao, pao, en toda la cabeza!, como si fuera con aguja, y no comíamos frijoles hasta el siguiente día. Así nos cuidábamos, y gracias a Dios yo aquí estoy todavía. Doña Cheno también aguantó mucho, te digo que todavía conoció a Tito. Tenía ciento veinte años cuando falleció. Fue triste porque un día de la nada nos dijo “ya me voy a morir”. Comía bien, pero sí, al poco tiempo se murió.

Primo y yo no siempre vivimos con ella, nomás al principio; de ahí nos pasamos a vivir al lado, a la casa de Ramón, mi cuñado, porque él se fue pa’l otro lado; pero cuando hicieron la carretera, como pasaba por ahí, nos movieron un cachito y aquí nos pusimos a hacer la casa, era un berenjenal, de ese árbol del que ocupábamos las hojas para lavar los trastes, pero lo mochamos todo.

Desbaratamos aquella casa y con los horcones de chijol y alzaprima que le sacamos levantamos ésta. Primo le tejió el techo de palma y yo embarré con tierra las paredes, mi cocina y el horno, porque de vez en cuando también hacía pan para vender, del bueno, sabroso y macizo. Después Primo me tumbó ese horno con la promesa de que me iba a hacer otro allá atrás, como lo prestaba para cocer el pan de Todos Santos, decía que las mujeres no lo dejaban dormir, pero ya nunca me hizo nada. Lo que más me gustó de habernos venido para acá es que a los pocos años aquí enfrente pusieron la galera para los bailes y las fiestas del pueblo, por eso Primo y yo no faltábamos a ninguna, aunque él anduviera pedo nos echábamos unas bailadas buenas.

No me crees, pero te digo que Primo nunca me dio una pescozada. Nunca. La gente dice que me pegaba, pero no. Nunca, juro por Dios y mi madre que ya no la tengo. Peleaba conmigo de boca, sí. Me decía “¡te voy a matar, hija de la chingada! ¡Aquí es mío y tú no tienes una chingada! ¡Nomás te doy una patada y te regresas a chingar a tu madre!”. Y yo le decía “pues vende”, para qué me iba a poner a discutir con él, si estaba bien pedo. Hasta la fecha, el solar está intestado, no está a mi nombre. No sé cómo arreglar eso, dicen que cobran mucho. ¿Será cierto?

Nomás oían el pleito las vecinas y luego luego venían Melos, el tío Genaro, todos. Me decían que me fuera a esconder y yo me pelaba a juir, levantaba a mis crías y me iba. Al otro día regresaba a recoger las botellas, cazuelas rotas, nomás el metate que ya me había regalado doña Cheno no, porque ése lo dejaba bien escondido abajo del bracero. Pero una vez que Primo me empezaba a echar pleito llegó su mamá y se lo agarró a garrotazos, así se le fue bajando la maña de peliar conmigo.

A Primo lo sufrí hasta que Dios me lo quitó. Lo sigo sufriendo. Si no fuera por el gobierno que me da dinero, ya me hubiera muerto. Nunca quise dejarlo, porque ya sabes que una mujer sola no vale nada. Aunque por andar de borracho casi nunca me dio un centavo, pero yo le buscaba, y gracias a Dios y a la virgen santísima logré levantar a mis chamacos. Ya todos estaban casados cuando un día de junio Primo hizo un coraje, se encabronó con Josefina, una señora a la que le rentaba un pedazo de solar, y de repente se murió. Al principio me iba a llorarle al monte, al pozo, a los caminos que caminé con él, pero ya me acostumbré a estar sola.

La gente me pregunta si no tengo miedo, pero no. Siempre tengo el machete debajo de la mesa donde están mis santos, y a quien venga aquí le vuelo las narices, ¡para que vean que tengo valor! Al difunto Primo tampoco le tengo miedo, quisiera que me hablara, pero no, nunca lo ha hecho y eso que no le falta su luz todas las noches. Llevo doce años prendiéndole veladoras. Y cada que viene, en Todos Santos, le ofrendo además de tamales, mole y pan, una cerveza, cigarros, cerillos y un cuarto de aguardiente, como era lo que le gustaba.

Quién sabe por qué, pero aún yo sola tengo mucha alegría. Me acuerdo de él, pero mi dolor está acá, en mi corazón, y mis ojos están bien. Me sigue gustando el baile y echarme mis carcajadas. Lo único que sí me da tristeza es que hace como cuatro años vino el gobierno a ponerme piso de cemento y esta estufa disque ahorradora de leña, por eso mis hijos me quitaron el brasero que habíamos hecho Primo y yo, ¡cómo lloré! Después ellos me hicieron otro bracero que es el que ocupo, pero ya no es lo mismo. La mentada estufa ahí está llena de tiliches; también me quitaron una mesa que se sostenía con estacas clavadas al piso, todo cambió. “El que me hizo eso ya no va venir”, pienso.

Pero yo aquí estoy y le doy gracias a Dios y a la virgen santísima que me está escuchando, porque a pesar de todo he durado, eso me hace sentir contenta, y les pido que me dejen vivir otros días más, como doña Cheno, unos ciento veinte años. Dios quiera que sí, ¡aunque sea para andar arrastrando el fundillo!, ni modo. Aunque ella nunca lo arrastró.

De mientras sigo igual de grandota, prieta, caderona, acinturada y chichona y como siempre, pero ya nomás me queda un diente, una muela y mis trenzas tilicas y canosas que me enredo en la coronilla, además, cada día veo menos y las rodillas me duelen, por eso estoy atenida a que alguien me traiga la leña.

Pero te voy a decir un secreto: pienso que de todo lo que he vivido lo que más me ha gustado es la alegría de bailar, es una cosa tan bonita, que a veces cuando escucho música agarro la escoba, me meto a la casa, cierro la puerta y me pongo a bailar con ella frente a mis santos. Mientras me zarandeo se me escurren las lágrimas de emoción, pero también de tristeza porque las piernas ya no me responden igual y las patas tampoco.

Es que me encanta la música de todo tipo, de corneta y batería, y de otras más. Me provoca un gusto que hasta se me acelera el corazón. De vez en cuando también me acuerdo de Primo, de aquellas noches de huapango y de versadas como la del "Fandanguito": “ausente de mí estarás/ pero no de mi memoria/ recapacita y verás/ que para mí es una gloria/ ausente te quiero más”.

Sí, te digo que mi historia es larga y me acuerdo de todo eso en las noches, como esta que tú estás conmigo, luego me pongo a llorar, hago mi oración, porque nunca me he quitado el bautizo, y me quedo dormida.




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Ilustraciones:

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Karina de la Paz Reyes Díaz (Castillo de Teayo, Veracruz, 1984). Es comunicóloga por la Universidad del Golfo de México, campus Orizaba. Se ha desempeñado como reportera en varios periódicos de circulación estatal. Ha publicado los cuentos: “El Xipe descabezado”, “Cruz de cal, lunar de sombra” y “Los Díaz” en la revista Punto en Línea de la UNAM; así como la primera versión de “Munda” en la sección Cultura y Letras de La Jornada Veracruz. Actualmente es integrante de la Dirección General de Comunicación Universitaria de la Universidad Veracruzana, donde se desempeña como reportera del Departamento de Prensa.