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CUENTO / No. 68

Para BOVS,
que leyó esta historia antes que nadie.

¡Hoy he encontrado a un hombre caminando!
Sin apoyarse en nadie, caminando.
Sin que hubiese camino, caminando […].
Jorge Debravo, “Prodigio”.


Entonces yo venía caminando de por allá atrasito pasando la loma desde el pueblo a donde voy a trabajar cada semana. Ya desde hace un ratote, desde que tengo memoria; pero ésta es una memoria más clara que la que tuve antes. Y entonces pasé por este otro pueblito que se llama Tecomales con un dolor quemándome en la pierna. Por aquí debo de cruzar a fuerzas para llegar a mi choza, esa que yo llamo hogar. Por aquí paso cada semana después de que me jalo saliendo del trabajo, después de que termina mi jornada. Con cada nuevo paso que doy se me pone en la cara una sonrisa grandota, de oreja a oreja, porque sé que ya podré descansar y alejarme de todo después de hacer ese trabajo tan pesado que tengo. Qué cosa más bonita es eso de descansar, ¿que no? Lo que más quiero es llegar a mi casa, acostarme y sentir que el sueño se apodera de mí y sentir que me voy escapando de este lugar como si no existiera, escaparme por horas, las horas de mi sueño muy merecido, me cae que sí. Yo sólo quiero dormir y no estar cerca de nadie, porque la verdad es que no me gusta la gente, mucho menos esa gente fea que me mira raro, como si fuera yo un bicho o uno de esos hombres fenómenos que luego llegan acarreados para hacer sus espectáculos en la feria y que se aparecen en medio de este pueblo que voy cruzando; esos hombres fenómenos que la gente mira y teme por sus deformaciones o por sus verrugas gigantescas que les abarcan media cara o por sus barbas crecidas y ya muy largas en las mujeres; pero yo no tengo nada de eso: no tengo ni verrugas enormes, ni estoy deforme, ni tengo una barba muy grande; pero de igual manera siento que me miran muy raro, como si fuera yo un ser que no es de esta tierra… y eso, hasta cierto punto, es verdad, pero eso no lo sabe nadie… y esa gente que no lo sabe y que no sospecha de mí hasta me mira con buenos ojos y me sonríe cada vez que paso por aquí saludando a todos con mucha felicidad, porque sé que un poco más y llegaré a mi casa. A mí mucha gente de aquí me saluda, pero yo sólo les respondo el gesto a los que me saludan primero, a esos sí los saludo con felicidad, o por lo menos eso creen ellos, porque no me gusta la gente. Para ser sincero y no errarle, los que yo doy son saludos de alivio. Yo sé que ellos piensan que esos saludos que yo les brindo van con los mejores deseos... pero los que yo les ofrezco no son saludos de esos de los que quieren hacer amigos, de esos saludos que a la gente le gusta recibir, no, más bien son saludos como de alivio y agradecimiento al saber que ya casi llego a mi casa para poder dormir y poder soñar. No me molesta saludar de ese modo, porque así la gente me conoce y no tiene miedo de lo que realmente soy, y eso me gusta. Lo que sí no me gusta es caminar desde mi trabajo a la casa y luego de mi casa al trabajo; pero sé que siempre que paso por aquí, por este colorido pueblito que se llama Tecomales, ya podré descansar, lo repito para tenerlo bien claro, porque luego se me olvida: sé que sólo debo dar unos pasos más para llegar a mi casa que está casi llegando a lo más alto del cerro, ahí en donde puedo estar solo y dormir. Y entonces, cuando paso por Tecomales y mi mente y mi cuerpo reconocen el camino, los pies me dejan de lastimar y el hormigueo que me recorre las piernas desde kilómetros atrás se me va quitando, porque la felicidad me llena de fuerzas nuevamente y me dan ganas hasta de correr, todo con tal de llegar a descansar unas horas dentro de mi casa y perderme de este mundo que me mastica y me escupe todo mallugado cada vez que vuelvo del trabajo. La verdad es pesado, pero es algo que no me molesta, aunque sí me cansa mucho. Pero esta vez no podía yo correr al entrar al pueblo, porque la pierna me dolía como los mil demonios. Sólo me quedaba llegar con