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CUENTO / No. 69
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Elevador

Octavo piso, séptimo, tu vida pasa frente a ti, sexto, etcétera. Y qué si todo hubiera sido otro, lo otro, lo que no. Tendrías un reloj, zapatos negros y un quinteto de camisas que abarcaría los rangos necesarios: azul para los lunes, blanco los martes, etcétera, hasta llegar al gris del viernes. Un saco y dos pares de lentes: uno para ver de cerca, otro de lejos; la posibilidad de mirar estaría asegurada a cuotas quincenales. Una hoja de afeitar siempre dispuesta, una sonrisa eficiente. Un auto en cuyos espejos se irían acumulando vistas, travelogues urbanos que nadie vería, ni tú; el tráfico entorpecería la contemplación, pero permitiría el contrato, el crédito, el café en las mañanas. Una foto de boda, ultrasonidos; los domingos serían días familiares. Aniversarios, amantes; sexo en modalidad costumbre y hambre. El hábito de la asertividad, rutinas de ocio. Un viaje anual a paisajes de gula y exposición controlada al sol veraniego. Un paseo al parque en sábado, juegos infantiles, álbumes de fotos. Un espejo en el que irían amontonándose canas bien ganadas. Un seguro médico, una tumba en la que echarían flores. Y un reloj. Tendrías un reloj. Habrías aprendido a programar, preservar, permanecer. Habrías desarrollado un rictus conocido: líneas que enunciarían la herencia, arrugas. El rostro familiar te contemplaría desde el espejo con gesto aprobatorio: él habría muerto pero tú habrías continuado la lección, la profesión, etcétera. Llorarías en su funeral, conspicuo y calmo, mirarías el reloj a la hora precisa de marcharse y al día siguiente pondrías una fotografía en la mesita de noche: padre e hijo abrazados, sonriendo. Sabrías entonces cuántos minutos hay entre el octavo piso y el primero; hay que saber cosas como ésa. Pero cómo sin un tic tac que enumere los segundos faltantes antes del destino final: la planta baja, el auto que te llevará a verlo por última vez, si consigues llegar a tiempo. Todo se reduce a eso. Un reloj como los que había en su casa; siempre los desarmabas, y luego nunca pudiste rehacer el mecanismo. Quizá por eso después puro correr y llegar demasiado tarde a todas partes, siempre. Las pérdidas, siempre, sin remedio.  




El juego circular, las trampas

Las puntas de los dedos, las palmas. El ojo fragmentado en un gesto de aguja y sólo algunos hechos; el recuerdo del tacto y la brevedad del frío; los ojos entornándose, los movimientos lentos, los labios en los pliegues. Esa locura brusca, el cíclope. Una mirada ciega y, por entre las ramas, devorándose en un anuncio de muerte prematuro. Mirar detrás del ojo: espantos. Allá al fondo está el hambre: la púrpura, los hilos, insectos de otra hora.




“Nos quedábamos allí, en el azul…”

–Ya te lo había dicho: es absurdo.

–¡Pero yo quiero que nos quedemos allí!

–Tú necesitas de lo etéreo. Yo no. Borra eso.

–Es que no tengo prisa. Nos quedábamos allí…

–No tengo tiempo para tus manías. Bórralo. No era yo.

–Te presto mi reloj. Pero acepta que sí eras, y nos quedábamos.

–Si hubiera sido yo, te habría dicho que me dejé caer sin parar mi caída, sin miedo al fondo de la sombra

–No te burles.

–…para encontrar la luz sin noche.

–En serio.

–No me burlo. Nomás te comparto el verso por si quieres que alguno de tus interlocutores lo recite con una flor en la mano mientras cae.

–Sin caer. Nos quedábamos.

–No fue así. Yo no soy ése. Ni tú.

–¿Y si sí? Te diría, ahora, lo que no supe cómo.

–¿Otra vez? ¿Para qué?

