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CUENTO / No. 69
El último poema de Li Tai Bai

 


El poeta Li Po o, bien, Li Tai Bai fue el último de los maestros chinos que al leer en voz alta convertía en realidad todo aquello que sus versos pregonaban. En su tiempo, y armado sólo con sus poemas y poderosas palabras, hizo que varios dragones emprendieran el vuelo y surgieran de la nada multitud de lagos con mujeres atrapadas por el reflejo encantado de la luna.

El poeta romántico falleció antes de que su último poema se diera a conocer por todo el imperio chino, guiado entonces por Dai Zong. Según los rumores de la época, se trataba del poema más espeluznante jamás leído. Tan fantástico era que Li Bai nunca se atrevió a leerlo en voz alta porque temía liberar a la bestia de sus propios versos. Su miedo era tal que ocultó aquella última creación en un manuscrito enrollado bajo otros poemas de menor valor que ni siquiera entregó antes de morir a su pariente y primer compilador, Li Yangbing. Poco después de que la rebelión de An Lushan fracasara, y a pesar de que Occidente lo quiso rescatar en el siglo XVIII, la fama del maestro desapareció. Hasta hoy.

De manera inexplicable, el último poema de Li Bai –escrito todavía en papel de seda, cáñamo y algodón– llegó hasta tierras australianas y terminó empolvado en el sótano de un contrabandista de arte que vivía curiosamente a escasos tres kilómetros del Ma’anshan Friendship Park, parque dedicado a la amistad entre la cultura china y australiana. ¿Cómo llegó el poema chino hasta Kogarah? Concédase un poco de confianza al narrador de este relato, que también sabe otras historias que sí acontecieron pero que no vale la pena elucidar aquí –ya en otra ocasión habrá momento para destinarles tinta y papel.

Regresemos pues al momento justo en que este contrabandista y su hijo Mike bajan al sótano para hacer un inventario. Pronto saldrán ambos al Brasil. Es la primera vez que Mike viajará con él y ha esperado mucho este momento. Su padre le dice que puede ver todas las piezas y le extiende un par de guantes blancos. El niño asiente y, de inmediato, se los pone. No sabe por dónde empezar.

En su búsqueda, Mike comienza a hurgar entre las piezas traídas de ultramar, aquellas que su padre le ha descrito en tantas ocasiones pero que por fin le permite ver. El niño avanza y no cabe en sí de felicidad. De repente, sus ojos tropiezan con un objeto único.

No piense el lector que se trata del manuscrito chino de Li Bai. Se trata más bien de un matraz de bronce perfectamente conservado de la dinastía Shang, el cual fue robado del Museo Isabella Stewart Gardner en Boston en marzo de 1990, frente a los ojos estupefactos del guardia.

En el momento justo en el que Mike intentó levantar el pesado vaso metálico fue cuando descubrió, debajo, ni más ni menos que el rollo de poemas. Se acuclilló en el acto e hizo una mueca como aquellas de su padre cuando inspeccionaba una nueva pieza. Su primera reacción fue llamar al padre. ¿Se habría dado cuenta éste de la existencia de esos papeles? No recordaba ninguna mención sobre manuscritos. El niño dudó un poco y se mordió un guante. El problema era que, si los entregaba, él probablemente sería el último en enterarse de qué había dentro. Así que decidió leerlos solo. Con cuidado, rescató de una considerable capa de polvo las vetustas hojas de seda y cáñamo. Se volteó y vio que su padre seguía ocupado inventariando porcelana. Al abrir el rollo milenario no pudo más que asentir. Tragó saliva y se quitó uno de los guantes. Acarició los manuscritos. Se confirmaba lo que sus ojos y su tacto ya sabían al desempolvarlos.

Mike no sólo consiguió determinar la antigüedad del documento, sino también su autoría. Ahí estaba sin duda alguna el último poema de Li Tai Bai –o como se lo llamo en sus inicios, Li Po–, frente a sus ojos y sostenido por sus jóvenes manos. Era posiblemente el niño de doce años más afortunado del mundo.

Si Mike no hubiera sido tan rápido al descubrir el poema, me hubiese dado tiempo de decirles que el chico acababa de cumplir doce años y tenía sin lugar a dudas al padre más excéntrico de toda Australia. En realidad, de toda Oceanía. Baste con decir que le enseñó a leer chino antiguo –por eso y sólo por eso el chiquillo conseguiría descifrar los últimos versos del mayor poeta romántico de la dinastía Tang. Con ello quiero decir que no se trata de una estrategema barata de narrador caído en desgracia. Así como hay niños genios, hay niños con padres genios que sin darse cuenta llegan a las ideas más disparatadas del mundo, como enseñar a sus hijos chino antiguo o mostrarles glifos egipcios, sobre todo si esto es importante en el negocio familiar. El padre de Mike, para mi fortuna, era así.