paso firme. Lento pero seguro. Ya sólo quería llegar a mi casa, que está en la parte más alta del valle y desde donde se puede ver todo, para poder dormirme un rato y perderme en mis sueños. La verdad la comida no me importa mucho cuando llego a mi choza, porque casi nunca me entra el hambre, de veras que no, a lo mejor y es porque sólo duermo… sí, ha de ser eso… el hambre ni se aparece, y eso es también porque mi patrón me alimenta entre semana, allá donde le trabajo… me alimenta cada vez que regreso allá con él. Él es muy buena gente, y siempre me anda dando para que coma del diario. Siempre me da los restos de los animales que se mueren: esa parte que no se ha echado a perder yo me la como cocida o frita, o ya de plano cuando sí hace mucha hambre y la panza me gorgorea, me la como cruda. Mi patrón, que es muy bueno, me alimenta y me deja quedarme en su casa entre semana para que no tenga que sufrir este martirio que es caminar de regreso a mi choza por estos parajes secos que lo van secando a uno conforme va avanzando. Luego se ve a los zopilotes revoloteando, esperando nomás a que uno desfallezca. Es una friega, por lo menos en lo que llego al pueblo que está cerca de mi casa, que se llama Tecomales, porque eso sí me pone feliz; pero lo que no me gusta es caminar todo el camino que está más atrás, antes de llegar al pueblo, por eso es que mi patrón, tan bueno que es, me deja quedarme allá con él. Me deja dormir acostado sobre la paja del granero, siempre con el riesgo de que me piquen las arañas o los alacranes, pero no le hago caso a eso. Ni miedo les tengo, porque yo siempre me tapo requete bien con unos dos o tres costales, de esos que traen el maíz ya desgranado, para así evitar que las arañas que bajan del techo y se me paren en el cuerpo no me hagan algo, porque así, todo envuelto como tamal, pensarán que andan sobre los costales y no sobre mí. Ése es mi secreto para evitar las picaduras de arañas y de alacranes y de mosquitos y de todo. Pero la verdad es que no me gusta mucho dormirme allí, y aunque todo está solo y nadie me molesta, prefiero por mucho más mi cama, la que está en mi casa, que es un colchón viejo y roto. Pero a mí no me importa, porque allí duermo como si no estuviera tan viejo, es más: ni me importa que rechine, más bien siento como si fuera un pedazo de nube, de esas que tienen forma de cama o de conejo o de árbol, esas nubes tan bonitas que se elevan por encima de mi cabeza y que me gusta ver de reojo mientras trabajo… pero a veces mi patrón me regaña por estar viendo las nubes, porque bien que se da cuenta y re bien que me regaña y me dice que deje de ver las nubes y que mejor me ponga a trabajar. Me dice que siga con mi trabajo que es desollar a los animales que me va poniendo en frente y me dice que vaya poniendo a secar sus pieles en medio de ese terrenal que tiene, bien pero bien grande y bien tupido de yerba seca, el que todos los días mi patrón llena con los animales que compra para quitarles las pieles y luego venderlas. A mí la verdad no me gusta quitarle la piel a los animales, porque luego hay unos que están vivos, y los miro, con sus caras como tristes, y yo tengo que tumbarlos a golpes, un golpe tras otro hasta que dejan de moverse. Y ya entonces, hasta que veo que están realmente quietos, así sin moverse, con sus pieles de colores y las caras apagadas, sin moverse ni un poquito, les meto el cuchillo y les quito la piel, siempre con sufrimiento, a veces hasta con las lágrimas saliendo de mis ojos porque de verdad que no me gusta hacerlo. Lo que sí me gusta hacer es ver las nubes y dibujar con mi mente en el cielo las formas que voy imaginando hasta que logro juntarlas con las formas de las nubes y así voy creando un nuevo dibujo en mi cabeza que me va gustando cada vez más. Pero cuando me regaña mi jefe y debo bajar de nuevo la mirada hacia el pasto todo manchado de sangre, se pierde ese sueño que tenía y se me olvida todo de repente, como si me hubieran borrado la memoria, como si esos animales, que ni animales han de