–Porque pesa mi amor sobre la palma de tus manos, seguro como nave

–¿Todavía? ¿Y por qué?

–Porque cada memoria enamorada guarda sus magdalenas, y la mía

–¿Es acaso un perfume, un olor que regresa?

–Sí. Cuando los labios y la piel recuerdan

–¿La telaraña y sus magias inútiles, pequeñas? ¿Y luego escribirás versos tristísimos, de noche?

–Sí. Y además que te quiero, y hace tiempo y frío.

–El guión bajo el brazo y sacarlo cuando llueve. Me has vuelto un personaje y te olvidaste, no fue así.

–¿No fue así? ¿El azul, nos quedábamos?

–No. Fue al revés.

–¿Al revés? ¿Nos caímos?

–Sí. Cataplum.

–¡Cataplum! ¿Todo perdió sentido?

–Todo, sí. Deja de escribirme, por favor.

–Pero, ¿y los conejos?

–¿Los conejos? No sé. A veces creo que son más amarillos que otra cosa.

–O azules como estrías.

–O limón, y van palideciendo por el sol. No sé. Detente, ya.

–Tienes razón. Decolorándose, sí. Nos perdimos, sí. Dejo, sí.



Parasomnia

Dejó a un lado la escoba. Suspiró. Atravesó la puerta, la estancia y fue a sentarse en el sillón del fondo. Se buscó en el bolsillo el Talismán (“Cincuenta cerillos de seguridad”) y sacó uno. Frotó, encendió, aspiró, sopló. Un banco de peces por el desfiladero blanco, dientes de león, paraguas. Uno tras otro, la caja iba vaciándose. Tenía la boca encendida por el calor, la fricción del movimiento fruncido. Se levantó. Fue a la cocina y puso la tetera, abrió el estante. Iba a aferrarse, pero la mano equivocó el camino, y entonces la taza, ¡ploc!, carajo, al suelo. Agotándose, volvió a barrer, vació el recogedor, dejó la escoba, suspiró y sintió el antojo. Otra vez, cuántas veces más tendría que repetirlo. Salir de la cocina, sentarse en el sillón, fumar, la sed. Regresar, prender la estufa, luego el acto erróneo y otra taza rompiéndose. Renunciar, barrer, etcétera. Cómo había comenzado. Primero la sed, y al rato el humo para paliar la pérdida, la tristeza de los pedazos rotos. O al revés: los gusanos del ansia quemándole la boca y por eso había ido a la cocina. No podía recordar, era confuso. No podía detenerse, qué iba a hacer. Quedarse los gusanos, ahogarse en la sed si no conseguía agarrar una taza antes de que la caja se vaciara. O no, o lo otro. Conseguirlo y tragárselos, apagar el incendio mientras la empinaba y escupir mariposas sin duelo. Habría que repetirlo hasta el final, una o la otra. Los minutos, las horas. Cuántas veces más, cuándo acabaría. Cuándo, tic tac, gritos, despierta. Siempre es igual. Sed, gusanitos, la boca seca y luego nada, vomitando aire en las sábanas.


 


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Ilustraciones:

Kerem Yucel www.freeimages.com
Miguel Saavedra www.freeimages.com


Dulce Aguirre (Ciudad de México, 1984). Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y doctora en Historia del Arte por la misma institución. Ha publicado textos literarios y artículos sobre literatura y cine en libros y revistas en México y otros países. Es autora de Verdad y mentira en el cine. El sentido de lo falso en F for Fake (1973), de Orson Welles, publicado en Argentina en 2016. Su obra visual se ha expuesto en diversos recintos en México y se ha publicado en libros y revistas nacionales e internacionales. Fue becaria de la UNAM (2008-2010) y el Conacyt (2011-2014) durante los estudios de posgrado, y finalista de la Primera Bienal Fotográfica Héctor García en el 2013, entre otros reconocimientos. Actualmente trabaja como editora y traductora y escribe un libro de cuentos con el apoyo del programa Jóvenes Creadores del Fonca.