¡Oh, no! Mike otra vez va más rápido que yo. Será porque Li Bai se cuenta entre sus autores preferidos y ya no aguanta más las ganas de ser el primero en leer el último –el verdaderamente último– poema de Li Bai. Sí, del mismísimo Li Bai. Del maestro que cuando llegaba al río Amarillo leía con voz melodiosa versos producto de sus propios sueños a pobres pescadores y entonces salían volando cardúmenes hasta las manos de sus escuchas. Todo lo que escribía y luego leía en voz alta cobraba vida leído en el lugar indicado o a la persona indicada. Es por ello que lo mandaban llamar de provincias recónditas en tiempos difíciles, así fue como terminó por recorrer todo el imperio. Li Tai Bai atendía humildemente los pedidos del emperador Xuanzong y escribía suaves y volátiles versos a Yang Guifei, la querida de éste, para que a la joven nunca se le terminara la hermosura. Pero también concebía poemas de provincias prósperas, de sequías y hambrunas superadas y de guerras –por supuesto– ganadas por los chinos. Presuroso iba por toda China, leía en voz alta sus versos en los lugares referidos para así dotar de vida a sus palabras.

Ése y nada más que ése era Li Bai, el poeta inmortal. El mejor escriba de la dinastía Tang. El único escriba al que le temía secretamente el emperador Xuanzong –quizá por eso terminó por removerlo de su cargo–. Y no sólo él, todos los funcionarios chinos de entonces le temían. Porque, así como Li Tai Bai escribía historias maravillosas a partir de sus sueños, se temía que algún día el maestro tuviera alguna pesadilla y volcara en poemas su desgracia. Entonces acabaría con toda China. Después de todo –se decían– Li Bai era un hombre cualquiera.

Mike miraba entusiasmado los trazos fuertes al comienzo del poema. Sin embargo, vio con espanto que la caligrafía del maestro vacilaba pocos versos más tarde. Las líneas adelgazaban por la mitad y al final apenas se dejaban leer, pues aparecían temblorosas, temerosas, casi asustadas.
Esto, lector, fue lo último que escribió Li Bai:

Camino al lado de un río que no acaba.
Es un río oscuro que murmulla,
que se retuerce y viene corriendo desde muy lejos.
Acarrea voces para llevarlas a un país
donde la gente no habla.
Nunca consiguió hablar.
Sus habitantes sólo saben cantar
y cantando se comunican.

Allí veo un niño.
Con sus ojos persigue al río.
Pero ese río no deja de pasar.
El chiquillo camina y se acerca a la orilla,
el caudal de agua lo hace llamar.

Los padres van tras él,
evitan que su hijo
se acerque a besar el agua.

¿Qué cosa está escondida en las pupilas del chico?
En el río aparece una sombra.
Es un reptil que nada en las aguas y habla con él.
¿Será una yacaré?, canta el niño a la madre
mientras afina la voz.

Pero ella lo abraza,
lo aprieta contra su pecho.
Quiere que el hijo guarde silencio.
Es que ella también la ve.

¡Mira! ¡Mira que va allí!, vuelve a cantar.
La sombra se enrosca
en las estelas de agua.

Y ese río que se ensancha y no deja de pasar.

La madre se traga las lágrimas
porque también la ve.
A la yacaré.
Cierra con su palma los ojos de la criança,
para que su hijo no vea
cómo la yacaré se levanta
y se traga al sol de un bocado
dejando la ciudad a oscuras
en ese país donde se canta,
en ese continente donde se sufre,
en ese mundo donde se sueña.


“¿Mike?” escucha el niño de repente. Su padre lo busca. Enrolla de golpe los manuscritos, y los esconde debajo de su camiseta. Después, como puede, empuja con todo su cuerpo una de las dos réplicas de soldados de terracota. Casi no puede moverla, de tan pesada. Tiene que tirarla a como dé lugar, para que su padre se enfade con él y no lo lleve al Brasil. Es su deber impedir que el rollo maldito salga de ahí. Nadie más debe leer el último poema de Li Tai Bai, el poeta inmortal. Nunca habrán de llegar las palabras del maestro chino a aquel continente festivo, a aquel país tropical, a aquella ciudad olvidada –que él ya sabe dónde está–. Nunca habrá de leerse en ese lugar la historia del fin del mundo.



 


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Ilustraciones:

Mark www.freeimages.com
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Andreas Thies www.freeimages.com
huan liu www.freeimages.com

 


Grizel Delgado (Ciudad de México, 1982). Es editora, autora y correctora. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y una maestría en Lingüística en la Universidad de Düsseldorf. Participa en diversas revistas electrónicas como iMex, CulturMag, alba lateinamerika lesen y La Colmena. Su cuento “El Misterio de Zacango” fue galardonado con el segundo lugar en el Concurso de Cuento infantil organizado por la UAEM (2014). En 2015 publicó Tu abuela en bicicleta, su primera novela juvenil. Reside en Berlín donde trabaja como editora y asiste a talleres con Samanta Schweblin.