ser, porque no parecen ni reses ni borregos, sino otras cosas bien distintas, se estuvieran vengando de su muerte borrándome la memoria en un chasquido de luz, borrando mis sueños… y entonces eso me da mucha tirria y me calienta la sangre del puritito coraje. Entonces les meto el cuchillo más a fondo a los desgraciados animales que se roban mis recuerdos. Los perforo tan adentro que llego hasta donde están los músculos y les sale más sangre, mucho más que si sólo les quitara la piel y los dejara así debajo del sol para que se secaran y esperaran su muerte. Que se vayan de este mundo ya para siempre y no sólo como cuando los golpeo y sólo se quedan como dormidos y se quejan cuando les meto el cuchillo y les quito la piel. Cuando hago eso sólo se estremecen como si tuvieran frío y ya. Pero aunque no me guste este trabajo lo debo de hacer por necesidad, porque yo lo que quiero es comprarme una nueva cama para poder dormir feliz, tranquilo, mucho más de lo que ya lograba hacerlo. Porque aunque me gusta la cama vieja que tengo, nunca está de más tener una mejor. Ahora lo que quiero es dormir como si realmente estuviera en el cielo flotando y no sólo sobre una pinche nube flaca. A veces me quedo medio dormido a mitad del trabajo, y es ahí cuando mi patrón me regaña mucho más fuerte, y me dice que soy un irresponsable. Me dice que no sabe ni por qué me dio el trabajo si yo no sirvo para nada, que sólo soy un pinche retrasado, así me dice, verdad de Dios, me dice que no sirvo ni para barrer las hojas secas que luego se amontonan debajo del árbol en donde el patrón cuelga su hamaca y se pone dizque a verme trabajar. A mí me gusta aplastar esas hojas secas con los pies, me gusta cómo crujen debajo de mis zapatos o de mis pies descalzos, pero mi patrón dice que yo no sirvo para eso y cuando me regaña así de feo la verdad es que me dan ganas de agarrarlo desprevenido, como cuando está acostado sobre su red ésa y está dizque viendo mi trabajo, y agarrar mi cuchillo, que es como mi mejor amigo, y entonces mirarlo una última vez y sonreírle aunque él no pueda verme, y así, como a los animales ésos, clavarle mi cuchillo y arrancarle la piel para que el hombre que le compra las pieles haga un cinturón o unas botas con ese tajo de carne que yo le arranque. Pero mejor me controlo y no lo hago, porque prefiero no meterme en problemas, ya ven que luego llega la policía y se lo lleva a uno a la cárcel y se tiene que quedar encerrado por muchos años, por lo menos hasta que se muere uno y su cuerpo se pudre dentro de esa celda de tabique bordeada de rejas que producen en mí ese sentimiento conocido. Un sentimiento como de desesperación. Así hasta que uno se petatea. Así como le pasó a mi apá, que no conocí, pero sé que se murió adentro de la cárcel. O como le pasó a mi amá, que me parió dentro de esas celdas que me hacían sentir mal, como que me mareaban. Mi amá me tuvo allí, adentro de la cárcel porque la acusaron de llevarse las cosas de otros al igual que a mi apá, y entonces yo nací y crecí allí, y me sentía cada vez más desesperado por salir, y mi amá no tenía para cuándo irse de ese pinche lugar. Yo le decía que ya nos fuéramos, que ese lugar no me gustaba, que ya quería que nos cambiáramos de casa, y ella me gritaba y me decía que si no me gustaba que entonces me fuera a la chingada, que me largara de ahí... y eso fue lo que hice cuando cumplí como nueve o diez años, no recuerdo bien, tal vez tenía ya más edad, no lo recuerdo, la verdad, ¿pa’ qué le hago? El chiste es que me escapé de allí cuando estaba yo muy joven. Pero yo no sé cómo de repente pasaron los años, como si fuera cosa de segundos, como si al parpadear ya tuviera yo más años. Pasaron muchos veranos, porque cuando me miré en el reflejo del río ya tenía yo barba, y ya tenía yo una chocita en el monte, en la parte más alta, desde donde se ve todo el valle, y tenía también un trabajo. Ya había pasado el tiempo, y lo que me gustaba era dormir y ver las nubes, porque siempre tienen formas diferentes que me hacen sonreír. Pero gracias a ese encierro de años que tuve en la cárcel sin deberla ni temerla, le agarré una ojeriza a la gente. Es por eso que no me gusta estar mucho tiempo con ellos porque, como dicen por allí, me engento, y cuando eso pasa lo que quiero es irme a refugiar en mi chocita y dormir un buen rato para olvidarme de todo, para sentirme a salvo conmigo mismo. Y sí, a veces me dan ganas de matar a mi patrón, porque sí se pasa de la raya conmigo, como que piensa que yo no me sé defender y por eso se aprovecha de mí y me maltrata, como que piensa que yo no sé qué es lo que hago y por eso me hace menos. Por eso es que me entra el coraje y me dan ganas de madrugármelo con mi cuchillo. Pero lo pienso mucho y me doy cuenta de que tampoco quiero echármelo porque a veces sí es muy buena gente, porque me alimenta y me da un lugar donde quedarme a dormir en lo que me voy para mi casa, me da donde pasar las noches. Es un lugar cómodo aunque luego tenga yo que estarme cubriendo para que no me piquen las arañas y los alacranes prietos, que no son venenosos, pero te dejan unas ronchas de aquellas que luego ni dejan trabajar de la comezón que dan. Luego, cuando llegan a picarme porque yo me les atonto y no me cubro bien algunas partes del cuerpo, se me hacen esas ronchas, y yo me rasco mucho; luego hasta me rasco con el cuchillo, me rasco como con ganas y así se me quita la comezón, aunque casi siempre me sangra mucho la roncha y yo me espanto; pero luego la sangre se para, deja de salir, y se seca hasta que se mezcla con lo que sale de los animales y que me va manchando el cuerpo con cada corte que les doy. Así que luego ya ni le doy importancia, ya ni me importa que me salga sangre y sigo trabajando con un poco o un mucho de dolor al ver a los animales sufrir con el corte de mi cuchillo, al ver cómo sufren la pérdida de su piel. A veces me da por pensar que se mueren de tristeza, que esos animales que me ponen en frente se mueren porque yo les quito la piel y la extrañan tanto que se mueren de tristeza o se mueren de frío, a pesar de la calor que está en todo su apogeo… a pesar de que el sol pega con todas su fuerzas los animales se mueren de frío, o de tristeza, una de dos. Y es por eso que luego quisiera yo ya dejar de trabajar ahí, y buscarme un nuevo trabajo en donde no haga yo esas cosas que son malas. Pero después me acuerdo que  no ando bien de mi cabeza, porque como que se me va la hebra, sólo de vez en cuando, luego ya ni sé en dónde estoy ni quién soy, entonces sé que es por eso que no me darían chamba en otro lado. Por eso es que le agradezco a mi patrón que me dio la oportunidad de demostrarle que yo no soy tan malo como puede llegar a creer la gente esa que luego saludo cuando voy llegando a Tecomales y que me dan gestos de alegría porque no me conocen muy bien. Pero esta tarde mi patrón sí se pasó de la raya, hasta me hizo sentir mal al punto de casi hacerme llorar. Me hizo sentir tan mal que sentí cómo en mis ojos se iba acumulando el agua lista para salir de mí en un sollozo; pero re bien que me aguanté, porque yo así soy: sí aguanto los trancazos. Pero esta vez fue más diferente, de verdad. Estaba yo trabajando, pero también entremirando las nubes, así como siempre hago, tratando de que no se diera cuenta mi patrón de que estaba yo perdido entre la belleza de esas nubes esponjosas que bailaban sobre mí, pero a la vez echándole los kilos al trabajo para que viera él mismo que sí soy bien capaz de hacer todo lo que él me pida sin dejar de hacer lo que me gusta. Entonces me puse a imaginar cómo es que las nubes van hallando formas diferentes, y eso me causaba mucha gracia y felicidad. Pero luego llegó un momento en que dejé de cuidarme de mi patrón y me puse de lleno a mirar las nubes con sus diferentes formas que se iban metiendo en mi cabeza y les hallaba yo forma en cuestión de segundos, ahí fue cuando mi patrón se dio cuenta de que no estaba chingándole a la chamba, como se supone que debiera ser… ¡Me agarró desprevenido, me cae!, eso es para calentar a cualquiera; porque los madrazos de frente se reciben limpiamente, con la frente en alto y el orgullo bien arriba, porque uno ya sabe que el dolor llegará de repente, entonces como que no duele tanto. Pero me agarró mientras hacía lo que más me gusta… sólo de repente sentí el calor en mi piel, y cuando me tiré al suelo comencé a oler ese aroma de carne chamuscada al que tanto estaba acostumbrado de cuando marcaban a los animales con la yerra. Entonces caí en cuenta de que ese aroma no era de los animales quemándose, ¡era mi piel! Entonces sentí como que las lágrimas se me salían de los ojos, y por más que me aguantaba seguían presionando para que las dejara yo salir. Pero el escuchar las carcajadas de mi patrón sonar por todo el lugar me hizo cambiar del dolor al coraje, del llanto al encono, ¡hizo que mis lágrimas que salían por el dolor se cambiaran por unas de odio, de enojo, de tirria, de todo al mismo tiempo! Entonces me levanté, primero muy lentamente, y hasta me caí como unas dos veces, porque la piel de la pierna me ardía como el carajo… sentía como si me pellizcaran mucho muy fuerte, como si se me estuviera cayendo a pedazos la muy desgraciada. La sentía muy caliente, tanto que sentía frío… y es por eso que no me pude levantar… no me pude poner de pie en un buen rato. Parecía yo becerro recién nacido, porque tardé más o menos lo mismo que los becerros cuando nacen en poder levantarme. Y cuando por fin pude ya ponerme en pie y caminar de pasito en pasito, primero la pierna sana, luego la dañada sintiendo la punzada recorrerme ya hasta el espinazo al punto de casi doblarme del dolor, me acerqué a la hamaca de mi patrón y lo vi ahí, recostado y medio dormido con una sonrisa en el rostro. Seguro que aún le causaba gracia mi dolor, porque él piensa que yo no siento, como que cree que yo no soy un humano normal, y no lo soy, lo sé, pero igual siento dolor, también me duele lo que me hace la gente mala… entonces lo vi, con esa mala gracia zumbándole en la cara, con esa sonrisa maldita en el rostro, vi cómo movía sus bigotes cuando hacía esa sonrisa y sentí una rabia recorrer mi cuerpo, de arriba abajo, desde la punta del cabello hasta las uñas de mis pies. Entonces, de pasito en pasito, aun sintiendo el ardor en la pierna, me acerqué hasta donde estaba un montón de leña que mi patrón compra por montones y que le viene a dejar un muchachito gordito en un trascabo, y tomé un leño de buen tamaño, así bien rechoncho y largo. Al principio me costó levantarlo, porque la pierna no me ayudaba en nada, luego levanté la mirada hacia las nubes y eso como que me dio fuerzas, porque noté que yo sonreía, si bien que me han gustado siempre las nubes y sus formas que se van acomodando en mi cabeza. Entonces volví cargado con el dolor que me dormía la pierna por momentos, así como que me hormigueaba de lo chamuscada que estaba, y me acerqué hasta la red en la que dormía mi patrón, luego alcé el leño por encima de mi cabeza y se lo dejé caer en toditita la cara, en la mera frente, en el entrecejo, una, dos, tres veces, hasta que vi que, así como los animales que luego debo golpear para que se medio duerman, se quedó como que perdido y se le borró esa sonrisa de la cara. Luego me senté en el pasto y me quedé adormilado por el dolor, como que me desmayé… hasta que pude despertar después de un rato y me di cuenta de que ya se iba a hacer de noche, porque el sol comenzaba a bajar de su lugar y empezaba a esconderse atrasito de los montes que debo cruzar para llegar a Tecomales y luego a mi casa, en donde está mi cama, en donde siempre me voy a descansar cuando acaba la jornada. Miré muy bien que mi patrón tenía toda la frente sangrada, miré que el piso debajo de él estaba todo rojo, así como el pasto en donde yo le quito la piel a los animales; pero se me olvidó porque me dio el dolor, la pierna me seguía punzando, entonces me entró un miedo bien grande al ver que mi patrón no se movía. Entonces me levanté, esta vez un poco más rápido, a pesar del dolor, y me puse a caminar con rumbo a mi casa con paso firme y rápido para que no me agarrara la noche, con todo y el ardor de la pierna chamuscada. Yo sé bien que sólo debo regresar a mi casa al final de la jornada, o sea, al final de la semana, los viernes; pero esta vez me regresé entre semana, creo que es miércoles, la verdad ni sé, porque es mi patrón el que me dice cuándo llega el día en que debo regresarme. Ya mañana me regreso tempranito allá al rancho de mi patrón para pedirle una disculpa por ponerme todo loco; pero es que él también tuvo la culpa de que me pusiera yo así de vengativo. Pero bueno… entonces yo venía caminando de por allá, de por el pueblo más lejano de aquí, el más retirado, allí en donde dejé a mi patrón dormidito sobre su hamaca. Allí lo tapé con unos costales antes de venirme para acá, porque de seguro le iba a entrar el frío en cuanto la noche se arremolinara sobre él… así por lo menos los costales le dan calorcito, así como que lo medio cubren y se le pasa el frío. También sirve para que no le vayan a picar las arañas, o los alacranes, o los mosquitos, y sentirá el calorcito por lo menos en lo que se despierta y se da cuenta de que yo no estoy. Igual y le cae el veinte y se arrepiente de lo que me hizo. Aparte se quedó como arropado por los animales, tan inocentes ellos como son, que se pusieron alrededor suyo y lo lamían con sus lenguas como si trataran de sanarlo. Por lo mientras yo sólo quiero llegar a mi casa para echarme un coyotito, pero no puedo ir más rápido porque la pierna me rete duele, no tienes una idea del dolor tan grande que vengo arrastrando desde unos pueblos más atrás, pero me aguanto, porque ya pisé la tierra de Tecomales y mis pies descalzos reconocen esta tierra, y en cuanto llego a este pueblo que se llama Tecomales me entra una felicidad inexplicable y me pongo a saludar a medio mundo que me recibe con una sonrisa en la cara y me preguntan que por qué me regresé hoy, y yo les digo que pues ya ven, que el patrón me dejó descansar desde temprano, y así me los quito de encima, porque prefiero no andar dando detalles, no sea que se vayan a dar cuenta de que ando medio chalado y luego dejen de recibirme con esa gracia tan bonita que esta gente de Tecomales tiene para conmigo. Luego me preguntan que qué me pasó en la pierna, que porqué ando renqueando, y les digo que me caí en el camino, que soy medio pendejo para caminar ya entradita la noche, y me dicen que tenga más cuidado, que no me vaya a dar con un leño o con una piedra y me vaya a quedar tullido en el camino, a merced de los zopilotes. Entonces yo les sonrío, de verdad que no quiero hacerlo, porque la pierna me duele de a madres, pero no puedo ser malo con estos hombres de Tecomales, porque yo sé que, de no ser por este pueblo, yo nunca sabría que ya casi llego a mi casa, que está un tanto más para allá, unos diez minutos más a pie, minutos más, minutos menos. Porque yo re bien que sé que siempre que paso por aquí, por este colorido pueblito que se llama Tecomales, ya podré yo por fin descansar y echarme un sueño en mi cama que tanto quiero… por lo menos de aquí a que amanece para irme temprano de regreso al rancho y pedirle una disculpa a mi patrón por ser tan malo con él.




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Ilustraciones:

Deborah Krusemark www.freeimages.com
jaime cooper www.freeimages.com
Willie Cloete www.freeimages.com

 


Marco Antonio Toriz Sosa (Ixtapaluca, 1996). Es estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el séptimo Curso de Creación Literaria y becario del Festival Interfaz “Los signos en rotación” en Acapulco, en la edición 2016. Ganador del segundo premio en el concurso 46 Punto de Partida de la UNAM en la categoría de Cuento y del primer premio en Crónica en la emisión 48 de este certamen. Actualmente es dictaminador de narrativa en la revista Primera Página, hecha por estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras. Algunos de sus cuentos y poemas han sido publicados en Osario, Primera Página, Círculo de Poesía, Cuadrivio, Palabrerías y Punto de partida.